LOGIN
El cielo estaba hermoso.
Era uno de esos días en los que disfrutaba salir con mi pequeña al parque a respirar aire puro. Entre el trabajo, los quehaceres del hogar, las cuentas por pagar y dedicarle tiempo a mi hija... De broma tenía un poco de tiempo para mí. Venir al parque me ayudaba a despejar un poco mi mente, me ayudaba a liberarme de muchas tensiones con las que batallaba a diario sola. Es que, por muy dramático que suene, parece que mi segundo nombre siempre iba a ser «estrés». Hoy precisamente no era un día libre para mí; simplemente me tomé la tarea de salir y no asfixiarme dentro de la casa. Desde que Leandro se fue sin decir una palabra y dejándome embarazada, me como la cabeza imaginando miles de escenarios posibles del porqué demonios se fue. Pero la realidad es que no tengo la más mínima idea. Cada día que pasa lo extraño más, siempre lo recuerdo y no hay un solo día en que no pare de realizarlo; pero es solo eso. Leandro fue mi primer hombre y mi gran amor, su partida me marcó, pero seguí adelante. Por mi hija tuve que hacerlo. Dejé de pensar cuando vi que mi hija me llamaba desde lejos; quería subirse a la rueda que estaba en el parque. La ayudé y empecé a girarla; sus risas estallaron rápidamente y, con su felicidad, la mía. Así estuve varios minutos con ella, jugando y tratando de generarle los mejores recuerdos que pudiera en su niñez. Quería asegurarme de que ella me recordara como una mamá presente. Cuando vi la hora en mi teléfono tuve que parar: tenía que hacerle la cena a Valery y dejarla lista para que, cuando llegara Sofía, solo se encargara de jugar con ella y meterla a la cama. Mi hija Valery tiene cuatro añitos, pero es curiosa y tierna. No es una niña que demande demasiado, pero hay que dedicarle tiempo. Me apresuré en recoger sus cosas, la cargué y caminé lo más rápido que pude para llegar a casa, pero no contaba con que un idiota se comería la luz del semáforo y casi me lleva por el medio. —¡Eres idiota o qué! —exclamé, estaba furiosa. El auto color burdeos convertible que estaba enfrente de mí era lujoso, podría decirse de último modelo al lado de mi Volkswagen color pistacho, pero un irresponsable manejaba aquel auto de lujo. Gracias a Dios mis piernas seguían pegadas a mi cuerpo, porque no faltaban muchos centímetros como para que me atropellara... No quería pensar en eso porque tenía a mi hija en brazos. Los vidrios no estaban polarizados y podía ver quién estaba ahí. El hombre estaba sorprendido, tiró algo dentro del auto y abrió la puerta del piloto, bajó y pide apreciar a un hombre alto, rubio, atlético y muy bien vestido. Cabe resaltar que sus facciones eran muy varoniles, maduras y sensualmente devastadoras. Pero eso no me hizo perder la cabeza. Me descolocó cuando dijo: —¿Está usted bien? —su voz era grave y sexy. —En una pieza —dije, y él me observó serio de arriba abajo—. ¿No vio el semáforo? —pregunté. —Me disculpo, señorita. Bien dicen que no se deben atender llamadas mientras manejas —se rascó la nuca. —Muy sabio, pero no lo aplica —dije sin pensar, y él sonrió. —Puedo llevarla a que la revisen para quedarme tranquilo. —No es necesario, tengo prisa —suspiré—. Para la próxima tenga más cuidado. —Seguro que sí. Escuché y continué mi camino; necesitaba llegar cuanto antes a casa. Me las apañé para dejar a Valery con Sofía. Estaba llegando tarde por tercera vez en la semana al trabajo; seguro mi jefe pondría el grito en el cielo. Cuando llegué a Sensations estaba a reventar. Trabajaba en este bar por su buen ambiente laboral y, por supuesto, la excelente paga. Adriano, cuando me vio, me dijo: —Llegas tarde otra vez, cariño. ¿Qué pasa contigo? —Lo siento, honey. Un auto casi me atropella con mi hija... —sus ojos se abrieron desmesuradamente. —¿Estás bien? Dime que a la niña no le pasó nada porque me muero muerta. —Tranquilo. Solo fue un susto y nada más, Valery está perfecta. —Uff, me muero muerta de verdad si algo le pasa a la peque. —Lo sé, quieres demasiado a mi hija. Gracias por eso —lo abracé. —La quiero como si la hubiera parido yo —reímos. Adriano se convirtió en mi amigo cuando llegué nueva a este bar, pasó a mejor amigo cuando estuvo para mí en momentos difíciles y se convirtió en mi familia con el tiempo. Él y Orlando, su esposo, son lo máximo. Cuando vi que Paul, mi