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Capítulo 6

Penulis: Alexyta
last update Tanggal publikasi: 2026-04-01 02:32:28

—¿Hay alguien en casa? —preguntó Ava. Al encontrar las luces de la sala apagadas y solo las de la cocina encendidas, se dirigió a aquel lugar.

—Señora, ¡bienvenida! —La empleada que salió de la cocina hizo una venia como si se tratase de la reina Isabel—. ¡Bienvenido, señor Robert! —Este asintió con un movimiento de cabeza.

—¿Por qué está todo oscuro?

—Bueno, el señor Robert siempre ha dicho que cuando no hay nadie en casa se mantengan las luces apagadas.

—¿Entonces mis hijos no están en casa?

—No, ellos salieron y aún no regresan.

—Pero ya es casi medianoche. ¿Dónde pueden estar?

Robert permanecía en silencio. Caminó hasta la ventana y, cuando vio las luces de un auto acercarse, suspiró. Luego se sirvió una copa y lentamente la fue bebiendo.

—No sabría qué decirle, señora. Solo dijeron que iban a salir, nada más. Incluso les estaba esperando con la cena.

—Está bien, Toña, retírate a descansar.

Cada segundo que pasaba ponía más ansioso a Robert. Cuando la puerta principal se abrió, no se volteó a ver. Solo escuchó las risas de las personas que acababan de entrar; entre esas reconoció la sonrisa de Astrid. Esta última se quedó gélida cuando sus ojos se toparon con la ancha espalda del hombre parado cerca de la ventana. El corazón de Astrid empezó a latir con fuerza y sus piernas sintieron un nerviosismo que la dejó paralizada.

—Mami, volviste —Sarah se acercó a su madre y esta la apartó.

La adolescente cayó sobre el mueble y ahí se quedó.

—Estás borracha —pronunció algo molesta. Luego dirigió la mirada a Liam, quien no quitaba la mirada de Astrid—. ¿Cómo puedes permitir que tu hermana se emborrache? Tiene quince años, no puedes darle alcohol.

Liam soltó un suspiro y replicó.

—Exacto, tiene quince años y la dejas sola en esta casa para irte de viaje con ese… —Ava frunció el ceño, había olvidado lo respondón que era su hijo.

—No estaba sola, estaba a cargo de las empleadas.

—Las empleadas… —sonrió Liam y miró con desprecio al hombre de la ventana que aún permanecía de espalda—. ¡Y tú! ¿No piensas saludar? ¿O es que se te comieron la lengua los ratones?

Robert apretó la copa en su mano y, soltando un suspiro, se giró. Sus ojos miel se toparon con Astrid. Esta sintió que iba a desmayarse, pero cuando la mano de Liam apretó la suya, soltó el aire que había retenido. Robert bajó la mirada hacia la mano de Astrid entrelazada a la de su hijastro y sintió sus venas quemar por dentro.

Liam sonrió de medio lado, pues la cara de Robert lo decía todo. Con sutileza se acercó a Astrid y la rodeó por la cintura, con ello logró que Robert desviara la mirada a otra parte. En cuanto a Astrid, ella seguía inmóvil, parecía que sus piernas estaban sembradas en el suelo.

—Cuando te dirijas a mi esposo, debes hacerlo de forma educada —mencionó Ava. Liam solo sonrió, no tenía ganas de discutir con su madre, por ello informó—: Mamá, no quiero discutir esta noche. Mejor quiero presentarte a Astrid, mi esposa —dijo al tiempo que le giraba el rostro y le daba un beso, beso que Robert pudo ver.

—¿Y cuándo se casaron? —cuestionó Robert, mientras apretaba sus puños.

—Eso… no te importa —respondió Liam.

—¿Qué te acabo de pedir, Liam?

Ava le echó una mirada asesina a su hijo. Luego se acercó a Astrid, y esta la miró de arriba abajo. No había duda, su exesposo tenía buen gusto, pues la viuda de Brown era una mujer muy hermosa. Pese a la edad que tenía, se vestía juvenil y le quedaba muy bien. Era una mujer que efectivamente podría enamorar a cualquiera y despertaría la envidia de toda mujer. Pues ella sintió envidia de que esa dama fuera la dueña de su exesposo.

—Lamento haberte conocido así —Astrid miró a Robert, quien permanecía con la mandíbula tensa. La mirada penetrante del hombre la obligó a bajar la vista.

—También lo lamento —respondió Astrid. Al segundo siguiente dio media vuelta y subió a toda prisa las escaleras, dejando a Ava Silverio intrigada.

Astrid llegó hasta su habitación, cerró la puerta y se quedó recostada en ella. Sintió las tibias lágrimas rodar por sus mejillas y un dolor infinito en su pecho.

