—Dime tú, yo no puedo mirar. Me pongo nerviosa.
—Dame acá, cobarde.
Mia tomó la prueba de embarazo de las manos de Sofía y esperó unos segundos antes de
mirarla. Sofía permaneció frente a ella, apretando nerviosamente los dedos mientras
intentaba contener la ansiedad que le revolvía el estómago.
Cuando aparecieron las dos líneas rosadas, Mia abrió los ojos con sorpresa.
—¡Ahhh! ¡Voy a ser tía!
La emoción de su voz hizo que Sofía soltara una carcajada, liberando de golpe toda la
tensión acumulada durante los últimos minutos. Mia la abrazó con tanta fuerza que casi la
levantó del suelo, mientras Sofía intentaba proteger la pequeña prueba que todavía
sostenía entre los dedos.
Apenas podía creerlo. Llevaban dos años de matrimonio y durante mucho tiempo habían
hablado de formar una familia. Alexander se moriría de felicidad; ya podía imaginarlo
comprando pequeños zapatos, escogiendo una cuna demasiado grande y discutiendo con
ella por cada detalle relacionado con el bebé.
Pensar en su rostro cuando recibiera la noticia hizo que Sofía sintiera una felicidad tan
profunda que olvidó todas las preocupaciones que habían existido en su vida antes de
conocerlo.
—Si es varón le pondré Giorgio y, si es niña, Mia Aurelia, como yo—bromeó su amiga.
—Mia, es mi bebé. Si quieres uno con ese nombre, búscate el tuyo.
—Qué egoísta. ¿Ni siquiera me lo vas a prestar? Sabes que soy responsable y que amo a
los niños.
—Está bien, sé que lo secuestrarás un par de tardes, pero el nombre lo elijo yo.
—Bueno, bueno. No te pongas melodramática, mamá osa.
Las dos volvieron a reír, disfrutando de aquel pequeño momento de felicidad.
Guardó la prueba con cuidado dentro de su bolso y revisó la hora.
—Debería irme. Quiero llegar a casa antes de que Alexander termine de trabajar para darle
la gran noticia. —Felicidades, mi amiga. No sabes cuánto me alegro por ti.
Mia la abrazó nuevamente antes de que Sofía se marchara. Ella cerró los ojos durante unos
segundos, disfrutando de aquel momento que todavía no sabía cuánto llegaría a extrañar.
Subió a su automóvil y emprendió el camino hacia la mansión Sterling. Apenas llevaba unos
minutos conduciendo cuando su teléfono comenzó a sonar. Al mirar la pantalla, reconoció el
número de inmediato y sintió cómo aquella felicidad comenzaba a apagarse lentamente.
Durante años había evitado cualquier contacto con aquella parte de su pasado. Había
aprendido a vivir sin mirar atrás y, aunque algunas heridas nunca desaparecían por
completo, prefería mantenerlas cerradas antes que permitir que alguien volviera a abrirlas.
Dejó sonar el teléfono unos segundos antes de contestar.
—Sorellina, por favor, no cuelgues —suplicó el hombre al otro lado de la línea—. Sé que
nos odias y que estuvo muy mal lo que pasó, pero si le dieras otra oportunidad... Está
realmente arrepentido.
Sofía guardó silencio mientras sujetaba el volante. Aquella voz despertaba recuerdos que
había pasado años intentando enterrar.
—Ya te he dicho que no me vuelvas a llamar. Hablé lo necesario la última vez que nos
vimos. Ya tengo la familia que necesito. Tengo una vida. No vuelvas a molestarme.
Le colgó sin dejarlo terminar, sintiendo un nudo en la garganta. ¿Cómo se atrevían a
buscarla después de lo que le habían hecho?
Sin embargo, mientras conducía, no pudo evitar llevar una mano hasta su vientre. Allí
estaba su futuro, la familia que tanto había deseado y el hijo que estaba esperando. Por
primera vez en mucho tiempo, Sofía quiso creer que nada podría arrebatarle aquello.
Cuando llegó a la mansión Sterling, lo primero que notó fue el silencio.
No era el silencio habitual de aquella enorme casa. Había algo diferente en el ambiente,
algo pesado e incómodo que hizo que Sofía disminuyera el paso mientras avanzaba por el
vestíbulo.
Los empleados apenas la miraron y, cuando preguntó por Alexander, una de las asistentes
señaló el despacho sin decir una palabra.
Sofía frunció el ceño, pero siguió caminando.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Empujó suavemente y se quedó paralizada.
El lugar era un desastre: sillas tiradas, papeles en el piso y la mesa cubierta de fotografías
muy comprometedoras de ella con otro hombre al que no se le podia ver el rostro pero ella
conocía demasiado bien. Alexander estaba de pie junto al escritorio, con el rostro pálido y los ojos cargados de una
mezcla de rabia y dolor. Su expresión era tan distinta a la del hombre que ella esperaba
encontrar.
—¿Me puedes explicar quién rayos es él, Sofía?
Ella sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—Alexander, por Dios...
—No me digas que no es lo que parece.
—No lo es.
—Entonces explícame, porque llevo más de una hora mirando esas fotografías y tratando
de convencerme de que existe otra explicación.
He pensado que podían estar manipuladas. He pensado que quizá había una razón que
desconocía por la cual mi amada esposa estaría en un hotel, a esas horas, con un hombre.
Justo el día que me dijiste que pasarías la tarde con tu amiga.
—Te lo puedo explicar, amor. Tenía que ver a alguien, pero no quería que te preocuparas.
—Entonces me mentiste. Sí estuviste en ese lugar. Como un tonto esperaba que fuera un
montaje, rogué para que fuera una mentira, pero la mentirosa resultaste ser tú.
