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Capítulo 2.

Author: Kester
last update publish date: 2026-09-27 17:31:36

La lluvia torrencial azotaba la noche. El agua del cielo empapaba el fino vestido de Elena hasta pegarlo por completo a su cuerpo tembloroso. Sin embargo, aquel frío no era nada comparado con el hielo que había congelado su corazón.

Elena siguió caminando, alejándose del exclusivo distrito donde se encontraba la residencia de la familia Vane. El lugar al que durante cinco años había llamado hogar, pero que jamás la había tratado como a un ser humano.

Dentro de la pequeña bolsa de tela que apretaba contra su pecho, solo había unas cuantas prendas gastadas y una prueba de embarazo con dos líneas rojas claramente marcadas.

Estaba embarazada.

Elena apretó con fuerza la tela de la bolsa. Las lágrimas que había contenido frente a Charlie finalmente cayeron junto con la lluvia. ¿Por qué aquel niño tenía que llegar justo cuando su mundo se había reducido a escombros?

—¿Crees que estaría dispuesta a tener un hijo de un asesino?

Las crueles palabras que Charlie había pronunciado un año atrás volvieron a resonar en su mente, cuando el hombre la humilló delante de todos durante una cena familiar.

Elena colocó su temblorosa palma sobre su vientre, que aún permanecía plano. De repente, el instinto protector de una madre despertó en su interior.

—Eres mi hijo —susurró Elena en medio del rugido del viento—. Solo mío.

Si Charlie o Sarah descubrían aquel embarazo, no le permitirían vivir en paz. La astuta Sarah seguramente se desharía del bebé, mientras que el cruel Charlie podría arrebatarle al niño como otra forma de castigo. Elena juró ocultarle la existencia de aquel niño al hombre llamado Charlie Vane.

De repente, unos faros de automóvil atravesaron la oscuridad desde atrás. Un lujoso sedán negro se detuvo justo al lado de Elena, salpicando de agua el borde de su vestido. El corazón de Elena comenzó a latir con fuerza. ¿Era Charlie? ¿Quería aquel hombre volver a atormentarla?

La puerta del automóvil se abrió. Sin embargo, no era Charlie quien salió.

Una mujer con un llamativo abrigo de piel rojo descendió con elegancia. Su guardaespaldas abrió de inmediato un paraguas negro sobre su cabeza.

Sarah.

Aquel rostro tan parecido al de Elena la miró con una sonrisa triunfal. Ya no había silla de ruedas. Ya no había un rostro pálido y lleno de sufrimiento como el que solía mostrar frente a Charlie. Sarah permanecía erguida y saludable.

—Qué lástima —la voz de Sarah sonó mimosa, pero cargada de burla. Miró a su hermana con desprecio—. Me enteré de que ya firmaste. Una decisión muy inteligente, querida hermana Elena.

Elena no retrocedió ni un solo paso. Enderezó la espalda.

—Ya tienes a Charlie. ¿Qué más quieres?

Sarah soltó una risita. Acercó el rostro al oído de Elena y susurró con frialdad:

—Solo asegúrate de no volver jamás. Charlie te odia. Incluso si mueres al borde de la carretera esta noche, no le importará.

Elena apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.

—El accidente de hace cinco años... los frenos del automóvil... fuiste tú quien lo hizo, ¿verdad?

La sonrisa en el rostro de Sarah se hizo aún más amplia, confirmándolo todo sin necesidad de palabras.

—¿A quién le importa? —se burló Sarah antes de darse la vuelta y dirigirse hacia su automóvil. Antes de cerrar la puerta, volvió la cabeza una última vez—. Disfruta de tu nueva vida en el basurero, hermanita.

El lujoso automóvil se alejó a toda velocidad, dejando tras de sí una nube de humo y salpicaduras de agua. Elena permaneció inmóvil. Sin embargo, en lugar de llorar, sus ojos ahora ardían con las llamas de la venganza. Su tristeza se desvaneció, reemplazada por la determinación de hacer que todos pagaran.

—Ya lo veremos —susurró Elena mientras miraba en dirección al automóvil de Sarah, que desaparecía en la distancia—. Dentro de cinco años... haré que se arrastren ante mí.

Con pasos firmes, Elena se dirigió hacia la estación de tren nocturno. Abandonaría aquella ciudad y construiría su propia vida desde cero por el bien del niño que llevaba en su vientre.

Aquella noche, la pobre Elena desapareció. Lo único que quedó fue una mujer dispuesta a desafiar al mundo.

Mientras tanto, en el majestuoso despacho de la mansión Vane, el silencio resultaba sobrecogedor. Charlie permanecía de pie junto al enorme ventanal, contemplando la lluvia. Sostenía en la mano un vaso lleno de líquido de color ámbar, pero sus pensamientos estaban muy lejos de allí.

Sobre su escritorio, los documentos de divorcio firmados por Elena yacían allí sin más.

El pecho de Charlie palpitó de una manera extraña. Una sensación de vacío se apoderó repentinamente de su alma. Debería sentirse aliviado por haberse librado de la mujer a la que consideraba un monstruo.

Sin embargo, la imagen de la última mirada de Elena continuaba dando vueltas en su cabeza. Una mirada vacía, sin dolor ni amor. Como si Elena hubiera borrado su existencia de la vida de aquella mujer.

—Le rogarás a Dios que haga retroceder el tiempo hasta este día.

Las últimas palabras de Elena volvieron a resonar en su mente, frías y cargadas de maldición. Charlie apuró su bebida de un solo trago, intentando ahuyentar aquella sensación de incomodidad que sentía en el corazón.

—Maldita sea —murmuró Charlie. Dejó el vaso sobre la mesa con brusquedad—. Solo es una asesina. Se lo merece.

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, una pequeña duda comenzó a crecer. Una duda que, con el tiempo, se convertiría en una tormenta capaz de destruir su mundo. Charlie nunca supo que aquella noche no solo había dejado ir a la esposa que odiaba, sino que también había apartado de su vida a la mujer que una vez le había salvado la vida, así como a su propia sangre.

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