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Su Segunda Oportunidad Prohibida
Su Segunda Oportunidad Prohibida
Author: debrave

Quiero el divorcio

Author: debrave
last update publish date: 2026-05-28 17:13:15

—Talia, ¿tienes idea de lo patética que te ves con esa lencería?

Ethan apestaba a whisky caro y sus facciones arrogantes se contorsionaban en una mueca de burla. Sus palabras cortaban como vidrios rotos.

—Pareces un verdadero chiste intentando jugarle a la seductora.

Tras dos años de matrimonio con Ethan, Talia seguía siendo virgen. La familia de alcurnia de él la había presionado más de una vez para que tuviera un heredero que protegiera el patrimonio, pero Ethan siempre inventaba alguna excusa para zafarse.

¿Cómo se suponía que formaran una familia si él se negaba a tocarla? Talia se había tragado su orgullo y aguantó, pero cuando le confesó sus inseguridades en voz baja a Vanessa, la hermanastra de él, esta le dio un consejo en murmullo.

Le había entregado a Talia una caja con lencería de encaje provocativa, riendo suavemente. «Confía en mí, linda. Los hombres son criaturas visuales. No se va a poder resistir».

Aunque Talia se sentía completamente humillada por semejante nivel de desesperación, estaba dispuesta a intentar lo que fuera para salvar su matrimonio y tener la familia con la que soñaba. Por eso, en la noche de su segundo aniversario, se tragó la ansiedad y se la puso. En lugar de romance, solo recibió el asco crudo y cruel de Ethan.

A pesar de que la calefacción central de la mansión estaba encendida, Talia sentía como si la hubieran arrojado a un páramo ártico. Le temblaba la mano entera.

De repente, la ama de llaves tocó frenéticamente a la puerta del dormitorio.

—¡Ethan! ¡Hubo un accidente! Llevaron a Vanessa de urgencia al hospital... ¡perdió mucha sangre y están preparando una transfusión urgente!

El alcohol pareció esfumarse del cuerpo de Ethan al instante. Su mirada se afiló y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó hacia adelante y agarró a Talia por la muñeca.

—Vístete. Nos vamos.

Talia se mordió el labio, y un raro chispazo de resistencia brotó entre su dolor.

—Ethan, por favor... es nuestro aniversario. El hospital tiene un banco de sangre y el equipo de Vanessa se hará cargo. ¿Podemos quedarnos, por favor?

Talia había visto a Vanessa hacía menos de una hora. Estaba perfectamente bien, con un tono de piel radiante y lleno de vida. ¿Cómo carajos había terminado de repente en emergencias? Se sentía profundamente turbio, pero en su estado de shock, Talia no logrababa atar cabos.

—¡Talia, cállate la boca! Nada importa más que mi hermana —escupió Ethan, con sus fríos ojos grises brillando con una piedad nula mientras apretaba su muñeca hasta lastimarla—. Si le pasa algo por culpa de tus pendejos egoísmos, te juro por Dios que nuestro matrimonio se acabó.

Tres de la mañana.

Talia estaba sentada, sola, en un laboratorio privado y estéril del Centro Médico St. Matthew. Ya había llenado dos bolsas estándar de donación, lo que la dejaba con el rostro pálido y la cabeza dándole vueltas de puro vértigo. Justo cuando intentó retraer el brazo por instinto, la enfermera privada la sujetó con firmeza.

—Quédate quieta, Talia. Ethan pidió que sacáramos un par de tubos extra para pruebas de compatibilidad, por si las dudas.

Notando el malestar físico de Talia, el tono de la enfermera se volvió frío y desdeñoso.

—Es el procedimiento estándar, no seas dramática. Una mujer de tu constitución puede prescindir de un poco más de líquido. No te vas a desmayar.

A medida que la sangre color rojo oscuro llenaba los tubos, la habitación empezó a dar vueltas. La visión de Talia se nubló hasta quedar en tinieblas, el corazón le retumbaba violentamente contra las costillas y un sudor frío y pegajoso le brotó por toda la piel mientras su respiración se volvía superficial.

Cuando por fin recobró el conocimiento, habían pasado tres horas. El olor agudo y estéril del antiséptico llenaba la habitación privada. Mientras sus ojos se adaptaban lentamente a la luz tenue, pudo escuchar al personal del hospital chismeando en la estación de enfermería, justo afuera de su puerta.

—Pobre muchacha. Lleva horas inconsciente y Ethan ni siquiera ha puesto un pie en este pabellón, a pesar de que la suite VIP de su hermana está ahí nomás pasando el pasillo.

—Ay, por favor, no gastes tu lástima. El chisme dice que prácticamente lo atrapó en ese matrimonio usando chantajes de su familia.

—Dios, qué patético. Qué manera de vivir en una pendeja ilusión. De verdad necesita que le bajen los humos a la realidad. Mírala a ella y luego mira a Vanessa: son el día y la noche. Ni de chiste pertenece al mismo nivel que alguien como Vanessa.

El murmullo de las enfermeras se desvió por completo hacia Vanessa, con voces chorreando fascinación.

—Pero al chile, Ethan está completamente obsesionado con cuidarla. Cada vez que Vanessa va a una simple consulta, el tipo cancela toda su agenda. Esta vez solo se cortó la mano con un pedazo de cristal del banquete y literalmente obligó a la esposa a llenarle medio banco de sangre solo para quedarse tranquilo. Eso sí es devoción.

