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Capítulo 4: Ya no quiero a este perro

Penulis: debrave
last update Tanggal publikasi: 2026-05-28 17:15:39

Al día siguiente.

Cuando Ethan se despertó, tenía un dolor de cabeza fulminante. Se sentó a la orilla de la cama, se apoyó como pudo y dio una bocanada de aire; la habitación apestaba a alcohol viejo.

De inmediato, frunció el ceño y gritó:

—¡Talia!

Lo recibió un silencio absoluto. Ethan la llamó un par de veces más, pero no hubo respuesta. En su lugar, atrajo la atención de la servidumbre que andaba haciendo el aseo.

—Sr. Quinn, Talia... ella salió.

—¿Salió? —Ethan entrecerró los ojos, encabronado—. ¿A dónde verga fue?

En el pasado, sin importar qué tan tarde fuera, Talia siempre lo atendía cuando venía borracho, y jamás despertaba con dolor de cabeza ni apestando a pisto.

«Como era de esperarse, sigue haciendo sus berrinches pendejos».

Ayer, después de que Talia se fue del hospital, a Vanessa se le ocurrió la idea de armarle una celebración atrasada por su segundo aniversario de bodas. Él tomó la iniciativa de mandarle un mensaje por W******p, pero la muy desgraciada solo lo dejó en visto. ¡Ni siquiera se presentó!

Sentía el pecho como si le hubieran metido un trapo empapado de agua, tan pesado y sofocante que se emborrachó hasta el culo. En su momento llegó a pensar que lidiar con Vanessa era agotador, pero ahora... ¡Talia estaba siendo todavía más malagradecida!

—Sr. Quinn, Talia no dijo a dónde iba. Tal vez... ¿quisiera marcarle?

La voz de la empleada lo trajo de golpe a la realidad.

Tronó la lengua con impaciencia:

—¡Que le marque el que quiera! ¿De verdad se cree la gran cosa? ¡Ja, más le vale que no vuelva nunca!

Talia había salido de la mansión desde muy temprano. Se atiborró los bolsillos con todas las joyas y bolsas de diseñador que Ethan le había regalado durante el matrimonio para ir a malbaratarlas en una tienda de segunda mano.

—Señorita, ¿está completamente segura de que quiere vender todo esto? Si le soy sincera, estas cosas no mantienen su valor. Le convendría más guardarlas de recuerdo.

Dentro de la boutique de lujo, la vendedora intentó aconsejarle con amabilidad que lo pensara bien.

Talia forzó una sonrisa, pero tenía los ojos hinchados de tanto llorar y una fachada demacrada.

—Estoy segura. ¿Me podría calcular el total, por favor?

Esos objetos eran la «compensación» que Ethan le daba cada vez que le sacaba sangre para Vanessa. En realidad, no eran más que la basura que a Vanessa no le gustaba. Qué lástima que en el pasado ella guardaba todo eso como si fueran tesoros, sin atreverse casi ni a usarlos.

—Está bien, espéreme un momento. Le hago el cálculo ahorita mismo...

La vendedora sacó rápido una calculadora y empezó a sumar el valor total. Al final, le depositaron la miserable cantidad de 9,000 dólares a la cuenta de Talia.

Al ver los números en su pantalla, a Talia le volvieron a arder los ojos de forma incontrolable y apretó los dedos. A lo largo de diez años, le habían extraído incontables mililitros de sangre. Talia sabía perfectamente que vender sangre en el mercado negro dejaba muchísimo más que esa porquería; Ethan jamás la vio como un ser humano.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y, justo cuando la empleada iba a soltarle unas palabras de consuelo, Talia salió a toda prisa.

No fue sino hasta que oscureció que Talia regresó a la mansión cargando una caja de regalo envuelta con mucho cuidado.

El personal de la casa andaba en sus rollos. Al pasar por el comedor, vio los restos de la cena a medio comer sobre la mesa. Desde la sala, se alcanzaban a oír las voces de Ethan y Vanessa.

—Ethan, ¿se siente rico el masajito que te da tu hermana?

—Sí, ya no me duele nada después de que me sobas.

Aunque ayer ya había presenciado la desfachatez de ese par de hermanos, Talia no pudo evitar sentir un asco profundo al volver a escuchar semejantes insinuaciones. Se le puso el rostro pálido y los nervios se le pusieron de punta.

Al escuchar los pasos que se acercaban, Ethan se levantó despacio del regazo de Vanessa, con el cabello alborotado. Al levantar la mirada, sus ojos chocaron con los de Talia.

Tronó la lengua entre dientes:

—¡Pensé que tenías los huevos de no regresar! Talia, ¿quién te dio permiso de andar en la calle hasta tan tarde?

