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Capítulo 4 Promesas en la Penumbra

Author: Rosa S.C
last update publish date: 2026-05-13 19:58:19

La tarde en el apartamento se convirtió en un auténtico campo de batalla entre el deber y el deseo. Sentada frente al escritorio, intentaba memorizar con desesperación los artículos del Código Civil para el próximo examen, pero las palabras impresas en el papel parecían emborronarse y perder todo su sentido. Mi mente analítica, habitualmente implacable y disciplinada, se negaba a cooperar. Cada vez que cerraba los ojos buscando concentración, no aparecía la jurisprudencia, sino la imagen nítida de cómo el polo negro de Ben se ajustaba a la rotundidad de su torso, o el rastro eléctrico y clandestino que sus dedos habían dejado grabado en la palma de mi mano aquella misma madrugada.

A las tres de la tarde, un rugido del estómago me obligó a abandonar mi burbuja de frustración y salir a la cocina. Allí la esperaban Noelia y África, apostadas como dos felinos acechando a su presa en cuanto escucharon el pomo de mi puerta.

— ¿Se puede saber qué desayunaste exactamente que te tomó tanto tiempo regresar a casa? —preguntó Noelia con una sonrisa de absoluta suficiencia mientras terminaba de servir la comida—. Normalmente a las cinco y media ya estás metida en la cama, y hoy casi te dan las ocho.

— Ben me invitó a desayunar —solté a bocajarro, intentando que mi voz sonara lo más neutral y desapegada posible mientras me servía un vaso de zumo.

Mis dos amigas se congelaron al unísono. Se miraron entre sí con una complicidad instantánea y luego clavaron los ojos en mí, como si de repente me hubiera crecido una segunda cabeza.

— ¡¿Ben?! —exclamaron a la vez—. ¿O sea que el «jefe de los músculos» ahora tiene detalles románticos de buena mañana?

— No fui sola con él, estábamos todos los del turno de cierre —me defendí de inmediato, aunque el rubor traicionero que comenzó a treparme por el cuello contaba una historia radicalmente opuesta—. Preguntadle a Sara o a Gigi si no me creéis, ellas también estaban allí.

— Ay, nena, no nos des explicaciones absurdas —intervino África, recortando la distancia con esa mirada depredadora que tanto la caracterizaba—. A nosotras nos encanta que salgas de tu caparazón. Y si es con un ejemplar de ese calibre... ¡por favor! Mira, el tío es insultantemente guapo, está fuerte, tiene esa voz grave que te hace vibrar hasta el apellido... si decides llevártelo a la cama de una vez y dejar que te use como su gimnasio personal, ¡por nosotras perfecto!

— ¡¿África?! —casi escupo el zumo, verdaderamente escandalizada por la falta de filtros de mi amiga.

— ¡¿Qué?! —África se pasó la punta de la lengua por los labios, deslizando lentamente una mano por su propio cuello mientras se mordía el labio inferior con un deseo fingido pero sumamente explícito—. No me digas que no has pensado en cómo se sentirían esos brazos rodeándote en la oscuridad. Ese hombre es pura dinamita, Lisa. No dejes que ese cuerpo pase hambre por tus miedos de siempre, que traes una cara de «necesidad» acumulada que no puedes con ella.

Sacudí la cabeza, sintiendo que las mejillas me ardían de vergüenza, pero muerta de risa a la vez por los absurdos extremos de mis compañeras de piso.

— Solo somos compañeros de trabajo que se están conociendo. Amigos. Punto final. No hay nada más.

— Así se empieza siempre —sentenció Noelia desde la estufa, dándole la vuelta a la comida con aire místico—, y terminas pidiendo postre por la mañana, por la tarde y por la noche.

Escoltada por las carcajadas limpias de mis amigas, que seguían fantaseando en voz alta sobre «el menú» del desayuno, me refugié de nuevo en mi habitación. Intentó retomar la lectura, pero los artículos de la Constitución comenzaron a fusionarse de manera inevitable con el recuerdo de la voz profunda de Ben, boicoteando cualquier intento de normalidad.

A las seis y media de la tarde, decidí que ya no podía absorber ni una sola línea más de teoría. Me di una ducha inusualmente larga, dejando que el agua caliente recorriera mi cuerpo mientras me imaginaba, por un milisegundo de debilidad, que eran las manos grandes y rudas de Ben las que me enjabonaba. Me estremecí ante mi propio pensamiento. Al salir, elegí un perfume con notas profundas de vainilla y ámbar; algo dulce, pero con un trasfondo provocador. Me vestí con el uniforme negro del Malibú, pero esta vez, al mirarme al espejo, no sentí la ropa como una simple herramienta de trabajo, sino como una armadura de seducción de la que empezaba a adueñarse.

Al llegar a la discoteca, el aire de la ciudad ya pesaba con la promesa eléctrica de la noche. En la entrada exterior, bajo la marquesina, Ben conversaba con Rodrigo. La luz intermitente de los neones morados resaltaba el relieve de sus bíceps bajo el polo de seguridad y la línea firme de su mandíbula.

— Hola, Rodrigo —saludé, controlando la respiración para sonar casual.

— Hola, preciosa. A ver si hoy los clientes se portan un poco mejor que ayer —rio el portero con su habitual cercanía.