—¿De verdad piensas que actúan como hermanos? —murmuró una segunda enfermera, bajando la voz a un susurro casi inaudible—. Ni siquiera son de la misma sangre. El mes pasado, durante mi turno de noche, pasé por la sala ejecutiva y los vi besándose. Y para nada era un beso de hermanitos... ¡Dios mío, Talia! ¡¿Estás despierta?!

La enfermera ahogó un grito, y su voz alcanzó un tono agudo y aterrorizado al darse cuenta de que Talia la estaba mirando fijamente. Agarró a toda prisa su libreta, esquivando la mirada con pura culpa, y prácticamente arrastró a su compañera por el pasillo con el pretexto de llamar a un médico residente.

En el pesado silencio de la habitación, Talia miraba fijamente al techo blanco. Su mente era un caos borroso de negación. Tras un minuto agónico, obligó a sus extremidades débiles y pesadas a salir de la cama de hospital, sosteniéndose contra la pared. Tenía que buscar a Ethan. Vanessa era su hermanastra; tenía que haber una explicación lógica. El personal solo estaba soltando chismes malintencionados de hospital.

Arrastrando los pies por el pasillo, finalmente divisó al equipo de seguridad de Ethan afuera de una habitación privada al fondo del corredor. Talia se acercó en silencio, con la mano temblando mientras alcanzaba la perilla de la puerta.

A través del cristal transparente, se le cortó la respiración.

Ethan —un hombre que dominaba juntas directivas y a la alta sociedad de Nueva York— estaba de rodillas. Desde su ángulo, solo podía ver su perfil afilado y atractivo. Miraba hacia arriba a Vanessa, con el rostro pegado a la palma de la mano de ella, suplicándole con una desesperación absoluta.

—Vanessa, por favor... No la he tocado. No he roto mi promesa. Por favor no te vayas del país.

Vanessa le acarició el cabello, con una sonrisa calculada dibujada en los labios.

—Buen chico. Pero Talia se puso el conjuntito que le compré hoy, ¿verdad? ¿Aco no te gustó?

—...A mí solo me importas tú.

Se sintió como un golpe físico directo al pecho. Las pupilas de Talia se contrajeron, y una onda de shock helado le azotó el cuerpo entero mientras se tambaleaba hacia atrás contra la pared. El rostro se le quedó completamente blanco, sin una sola gota de sangre.

Ethan... amaba a Vanessa.

Cada una de las señales de alerta que se había dedicado a ignorar durante los últimos cuatro años resonaron de golpe en su cabeza. Desde el momento en que conoció a Ethan en la preparatoria, Vanessa siempre había sido su centro de gravedad. Incluso cuando empezaron a salir oficialmente, siempre era lo mismo. Si Vanessa llamaba, no importaba qué tan estúpida fuera la razón, Ethan dejaba todo botado. Talia siempre había sido el plato de segunda mesa, el compromiso, el segundo lugar permanente.

El recuerdo que más le quemaba era el de la recepción de su boda en el club de yates. Vanessa y Talia tropezaron accidentalmente sobre el barandal bajo y cayeron al puerto. Sin dudarlo ni una puta fracción de segundo, Ethan se echó al agua y nadó pasando de largo a Talia para sacar a Vanessa del mar. Se llevó a Vanessa en brazos hasta la tienda médica, dejando que al personal del banquete le tocara pescar a Talia del agua, convirtiéndola en el ridículo más grande de la alta sociedad de Nueva York.

En ese entonces lo había justificado. Se convenció a sí misma de que, como Vanessa afirmaba tener una condición médica rara, Ethan simplemente había entrado en pánico. Pero la escena que se desarrollaba al otro lado del cristal en ese preciso momento destrozó cada puta ilusión que le quedaba.

La garganta le ardía, pero se mordió el labio con tanta fuerza que se lo abrió, negándose a dejar escapar un solo sollozo. Viendo a Ethan darle un beso ferviente en la mano a Vanessa, la última gota de devoción que Talia sentía por él se marchitó y murió.

El hombre en el que había confiado durante diez años, el hombre con el que llevaba dos años casada, le estaba viendo la cara de pendeja montando un romance retorcido con su hermanastra justo en su propia jeta. El desamor era un dolor físico en el pecho, un peso sofocante que amenazaba con aplastarle los pulmones. Ethan, el hombre al que alguna vez consideró su refugio absoluto, la había llevado sistemáticamente al borde del abismo y la había empujado.

Tras un momento agónico, el pánico cedió, reemplazado por una entumecida y profunda apatía. El dolor seguía ahí, pero su mente nunca había estado tan lúcida en toda su vida. Hay errores que se tienen que cortar de raíz antes de que te destruyan por completo.

El chasquido seco de la perilla al abrirse sobresaltó a la pareja dentro del cuarto, y se separaron al instante.

Ethan se giró, y sus facciones se deformaron en un gesto de fastidio al ver que era Talia.

—Talia, ¿qué m****a te pasa? ¿Acaso no sabes tocar la puta puerta? ¿Cuántas veces tengo que decirte que respetes mi privacidad para que te entre en esa cabeza dura?

Vanessa se veía visiblemente alterada, bajando la mirada mientras intentaba adivinar qué tanto había presenciado Talia. Recobrando el aliento, forzó una sonrisa suave y tranquilizadora.

—Talia, por favor no le hagas caso. Solo está estresado por el accidente. Él no quiso...

—Ethan.

Talia la cortó en seco, con una voz plana, fría y totalmente desprovista de la calidez desesperada con la que solía hablarle. Miró fijamente a los ojos de su esposo. Tenía los puños apretados a los costados, y aunque su voz tenía un leve temblor por el cansancio físico, llevaba el peso aplastante de un veredicto final.

—Quiero el divorcio.

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