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Capítulo 3 Sombras y Luces

Author: Rosa S.C
last update publish date: 2026-05-13 19:57:19

El regreso a la rutina de la ciudad operó en mí como un violento choque de realidades. El aire puro del lago y la tregua de la montaña se disiparon en cuanto crucé el umbral de mi habitación, donde el ruido del tráfico urbano y el peso de sus responsabilidades me recibieron de golpe. Me dejé caer sobre la cama sin siquiera quitarme los zapatos, extenuada pero con la mente encendida. El techo de mi cuarto se convirtió en el lienzo donde se proyectaban, en bucle, las imágenes del fin de semana: el destello plateado del agua, las risas descontroladas de Noelia y África y, de manera inevitable, la figura imponente de Ben. Me pasé los dedos por los labios, recordando la calidez de su aliento a escasos centímetros de mi oído durante la despedida. Una risa nerviosa, pero absolutamente genuina, escapó de mi garganta. Con esa inusual sensación de confort en el pecho, el cansancio acumulado me arrastró hacia un sueño profundo que no me dio tregua hasta las siete de la tarde.

El sobresalto al mirar la pantalla del móvil fue casi violento.

— ¡No, no, no! —exclamé, saltando del colchón mientras el corazón comenzaba a martillearme las costillas.

Tenía el tiempo justo para borrar los vestigios del sueño y transformarme en la camarera eficiente que el Malibú exigía. Me metí en la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos entumecidos mientras mi mente saboteaba mi tranquilidad; no podía evitar preguntarme cómo mi miraría Ben ahora que nos habíamos visto despojados de nuestros roles profesionales. Me vestí con rapidez automática: unos vaqueros negros que se ceñían a mis piernas largas como una segunda piel y la camiseta oscura del uniforme que resaltaba unas curvas que yo siempre intentaba camuflar bajo ropa ancha, pero que hoy, por una extraña razón que no lograba admitir, me hacían sentir extrañamente poderosa.

A las nueve en punto de la noche, cruzaba la entrada lateral del club, el acceso exclusivo para el personal. El olor a ozono, desinfectante y humo denso me envolvió de inmediato.

— ¡Hola, Rodrigo! ¿Qué tal la tarde? —saludé al portero con una energía renovada que extrañó al propio guardia.

— Hola, guapa. Pues aquí vamos, listos para otro turno en la jungla —respondió él con su habitual tono protector, dándome el paso con una sonrisa.

Avancé hacia la zona de taquillas con los sentidos alerta, esperando toparme con Ben en cada esquina, pero el pasillo permanecía despejado. Al entrar al vestuario me encontrá con Sara y Gigi, que ya se retocaban el maquillaje frente al espejo bajo la mortecina luz fluorescente.

— Vaya cara de felicidad traes, Lisa —soltó Gigi de inmediato, cazando mi reflejo en el cristal con una sonrisa pícara—. Parece que el aire de la montaña te ha sentado de maravilla. O quizás ha sido la compañía.

— Ha estado genial, chicas. De verdad —admití de forma escueta, intentando ocultar el rubor mientras guardaba mis pertenencias en la taquilla—. Hacía muchísimo tiempo que no lograba desconectar de esta manera.

— Habrá que repetirlo, y pronto —añadió Sara, guiñándole un ojo mientras se aplicaba el labial.

Al salir a la sala principal, la discoteca ya ejecutaba su metamorfosis nocturna: el pulso sordo de los graves empezaba a hacer vibrar el suelo y las luces de neón azules y moradas cortaban la penumbra. Fue entonces cuando lo vi. Ben estaba de espaldas junto a la cabina, conversando con el dueño del local. El polo negro con la palabra "SEGURIDAD" grabada en la espalda parecía a punto de ceder ante la anchura de sus hombros y la tensión de su postura. Era una masa de fuerza controlada, un recordatorio de que el hombre divertido del lago volvía a ser el jefe del perímetro. Caminé hacia mi barra asignada, concentrándome en que mis pasos no delataran el súbito descontrol de su pulso.