— Buenas noches, señorita —intervino Ben, dando un paso al frente. Su voz bajó un octavo tono de forma sutil, transformando el saludo general en algo íntimo y deliberadamente peligroso.

— Hola, Ben —respondí en un hilo de voz.

Por un segundo, nuestras miradas se anclaron con fuerza. Él estaba cumpliendo a rajatabla la promesa que me hizo en el coche: no dejaba pasar una sola oportunidad para hacerme sentir el centro absoluto de su universo.

— Tengo que hablar contigo sobre la organización del almacén de repuestos y el inventario de botellas para esta noche —dijo él con una seriedad tan profesional que supe de inmediato que se trataba de una fachada para despistar a Rodrigo.

— Vale. Dejo mis cosas en la taquilla y te busco.

Me adentré en el local, que aún permanecía a media luz, sumido en esa penumbra previa a la apertura. Al haber llegado antes que el resto de las chicas, el pasillo subterráneo hacia los vestuarios estaba desierto y envuelto en un silencio sepulcral. Justo cuando pasaba por delante de la puerta de madera del almacén, una mano firme pero extremadamente delicada me tomó del antebrazo.

Antes de que pudiera emitir un solo sonido, Ben me guió con un movimiento fluido hacia el interior del almacén, cerrando la puerta a nuestras espaldas con un clic definitivo. El espacio era estrecho, apenas iluminado por un haz de luz que se colaba por la rendija superior, y olía a cartón húmedo, madera y esencias de licores. Quedé atrapada entre la sólida estructura de la estantería de metal y el cuerpo imponente de Ben. Estábamos a escasos centímetros de distancia; podía oler la fragancia limpia de su piel, sentir el calor casi animal que emanaba de su pecho. Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza contra sus costillas que temí de verdad que él pudiera escuchar el eco de mi agitación.

Fue en ese instante cuando la proximidad física activó un resorte involuntario en mí. Ben notó el destello milimétrico de pánico instintivo que cruzó mis ojos color miel; ese rastro invisible pero pesado de mis traumas pasados, el mecanismo de defensa de quien teme ser acorralada. Al leer la súbita rigidez de mis hombros, el jefe de seguridad se detuvo en seco. No intentó tocarme más, ni presionarme contra la pared. En lugar de eso, apoyó una de sus manos en la estantería, respetando escrupulosamente mi espacio vital, y se inclinó despacio hacia mi oído.

Cerré los ojos, atrapada en una dolorosa dualidad interna: una parte de mi sistema me exigía que me soltara y me dejara huir a un lugar seguro, mientras que mi piel experimentaba una necesidad agónica de que él rompiera la distancia y me apretara contra su cuerpo.

— Siempre estás increíblemente guapa. Quería que lo supieras antes de que empiece el caos de la noche —susurró él, y pude percibir la vibración de su sonrisa aunque no pudiera verla en la penumbra.

— ¿Te gustaría... —empezó Ben, retrocediendo lo justo para buscar la fijeza de mi mirada— ...cenar conmigo alguna vez? En un lugar de verdad, con menos gente, donde no tengamos que dejarnos la voz para escucharnos hablar.

Con las palabras atascadas en la garganta y los nervios a flor de piel ante la caballerosidad de su gesto, simplemente asentí con la cabeza. Una invitación a cenar. Una cita real, lejos de las luces del Malibú.

Ben sonrió, visiblemente satisfecho con la respuesta, y amagó con girarse para abrir la puerta del almacén, pero se detuvo en seco antes de tocar el pomo. Se volvió hacia mí una vez más, acortando la distancia de un modo que me dejó psicológicamente desnuda.

— Ah, se me olvidaba un pequeño detalle... —soltó con una sonrisa cargada de una picardía salvaje—. Me muero por besarte, Lisa. Me muero por saber a qué saben exactamente esos labios tuyos desde el primer día que te vi. Pero no voy a hacerlo. No hasta que tus propios ojos me supliquen que no me detenga. No quiero que me tengas miedo, nunca. Quiero que me desees tanto como yo te deseo a ti.

Un vacío violento se instaló en mi estómago al escuchar la crudeza de sus palabras. Una parte rebelde de mi interior quiso gritarle que lo hiciera ya, que rompiera el hielo y terminara con aquella tortura. Pero Ben, ejecutando un movimiento lento, pausado y tortuosamente tierno, acortó el último centímetro de separación y posó sus labios en mi mejilla.

No fue un beso rápido de despedida. Fue una caricia húmeda, firme y deliberada que se prolongó durante varios segundos. Ben ejerció una sutil succión en la piel de mi mejilla antes de retirarse, dejando un rastro de auténtico fuego allí donde había rozado.

— Disfruta del turno, abogada —me susurró al oído con un deje de ironía antes de abrir la puerta y salir al pasillo, dejándome completamente sola y temblando en la penumbra del almacén.

Me quedé apoyada contra las cajas de botellas, con la respiración entrecortada y llevándome una mano temblorosa a la mejilla, donde aún sentía el calor de sus labios. Aquel beso me había sabido a poco; a una promesa explícita de algo mucho más profundo, oscuro y carnal que estaba por venir. Por primera vez en mis diecinueve años de vida, no tenía miedo de lo que un hombre pudiera hacerme por la fuerza; tenía un miedo atroz de lo mucho que deseaba que Ben se lo hiciera todo.

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