INICIAR SESIÓNLa sala de espera de la clínica Santa Elena olía a café frío y desinfectante. Pasadas las once de la noche, solo quedaban dos guardias de los Bianchi junto a la puerta y Sofía, sentada en un rincón con la laptop sobre las rodillas.Escribía sin parar. Las líneas de código se sucedían en la pantalla y sus dedos se movían tan rápido que Luciano, que llevaba varios minutos paseándose de un lado a otro, había dejado de preguntarle qué hacía.—¿Algo? —preguntó al fin.—Todavía no. Quien lo hizo borró los registros principales, pero siempre queda algún rastro en las copias de respaldo. Solo tengo que encontrarlo.—¿Cuánto tardarás?—Lo que haga falta.Luciano se frotó la nuca y volvió a mirar el reloj. Ferraro llevaba casi dos horas en el quirófano. No decía en voz alta lo que temía, pero se le notaba en la cara.Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Alexander apareció con una camisa limpia y el cabello todavía húmedo, como si hubiera pasado por su casa para cambiarse antes de regresar.
Alexander estaba revisando unos contratos cuando sonó el teléfono. Lo tomó sin mirar la pantalla.—Habla.—Señor, tiene que saber algo. —Era su investigador, con la voz tensa—. Hace diez minutos, la señora Moretti y Luciano Bianchi salieron corriendo de la mansión. Van en dos autos, con hombres armados.Alexander se puso de pie de golpe.—¿Adónde?—No lo sé todavía. Tomaron la carretera norte. Parecen tener prisa.—Sigue a esos autos. No los pierdas.—¿Y usted?—Voy para allá.Tomó las llaves y bajó al estacionamiento sin avisar a nadie. Mientras conducía, la mente le iba más rápida que el auto. Sofía con guardias armados. Luciano a su lado. Algo grave había pasado en esa casa y ninguno de los dos pensaba compartirlo con él.Si pasaba algo en esa mansión, el niño estaba dentro. Ese pensamiento le cerró la garganta.Había firmado un acuerdo. Lo recordaba bien: ni él ni Sterling investigarían a los Bianchi ni a Giuliana Bianchi, bajo ninguna circunstancia. Si Sofía descubría que sus hom
A las cinco y media, la mansión parecía una casa en duelo. Las cortinas estaban cerradas, las luces del pasillo bajas y todos los hombres de Luciano ocupaban sus puestos sin hacer ruido.Sofía se asomó al ala médica. Ricardo estaba recostado, con los ojos cerrados y una mascarilla de oxígeno sobre el rostro, tan quieto que por un instante le dio miedo. El médico, sentado en una esquina, le hizo un gesto para que se tranquilizara. Ella entró un momento y le tomó la mano a su padre.—Hija, pase lo que pase, no quiero que me tengas lástima. Esta vez no.—Papá…—Prométemelo.—Te lo prometo.Ricardo apretó sus dedos y volvió a cerrar los ojos. Sofía salió al pasillo con las manos heladas y empezó a caminar de un lado a otro frente a la puerta.—Si algo sale mal…—Nada va a salir mal —dijo Luciano—. El médico está dentro, mis hombres en cada puerta y papá sabe lo que tiene que hacer. Hay un micrófono bajo la cama. Todo lo que diga Franco quedará grabado.—Tiene que parecer que se está murie
Regresaron a la mansión cuando ya había anochecido. Ferraro viajaba en el segundo auto, rumbo a una casa segura, con dos de los hombres de Luciano vigilándolo sin perderlo de vista.Sofía bajó con la concha todavía entre las manos. Se la entregó a Mía en el recibidor.—Es para Giorgio. Dile que la encontré yo, en la orilla.—Se va a poner feliz. —Mía la miró con atención—. Tú no estás bien.—Después te cuento.Luciano la esperaba al pie de la escalera que llevaba al ala médica.—¿Estás segura de querer hacerlo hoy?—No puedo seguir callando. Las mentiras y el silencio han destruido a esta familia. Él tiene derecho a saberlo.—Los médicos dicen que su corazón está mejor, pero cualquier impresión fuerte…—Lo sé. Por eso quiero ser yo quien se lo diga.—¿Quieres que entre contigo?—No. Esto me toca a mí.Luciano la abrazó un instante y la dejó subir sola.El pasillo del ala médica olía a desinfectante y a silencio. La enfermera de turno levantó la vista cuando Sofía se acercó a la puerta
Salieron de la ciudad antes del amanecer. Luciano conducía en silencio, con las dos manos en el volante, y detrás los seguía un segundo auto con los hombres de confianza.Sofía miraba por la ventanilla sin ver nada. Había intentado dormir un rato y no lo había conseguido. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver el rostro de su madre.—Estás muy callada —dijo Luciano cuando llevaban dos horas de camino.—Estoy pensando en mamá.—Yo también.—Murió sin saber la verdad. Y yo no pude despedirme de ella. —La voz se le quebró—. Ni siquiera sé si me perdonó antes de morir.—Mamá nunca dejó de quererte. Ni un solo día.—No lo sabes.—Lo sé porque yo la veía. Se sentaba junto a la ventana, mirando la calle, como si esperara que aparecieras. Cada vez que sonaba el timbre, se levantaba de golpe. —Luciano tragó saliva—. Y cada vez volvía a sentarse sin decir nada.Sofía se tapó la boca para no gritar.—Perdóname. No debí contártelo así.—No. Quería saberlo. —Respiró hondo—. Hoy puede que empe
Alexander llegó a la oficina antes que nadie. Casi no había dormido, y la voz de Giorgio seguía dando vueltas en su cabeza como una canción que no se puede dejar de tararear.Nicolás entró a las nueve con dos cafés y la carpeta del día.—Tienes mala cara —dijo, dejando un vaso sobre el escritorio—. ¿Otra noche en vela?—Hablé con el niño.Nicolás se quedó con el vaso a medio camino de los labios.—¿Con Giorgio?—Contestó el teléfono de Sofía. Estuvimos hablando casi cinco minutos. De la escuela, de su amigo, de cualquier cosa.—¿Y ella?—Me colgó. Me pidió que no vuelva a llamar a ese número.—Era de esperarse. Después de la reunión del otro día, que te contestara habría sido un milagro.—Yo no lo busqué. Fue él quien contestó.—Lo sé, pero para ella da igual.Alexander se levantó y caminó hasta la ventana.—Me dijo que él hablaba conmigo cuando yo quisiera. Así, sin más, como si me conociera de toda la vida.—Es un niño cariñoso.—No es solo eso. —Alexander se pasó la mano por el ros