Cuando pasé justo por su lado, ocurrió algo que la dejó sin respiración. Ben, sin interrumpir su conversación con el dueño y sin desviar la mirada ni un milímetro de su interlocutor, movió la mano izquierda hacia atrás con una precisión milimétrica. Sus dedos largos y fuertes rozaron la palma de mi mano; fue una caricia breve, una fricción clandestina y cargada de una electricidad tan intensa que me recorrió la columna como una descarga. Avanzó un par de metros por pura inercia, me detuve junto a la barra y miré sobre mi hombro. Ben acababa de girarse ligeramente hacia mí, dedicándome una mirada tan fija y cargada de fuego que tuve que obligarme a parpadear y romper el contacto visual para no quedarme allí misma paralizada.

La noche se transformó en el torbellino habitual de bandejas heladas, gritos para imponerse a la música y la marea humana que llenaba la pista. Sin embargo, la dinámica había cambiado. Cada vez que levantaba la vista entre cliente y cliente, encontraba los ojos oscuros de Ben fijos en mi posición. Ya no me vigilaba con la fría distancia de un supervisor que cuida del personal; me miraba con la posesión silenciosa de un hombre que ha reclamado un espacio en mi vida y no piensa cederlo.

A las cinco de la mañana, con las luces de limpieza ya encendidas —esas que desnudaban la decadencia del local con su crudeza blanca— y el olor a alcohol disipándose, regresé de los vestuarios lista para marcharme. Ben me esperaba apoyado contra la barra principal, con la mandíbula relajada pero la mirada completamente despierta.

— Buenas noches, señorita —dijo él, y su voz ronca resonó en las paredes vacías de la discoteca con un matiz aterciopelado.

— A estas alturas de la madrugada, creo que ya deberíamos decir buenos días, ¿no? —reí, acortando la distancia física entre ambos y situándose en un radio que jamás habría permitido a ningún otro hombre.

— Tienes razón. Y después de un turno de locos como este, el cuerpo exige gasolina —admitió él, enderezándose—. ¿Te vienes a desayunar con nosotros? Es una especie de tradición del equipo al cerrar el chiringuito.

Acepté con una sonrisa que ya no buscaba esconderse, sintiendo una extraña comodidad en esa invitación. Nos dirigimos a una cafetería de veinticuatro horas cercana, un oasis de luces cálidas y olor a bollería fresca en mitad de la ciudad dormida. Allí, rodeada de los corpulentos chicos de seguridad y de mis compañeras de barra, experimenté, por primera vez en años, la reconfortante sensación de pertenecer a un grupo, de estar protegida.

El tintineo de la campana sobre la puerta de la cafetería marcó el inicio de la tregua. Aquellos hombres que minutos antes parecían estatuas de piedra en los accesos del club se desplomaron en los asientos de cuero rojo con visibles muestras de cansancio. Me hundí en el reservado, sintiendo cómo la tensión acumulada en mis piernas finalmente cedía. La conversación no giraba en torno a grandes dramas, sino a la tragicomedia cotidiana que define la vida nocturna.

— Vale, ¿quién ha sido el genio que ha decidido que el baño de mujeres era el lugar ideal para un experimento de botánica? —soltó Sara, dejando caer la frente contra la mesa con dramatismo—. Había tres plantas de plástico de la entrada flotando en los lavabos.

Javi soltó un bufido mientras le daba un mordisco generoso a un trozo de pan.

— No me mires a mí. Bastante tuve con intentar convencer a un tipo de que no podía acceder a la sala principal con un hurón debajo del brazo.

— ¿Un hurón? —arqueé una ceja, olvidando el agotamiento físico ante el absurdo de la anécdota—. ¿De verdad?

— "Es mi animal de apoyo emocional, jefe", me repetía el tío con una voz insoportable —le imitó Javi, provocando la risa de las chicas—. Le tuve que decir que como el hurón no tuviera una entrada VIP con consumición, se iba a tener que apoyar emocionalmente en la farola de la esquina.