jefe, venía caminando a paso rápido en mi dirección, quise correr, pero fue demasiado tarde para reaccionar. —Vanessa, estás llegando tarde otra vez. —Si quiere me regreso a mi casa —dije despreocupada. —¿Y que me vuelvan loco los clientes preguntando por ti? —me encogí de hombros—. Prefiero que llegues tarde todos los días a que faltes, eso sí es un dolor de cabeza. Apresúrate, que la nueva bartender está nerviosa y todo se le cae. —Ya mismo, jefecito. Con el mejor de los ánimos me cambié. Adriano me pasó un short de cuero negro, un top de espalda descubierta en azul intenso, escote en V y amarrado al cuello y espalda. Me coloqué los botines, batí mi cabello ondulado, me maquillé un poco y me puse mi antifaz a juego con el short. Caminé en dirección a la barra y escuché que Adriano dijo: —Uff, niña, estás que matas. Mientras caminaba escuchaba miles de piropos a los que hacía casi caso omiso; no negaré que me suben el ego un poco, para tener una niña de cuatro años, a mis treinta me veía fabulosa. Quizás gracias a mi genética y buen humor, no lo sé. Entré a la barra y todo se volvió un caos; había muchos pedidos y todos estábamos de un lado a otro. Sí noté cómo Teresa, la chica extranjera, empezaba a tener problemas con los tragos. No es que ella no supiera prepararlos, sino que los hombres y los chicos jóvenes eran muy exigentes, demandantes y algunos, un poco groseros. Llegué a un acuerdo con ella: yo me encargaría de preparar los tragos y ella de decorar los vasos y entregarle al cliente correspondiente en la barra, mientras que los tragos que iban a las mesas tenían que corroborarlos porque no tenía tiempo para eso. La noche no fue generosa como alguna otra noche con mis pies. Estaba muerta, aunque hacíamos buen equipo de trabajo y nos ayudábamos, eso no impedía que saliera menos cansada. Tenía estrés y necesitaba quitármelo antes de irme a casa. Me despedí de mis compañeros de trabajo e hice como si me iba; me metí por un pasadizo oscuro que podía llevarme a la oficina de Paul. Si tenía suerte, quizás nadie me vería. Así fue. Cuando llegué a la oficina, di dos toques en la puerta para que supiera que era yo. Una vez dentro, dije: —Estoy estresada y no tengo mucho tiempo. —También estoy estresado y no me vendría mal un poco de cariño. —Sabes que en mí no encontrarás eso —dije firme—. Solo necesito sexo sin complicaciones, ya sabes, como siempre. —Está bien, estoy listo para generarte el máximo placer, Elena —sonreí. —Estaba esperando por ti, Leandro. Paul y yo éramos personas rotas, personas que recordaban un pasado y lo tenían demasiado presente. Como si llamarnos por nuestros ex...fuera a mejorar la situación. Como si llamarnos por nuestros ex ... cambiara las cosas.Una semana había pasado en la que me desaparecí del mapa, mi recuperación del labio fue un poco lenta, aún cicatriza, pero al menos no se ve mal. No he ido en una semana al bar porque si aparece Klaus puede reconocerme al notar mi labio roto, Paul me atacaría con preguntas, al igual que Adriano y no estoy para que me interroguen. He hablado poco con Beth, solo sé que tuvo una discusión fuerte con Marc, ambos no soportaron estar así y bueno terminó en reconciliación. Al menos ya están mejor. La que no puede estar mejor del todo soy yo, le he dedicado tiempo a mi hija, la he llevado al parque, a comer helado, hemos visto películas juntas, pero nada de lo que haga saca a ese hombre de mi cabeza. Por primera vez en mucho tiempo Leandro no ocupó mis pensamientos, en su lugar apareció un rubio de ojos azules profundos que me erizan la piel de solo recordar sus besos, y ese hombre se llama Klaus. Es que debía sacar mi supuesto martillo de Thor del culo y romperme yo misma la c
Ella empezó a caminar en dirección a su auto, pero yo no era capaz de dejarla ir así, su herida era un poco profunda y no paraba de sangrar. —¿Se puede saber a dónde vas? —A dónde se me pegue la gana princeso. —¿Sola? —¿Acaso ves a alguién más aquí?—entonces la tomé del brazo, ella giró y me dijo—: Más vale sola, que mal acompañada. Ahora suéltame. La miré con desagrado al notar como me veía y le dije: —Juro que he conocido a diferentes clases de mujeres en mi vida, pero malagradecidas, arrogantes, orgullosas... jamás me he topado con alguna de ellas, tu forma de ser me deja sin palabras. —¿Qué quieres que yo haga princeso? Yo no busco impresionarte. Deseaba darle un fuerte azote en el trasero por lo desagradable y osada que era. —¿Se puede saber qué te pasa para que siempre andes con la escopeta cargada? Nojoda chica, mirarte es como leer un cartel de "peligro alto voltaje". Eso la hizo sonreír, pero dijo: —Entonces, cuidado con este cartel, te puedes achicharr