Sofía apenas podía hablar. No porque tuviera algo que esconder de Alexander, sino porque
algunas verdades de su pasado eran demasiado dolorosas para pronunciarlas de repente.
—¡No es lo que piensas! Por favor, escúchame. ¡Te juro que no te estoy engañando! Yo solo
te amo a ti. Déjame explicarte quién es él.
Sofía intentó acercarse, pero Alexander retrocedió.
—¡No me toques! Confié en ti. Me enfrenté a mi familia por defender nuestro matrimonio y,
mientras yo trabajaba para darte todo, tú estabas reuniéndote con otro hombre a
escondidas.
—¡Es mi hermano!
Alexander se quedó mirándola, estupefacto.
—¿Tu hermano?
—Sí. Es mi hermano.
—Me dijiste que eras huérfana y que no tenías a nadie más. No me salgas con esa excusa
barata. —Es la verdad.
—¿Andas con secretos y esperas que te crea después de encontrarte con él a solas en un
hotel?
—No estábamos allí por lo que piensas.
—¡Eres una mentirosa! Primero apareces sin un pasado del que quieras hablar, después
descubro que tienes un hermano del que nunca me mencionaste nada y ahora quieres que
crea que todo esto es una coincidencia.
La puerta se abrió de golpe y Victoria Sterling entró con una carpeta de cuero negro entre
las manos.
—Creo que ya es suficiente de tu farsa, Sofía.
—Madre, por favor, no te metas en esto.
—Precisamente porque eres mi hijo tengo que hacerlo.
Victoria dejó la carpeta sobre el escritorio y la abrió con absoluta tranquilidad.
—Te advertí que había algo extraño en ella, pero decidiste no escucharme. Por suerte,
nosotros sí investigamos.
—¿Nosotros?
Victoria sacó varios documentos.
—Transferencias bancarias.
Colocó el primero sobre la mesa.
—Contratos.
Puso otro encima.
—Información confidencial de Sterling Company que terminó en manos de una empresa
competidora.
Sofía tomó uno de los papeles. Sus ojos se detuvieron en su propio nombre y sintió que el
corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—Esto es falso.
—Tu nombre aparece como beneficiaria.
—Yo nunca recibí ese dinero. Alguien está falsificando todo esto. —¿También falsificaron tus registros académicos?
Victoria dejó otro documento sobre la mesa con una sonrisa triunfante.
—También descubrimos que los estudios informáticos que asegurabas haber realizado no
aparecen registrados. Sofía Moretti prácticamente comienza a existir hace cuatro años.
Aquellas palabras la golpearon con una fuerza inesperada. Sofía sabía que su pasado era
complicado, pero jamás imaginó que alguien pudiera utilizarlo de aquella manera para
construir una historia en su contra.
Alexander apretó las hojas entre sus manos, sin apartar la vista de ellas.
—Llegaste a esta ciudad sin un pasado claro, te acercaste a mi hijo y ahora descubrimos
que has estado utilizando su confianza para obtener información de nuestra empresa.
—Alguien está falsificando todo esto... Alexander, tú me conoces. Sabes que yo nunca haría
algo así. Mírame y dime que confías en mí.
Alexander la observó durante unos segundos. Sus ojos reflejaban una profunda frialdad.
—Ya no sé quién eres.
—Alexander...
—Fui un ciego y un estúpido por creerte. No pienso seguir escuchando tus mentiras.
—Por favor, amor.
—Lárgate de mi casa antes de que llame a la policía.
Sofía permaneció frente a él, inmóvil, sin saber qué más podía decir. Había intentado
explicarse, pero Alexander ya había decidido que ella era la culpable. Lo peor no era que
estuviera furioso; era que el hombre en quien había confiado durante dos años ya no
parecía dispuesto a escuchar una sola palabra de su boca.
Las palabras que acababa de escuchar le recordaron demasiado a su padre, a aquella
dolorosa noche en la que su madre había suplicado que la escucharan mientras las
expulsaban de su propia casa. Durante años, Sofía había creído que Alexander era
diferente. Pensó que él jamás la juzgaría sin escuchar su versión y que, cuando llegara un
momento difícil, estaría de su lado.
Pero ahora estaba haciendo exactamente lo mismo que su padre.
Sofía dejó de intentar convencerlo. Con los ojos llenos de lágrimas contenidas, se quitó el
anillo de diamantes y lo dejó caer sobre los documentos que Victoria había puesto en la
mesa. —Tienes razón —dijo Sofía con la voz firme—. Ya no tengo nada más que decirte. Quédate
con tus dudas, con tus celos y con tus malditos papeles.
Tomó su bolso y caminó hacia la salida con la cabeza en alto.
Alexander no trató de detenerla.
Cuando Sofía cruzó las puertas de la mansión Sterling, se llevó una mano al vientre de
manera instintiva. Allí estaba el hijo que Alexander siempre había querido tener, un hijo que
él nunca sabría que existía.
Subió a su automóvil, cerró la puerta y se quedó unos segundos inmóvil antes de sacar el
teléfono y buscar el número que la había contactado una hora antes.
Él contestó casi al primer timbre.
—¿Sorellina? ¿Qué pasó?
—¿Todavía quieres que te perdone?
—Sí. Claro que sí. ¿Por qué me preguntas eso?
Sofía miró por el parabrisas hacia la imponente mansión que acababa de dejar atrás. Las
lágrimas finalmente comenzaron a caer por sus mejillas, pero su voz no titubeó.
—Entonces prepara un vuelo para mí.
—¿Adónde quieres ir?
—A cualquier lugar donde nadie pueda encontrarme.
—Sofía, ¿qué ocurrió?
Ella respiró profundamente antes de responder, obligándose a mirar hacia delante.
—Me voy de aquí. Y esta vez no pienso regresar.