Ben, que se había sentado tan pegado a mí que podía sentir el calor de su brazo rozando el mío, soltó una carcajada limpia que le hizo vibrar el pecho.

— Eso no es nada. ¿Nadie va a mencionar el incidente del extintor en la pista pequeña?

Todo el grupo soltó un gemido de desesperación al unísono, a excepción de mí, que giré la cabeza hacia Ben esperando la explicación del misterio.

— Un gracioso pensó que sería una idea brillante "refrescar" el ambiente de la pista —me explicó Ben, inclinándose hacia mí y bajando el volumen de su voz, como si me estuviera revelando un secreto confidencial—. El problema es que el polvo químico dejó a todo el mundo blanco en cuestión de segundos. Parecía que había nevado dentro del local. El DJ parecía un dónut de azúcar.

— ¡Y a mí me tocó gestionar el pánico de la zona! —exclamó Gigi, gesticulando de manera exagerada con las manos—. Tuve que inventarme que era un efecto especial de nueva generación importado de Europa. Una chica súper seria me preguntó si el polvo era orgánico porque tenía intolerancia al gluten. ¡Al gluten del extintor, Lisa!

— ¿Y qué le respondiste? —pregunté, riendo ya a carcajadas, contagiada por el absurdo de la noche.

— Le dije que era polvo de hadas traído directamente de Ibiza. Se quedó completamente conforme, me dio las gracias y siguió bailando —respondió Gigi encogiéndose de hombros.

Ben aprovechó el jaleo y las risas de la mesa para recortar aún más la distancia con mi oído, absteniéndose del ruido general por un instante.

— Tú te perdiste lo mejor de la recogida —me susurró, y su tono se volvió más cálido—. Cuando fuimos a revisar los reservados de la planta de arriba, encontramos un zapato de tacón de aguja metido dentro de una cubitera llena de hielos. Solo uno. El otro no ha aparecido.

— ¿Cómo demonios llega un zapato a una cubitera? —pregunté, girando el rostro y encontrándome a escasos centímetros de sus facciones marcadas.

— Ese es el gran misterio que no viene en los manuales del local —susurró Ben con una sonrisa de lado que le acentuaba las líneas de la boca—. Casi tan misterioso como el hecho de que lleves diez horas de pie trabajando en la barra y no tengas ni un solo pelo fuera de su sitio. Es muy sospechosos, Lisa. O eres una profesional milagrosa o eres un holograma que me he inventado.

— O quizás es que tengo a un buen equipo de seguridad vigilando de cerca para que nadie me despeine —le solté, sosteniéndole la mirada con una audacia que me sorprendió a mí misma.

— ¡Eh, tortolitos! —interrumpió Javi, golpeando rítmicamente la mesa con una cucharilla—. Menos cuchicheos en el rincón y más pasar el plato de las patatas. Que el drama del extintor me ha abierto el apetito y Ben está invadiendo de forma flagrante el espacio personal de la nueva.

Ben no se inmutó ni se apartó un solo centímetro; se limitó a guiñarme un ojo antes de estirar el brazo para alcanzar el plato con una mano, mientras con la otra seguía rozando, con un contacto sutil pero constante, el respaldo de mi silla.

— Yo te llevo a casa, Lisa. Dejo a las chicas en su portal y luego voy contigo —sentenció Ben en un tono que no admitía réplica cuando terminaron de pagar la cuenta y salieron a la acera, donde el frío del amanecer ya empezaba a morder.

— No hace falta, Ben, de verdad. No quiero desviarte de tu ruta. Puedo pedir un taxi en la esquina —intenté, aunque una parte muy profunda y rebelde de mi interior ansiaba quedarse a solas con él en el coche.

— No acepto un no por respuesta en esto. Quiero asegurarme personalmente de que entras sana y salva por tu puerta —insistió él, fijando sus ojos oscuros en mí con una firmeza tan protectora que acabé por ceder.