Lentamente se fue rodando hasta tocar el suelo, llevó sus manos al pecho y ahogó el grito en su garganta. Volverlo a ver después de dos años, y no precisamente solo, la descompuso. Astrid sentía unas ganas inmensas de bajar esas escaleras y tomar la mano de él y juntos salir de esa mansión para perderse en la lejanía de la ciudad, gritarle a esa mujer que Robert era suyo.

Pero a su mente llegaron las crueles palabras que le había dicho un día después de ser condenada, y eso aplacó su ansiedad. ¿De qué le servía amarlo si él ya no la amaba? La había dejado por una mujer de clase alta, muy refinada y delicada. En cambio ella, ella no podía compararse a Ava Silverio.

En la parte baja de la sala, Ava le pidió a su hijo que la ayudara a llevar a Sarah a la habitación. Este asintió y se acercó a Sarah sin quitarle la mirada a Robert, quien permanecía con la mirada perdida en lo alto de las escaleras.

—¿Vienes, amor?

—En unos minutos subo —dijo al dirigirse al despacho—. Tengo que hacer una llamada.

Mientras Robert se dirigió al despacho, Ava y Liam subieron a Sarah. Cuando estaban por acostarla en la cama, esta soltó un poco de vómito.

—¡Ay no! Lo que faltaba. Ayúdame a llevarla a la ducha.

En la habitación de Astrid, el teléfono inalabrico de esa habitación empezó a sonar. Ella no hizo por contestar, pero continuaron llamando. Después de dos timbrazos contestó y sus huesos se congelaron solo de escuchar esa voz.

—Baja, te espero tras la alberca.

Astrid tragó grueso, mientras su corazón latía de forma desenfrenada. Al instante en que el hombre colgó, Astrid soltó el teléfono e inmediatamente bajó. Cuando estaba por llegar, sus piernas empezaron a temblar y respirar le era dificultoso. Una vez que llegó y la mirada de su exesposo se posó en ella, intentó dar media vuelta y volver por donde vino. No obstante, el fuerte agarre de Robert la detuvo.

—¿Dónde crees que vas? —gruñó Robert entre dientes, pegándola con fuerza contra su pecho—. Ahora mismo me vas a explicar qué demonios estás haciendo en esta casa, Astrid.

La giró con brusquedad y la sostuvo firmemente por ambos brazos. Sus ojos miel ardían de furia y algo más oscuro.

Ella no pudo decir nada, solo mirarlo. Mirar como la expresión en el rostro de Robert se suavisaba. 

—Estás muy hermosa… —susurró con voz ronca, acariciando su mejilla con el pulgar—. Demasiado hermosa para ser la esposa de ese idiota.

Astrid sintió que el aire se le escapaba. El olor de Robert, su calor, su voz… todo la golpeaba con fuerza.

—¡No vuelvas a tocarme! —rugió ella, intentando soltarse.

Robert sonrió con arrogancia y volvió a acariciar su rostro, bajando lentamente hasta su cuello.

—Conmigo no te funciona ese papel de mujer fuerte, Astrid. Te conozco mejor que nadie. Sé que por dentro sigues siendo la misma chica frágil que se moría por mí.

—Esa chica murió en prisión —escupió ella, quitando su mano con violencia—. Tú la mataste.

Astrid se cruzó de brazos y lo miró con desprecio.

—¿Quieres saber qué hago aquí? Lo mismo que tú: me enamoré de un hombre rico, poderoso y de clase alta. Me ofreció matrimonio y acepté sin pensarlo dos veces.

Robert apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaron las venas del cuello. La tomó del brazo con brusquedad y la atrajo hacia él.

—¿Cómo carajos saliste de prisión?

—¡Suéltame o grito! —amenazó Astrid—. ¿Quieres que tu querida Ava sepa que estás aquí, escondido en la oscuridad, tocando a la esposa de su hijo?

Robert la acorraló contra la pared, colocando ambas manos a los lados de su cabeza. Sus cuerpos quedaron peligrosamente cerca.

—Dime la verdad —exigió con voz baja y amenazante—. Liam te sacó para usarte en mi contra, ¿verdad?

Astrid levantó el mentón con desafío, aunque su corazón latía descontrolado. Poruqé tú... tú no pudiste enamorarte de ese idiota. 

—Piensa lo que quieras.

Robert acercó su rostro hasta casi rozar sus labios. Su aliento cálido golpeaba la boca de Astrid.

—Puedo sentir cómo tiemblas… —susurró con peligrosidad—. Puedo escuchar cómo late ese corazón que todavía me pertenece. ¿En serio crees que vas a soportar verme cada día con otra mujer? ¿Crees que vas a poder fingir que ya no me deseas?

Rozó con lentitud la piel de su cuello con la nariz, bajando hasta su clavícula. Astrid cerró los ojos con fuerza, luchando contra su propio cuerpo.

—No te acerques… —suplicó con voz quebrada.

Robert apoyó su frente contra la de ella, sujetándola por la nuca con posesión.

—¿Segura? —preguntó con una sonrisa oscura—. Porque tu cuerpo me dice todo lo contrario.

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