Antes, Talia casi ni salía de la casa. ¿Ahorita qué quería, hacerse la rebelde? A Ethan no le cabían esos juegos pendejos. Ya había dicho que no le iba a andar rogando, ¡y lo decía muy en serio!

Talia bajó la mirada sin responderle un carajo a Ethan. En su lugar, le extendió la caja de regalo que traía en las manos y le dijo:

—Ethan, este es el regalo de segundo aniversario que te preparé.

La caja era del tamaño de una hoja tamaño carta y estaba bien sellada.

La cara de perro de Ethan por fin se suavizó un poco. Sabía que, con lo pendejamente enamorada que Talia estaba de él, jamás le pediría el divorcio de verdad. Lo que soltó ayer en el hospital solo habían sido berrinches del momento.

«Pero esta madre no pesa nada. ¿Qué carajos trae adentro?».

Ethan estaba a punto de romper el empaque cuando Vanessa lo detuvo y le aventó la caja a una sirvienta, diciendo:

—Ethan, ¿quién abre un regalo enfrente de los demás? Sube a darte un baño. Al rato te tengo una sorpresa.

La mansión tenía la calefacción encendida, así que Vanessa solo traía puesto un bata de seda delgada con una abertura que dejaba ver sus muslos blancos como la porcelana. Combinado con su cabello castaño ondulado, se veía despampanante.

—Está bien.

Ethan le hizo caso a Vanessa prácticamente sin cuestionarla, se olvidó del regalo y se puso de pie. Antes de subir las escaleras, se giró para advertirle a Talia:

—Más te vale no volverme a hacer encabronar.

El rostro de Talia permaneció completamente inexpresivo, algo muy raro en ella.

En cuanto Ethan subió las escaleras, Vanessa soltó:

—Talia, no vayas a pensar mal. Ethan solo traía dolor de cabeza. Como su hermana, es normal que le sobe las sienes, ¿no? Sé que sigues resentida por lo de ayer, pero de verdad no fue mi intención. Tú sabes lo peligroso que es cuando a los pacientes con hemofilia nos da un sangrado...

—¿A dónde chingados quieres llegar con todo esto?

Lidiar con Vanessa era desgastante, y Talia no tenía ni las ganas ni la paciencia para escucharle sus discursos manipuladores y mareadores. Antes era demasiado blanda del corazón, y por eso esa tipa siempre la mangoneaba como quería.

Las palabras se le atoraron en la garganta a Vanessa, abriendo los ojos de par en par con pura sorpresa. ¿Qué putas le pasaba a Talia hoy? ¿Por qué estaba actuando tan distinto? Antes era como una ovejita mansita. La actitud que traía ahorita era de puro fastidio.

«¿No será... que esta pendeja ya se dio cuenta de algo?».

Vanessa observó a Talia en silencio de arriba abajo. Talia estaba parada frente a ella con un sobrepeso que la hacía ver del doble del tamaño de Vanessa. Con la espalda ancha y la contextura robusta, se veía especialmente estorbosa con esa chamarra pesada. Tenía la cara redonda, pero viéndola de cerca, sus facciones eran bastante finas y su piel era blanca como la leche. Talia tenía una base hermosa; el día que bajara de peso se iba a ver impresionante.

Al darse cuenta de eso, a Vanessa le cruzó por los ojos un destello casi imperceptible de pura envidia, pero sin cambiar el gesto, soltó:

—Talia, ¿todavía te acuerdas del conjuntito que te regalé? Póntelo al rato para que te ganes a Ethan.

Talia cerró los ojos y apretó los puños involuntariamente. Recordando la escena en la suite del hospital ayer, dijo con trabajo:

—¿Qué no a Ethan le gustaba más verte vestida así a ti?

En cuanto terminó de hablar, la sala quedó en un silencio sepulcral.

La cara de imbécil que se le quedó a Vanessa hizo que Talia no pudiera contener una sonrisa llena de pura burla.

Tras un largo rato, Vanessa por fin encontró las palabras:

—Talia... ¿quién carajos te dijo semejante pendejada? Ethan y yo solo somos hermanos. No es lo que estás pensando.

Su explicación apresurada era una vil hipocresía. Una vez que Talia recobró la calma, no se le pasó por alto la provocación velada y la egolatría que brillaban en los ojos de Vanessa.

Talia de repente se dio cuenta de lo estúpida y ciega que había sido antes, al no haber visto jamás la verdadera cara de perra de Vanessa. Si hubiera entendido las cosas a tiempo, no habría terminado en este infierno. Simplemente había sido demasiado ingeniosa.

—Vanessa, te sientes muy chingona usando el papelito de la familia para andarte acostando y teniendo tu romance cochino con él, ¿verdad? Sabes qué... ya no quiero a este perro. Te lo regalo.

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