Tras dejar a Gigi y a Sara en sus respectivos destinos —no sin antes soportar las advertencias divertidas y las miradas pícaras que ambas le lanzaron a Ben sobre la necesidad de "portarse como un caballero"—, el habitáculo del vehículo quedó sumido en un silencio denso. No era un vacío incómodo, sino una atmósfera cargada de una tensión estática que hacía que el aire se sintiera más pesado, más íntimo. Cuando el coche se detuvo finalmente frente al edificio de apartamentos, Ben apagó el motor, pero sus dedos no se movieron hacia el desbloqueo de las puertas.

— Ya estás a salvo en tu territorio, señorita —dijo, girando el cuerpo en el asiento para encararme. Sus ojos recorrieron mis facciones con una mezcla de admiración y un deseo contenido que resultaba casi palpable en la penumbra.

— Gracias por el desayuno, Ben. Y por traerme —respondí, sintiendo que la timidez regresaba a oleadas—. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo, fuera del caos de los pedidos.

— A mí también —admitió él, y su voz bajó un matiz—. Tu compañía me hace olvidar el ruido de abajo. Me das paz.

Le dediqué una última mirada y bajé del coche. Sin embargo, apenas había dado tres pasos sobre la acera cuando las luces de posición del vehículo parpadearon, emitiendo un leve destello. Me di la vuelta por puro instinto y regresé hacia la ventanilla del copiloto, que Ben acababa de bajar de forma pausada.

— ¿Te gustaría acompañarme el próximo miércoles? —preguntó él, y su tono descendió un octavo, volviéndose denso, casi magnético—. Tengo una pelea.

— ¿Una pelea? —sentí que el estómago se me contraía de golpe, un nudo frío que se instaló en mis entrañas. Los traumas de mi pasado, las alarmas lógicas de mi mente y todo lo que estaba estudiando en la facultad de Derecho gritaron una sola palabra: *Peligro*. Sin embargo, la mirada que Ben me sostenía no transmitía violencia destructiva, sino algo completamente distinto.

— No te asustes, no voy a morir allí dentro —sonrió él, y por un instante la severidad de su rostro dio paso a la expresión de un chico travieso—. Son combates clandestinos. Es mi forma de conseguir un extra para mi familia, Lisa. Para asegurarme de que en mi casa no falte de nada y pagar algunas deudas de las que el sueldo de la discoteca no se hace cargo. Me gustaría que estuvieras allí... Me gustaría que fueras lo primero que vea al bajar del ring.

— Es peligroso, Ben... Muy peligroso —articulé, y la profunda preocupación que sentía por él logró pasar por encima de sus propios miedos—. ¿Y si interviene la policía? ¿Y si te hacen verdadero daño?

— Está todo bajo control, te lo aseguro. Nadie que no deba entrar sabe dónde se celebra —respondió él, rompiendo la distancia al extender la mano por la ventanilla para rozar mi mejilla con el dorso de sus dedos en una caricia asombrosamente suave—. Confía en mí, Lisa. Jamás te llevaría a un lugar donde pudieras correr el más mínimo peligro.

Me quedé suspendida en el tiempo, atrapada en la profundidad de sus ojos oscuros y en el tacto cálido de su mano contra mi piel. Mi mente analítica me advertía que aquello era cruzar una línea roja, un terreno pantanoso del que debería huir a toda prisa. Pero el deseo de estar cerca de él, de descubrir esa faceta oculta, salvaje y a la vez extrañamente protectora, era infinitamente más poderoso que cualquier lógica.

— Nos vemos esta noche en el turno, Ben —dije, esquivando una respuesta afirmativa directa pero regalándole una sonrisa cómplice que le dejó claro que el miércoles no lo dejaría solo en ese cuadrilátero.

Entré en el portal de mi edificio sintiendo un hormigueo eléctrico que me recorría todo el cuerpo. Sabía, con absoluta certeza, que se estaba adentrando en un territorio sumamente peligroso; pero por primera vez en toda mi vida, no quería dar un paso atrás. Quería descubrir hasta dónde era capaz de arder aquel fuego.

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