Al llegar al local, tomé asiento lo más alejada que pude de Klaus, no quería ponerme la armadura tan pronto. Beth y yo nos emocionamos y pedimos varios destornilladores para tomar, estábamos hablando bien a gusto y riendo cuando decidimos que era mejor pedir algo de comer o terminaríamos muy borrachas. De pronto Klaus soltó una carcajada y llamó nuestra atención, entonces ví como se acercó a Sharon y le besó el cuello, después estuvo hablando con ella y ahora fue ella, la que no paraba de reír. Yo estaba echando humo por los oídos, pero al parecer él, sabía perfectamente que los estaba observando. Sin embargo tenía que disimular. Pasados unos minutos me fui al baño y cuando sali, alguien me agarró del brazo y me arrinconó contra la pared, entonces lo ví, era Klaus. —Vanessa, quiero que hablemos de lo que pasó entre nosotros. —No recuerdo que algo haya pasado. Klaus frunció el ceño y murmuró: —Nunca he conocido a una mujer como tú. —Créeme princesito, nunca lo harás
No me habían besado desde que Leandro desapareció de mi vida. Las veces que he estado con Paul es solo sexo y nada más. Intenté resistirme a aquel beso, pero Klaus me devoraba con un ímpetu avasallante, entonces mi voluntad cedió y dejé que él me besara. Cuando abrí la boca, me exploró y un gemido de satisfacción salió de mi alma cuando el profundizó más el beso. Hace mucho nadie me besaba así, mi voluntad se anuló y disfruté de la experiencia. Klaus besaba muy bien y lo peor era que yo me entregaba a ese beso voraz con la misma intensidad que él. Me gustaba como sus grandes manos se aferraban a mi cintura, me encantó que él no intentó tocar más allá, me respetó y eso fue lo que más me cautivó, teniendo la posibilidad de llevar el momento a otro nivel no lo hizo. Disfrutaba del momento que él estaba brindandome, pero de pronto un auto llegó con varios hombres y mujeres, tenían la música alta, esa música me hizo pisar tierra. Era una de las canciones favoritas de Leandro "R
Me había quedado viendo como un tonto el trasero de Vanessa alejarse. Esa mujer y yo... es que mientras más lo pensara era imposible, jamás nos llevaríamos bien. Me reí mientras frotaba mi nuca, pero un golpe en el brazo me hizo girar y encontrarme con una furiosa Beth. —¿Y ahora por qué me pegas? Ah claro, se te pegó de tu amiga. —Mira Klaus, eres mi amigo y Vanessa también lo es, pero ustedes dos son imposibles. Eres incapaz de morderte la lengua y no seguirle el juego, pero aquí estás, siendo un idiota como siempre. Es que eres un mojón de verdad—dijo furiosa y yo me quedé con la boca abierta cuando me llamó mojón—. Vanessa en cierto modo... digamos que es separada, viuda o no sé cómo llamarlo, ¡pero es soltera idiota! Marc y yo nos sorprendimos y nos vimos a la cara al mismo tiempo, aquella noticia, sí que no me la esperaba. —De verdad, Klaus, qué poco oportuno has sido esta vez—Beth le hizo seña a sus hijos y tomándolos de la mano salió de nuestro campo de visión d
El domingo después de medio día, llamé a Beth y quedé en ir a su casa para darnos un baño en la piscina climatizada que ellos tienen. Cuando llegué, Valery se volvió loca, estaba feliz de poder bañarse ahí y de jugar con los hijos de Beth. Le inflé los salvavidas con forma de dona y flamingo, entonces la metí en el agua para poder quedarme libre mientras le echo un ojo. Era la única manera de ponerme al día con Beth y contarle lo que ha pasado todos esos días que no nos hemos visto. Los hijos de Beth que son un poco más grandes que mi hija, se metían en la piscina para animar a Valery. Cómo toda madre orgullosa de su niña la animé: —Eso es cariño, vamos, mueve los bracitos. —Esooo es Valery... ¡nadas muy bien!—la animó eufóricamente Beth mientras llegaba a mi lado y me extendía un vaso de limonada frozen. —Gracias—dije y nos sentamos en la orilla de la piscina para estar pendiente de los retoños. —¿Puedo sujetarla yo?—me preguntó Damián, el hijo mayor de Beth. —Cla







