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3. Lo que el protocolo no pudo contener.

last update Data de publicação: 2026-06-19 22:31:03

★★★

El carruaje del príncipe entró por las puertas de la mansión Zidal con la puntualidad gélida de quien no necesita impresionar a nadie.

Adrien bajó primero. Cassian y Drevon lo flanquearon con la naturalidad de años de práctica. Desde fuera parecía el príncipe perfecto: espalda recta, expresión impenetrable, cada movimiento calculado.

Por dentro, el lobo llevaba tres horas despierto y furioso.

«Ella está cerca».

Adrien no respondió a la voz en su cabeza. Ajustó el puño de su chaqueta negra y miró al frente como si nada. Pero su sangre hervía.

«La voy a encontrar y no me vas a detener, príncipe de pacotilla».

—Cállate —murmuró entre dientes.

Cassian lo miró de reojo.

—¿Dijiste algo?

—No.

El salón principal era un derroche de flores blancas y luces doradas. Eleanor Zidal lo recibió con una reverencia perfecta y una sonrisa impecable. A su lado, Alma Zidal, su prometida oficial, era una joven de cabello claro y sonrisa ansiosa que olía a ambición y perfume caro.

Adrien inclinó la cabeza. Dijo las palabras correctas. Sonrió lo justo.

El lobo, de pronto, se quedó quieto. Tenso. Como un depredador que acaba de detectar a su presa.

«Aquí».

Adrien levantó la mirada lentamente.

Marianne no había querido bajar. Se había quedado en la escalera superior con un vestido elegante que le exigieron poner, solo quería ver de lejos quién se llevaría a su hermanastra para siempre de esa casa. Un vistazo y volvería a desaparecer.

Pero entonces las puertas se abrieron y él entró.

El olor la golpeó primero. Bosque después de la lluvia. El mismo olor que se había quedado impregnado en su piel esa mañana. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la barandilla.

Era él.

El hombre que amaneció a su lado. El que había despertado algo dentro de ella sin pedirle permiso ni darle explicaciones.

Y entonces sus ojos se encontraron.

No fue una mirada casual. Fue un choque. Adrien ignoró a su prometida, ignoró a Eleanor, ignoró a todos los nobles que los observaban. Sus ojos dorados se clavaron directamente en ella, hambrientos, furiosos y posesivos.

El lobo rugió.

«Ve. Ahora. Es nuestra».

—Quieto —gruñó Adrien entre dientes, tan bajo que solo Cassian lo oyó.

Cassian siguió su mirada y maldijo por lo bajo.

—Adrien… respira.

—Estoy respirando.

—Estás a punto de subir esas escaleras en medio de tu propia fiesta de compromiso.

Marianne aguantó solo unos segundos más. Aquella mirada era demasiado. Demasiado intensa. Demasiado peligrosa. Se soltó de la barandilla y subió las escaleras intentando no correr. Todos esos años sobreviviendo en esa casa le habían enseñado que la invisibilidad era su mejor arma.

Llegó al pasillo del piso superior y entonces sí apretó el paso.

Adrien sintió el momento exacto en que el control se le escapaba. Cassian dijo algo, pero ya no importaba. Se disculpó ante Eleanor con tres palabras frías y subió las escaleras tras ella.

El olor de Marianne lo guiaba como un hilo invisible. Cada paso que daba hacía que su sangre ardiera más.

Ella dobló a la derecha.

Él dobló a la derecha.

Marianne escuchó los pasos y supo quién era. Se detuvo. Sus piernas simplemente dejaron de obedecer.

Se giró despacio.

Adrien estaba allí, a solo dos metros. Sin la máscara del salón. Solo el hombre, el lobo, con los ojos completamente dorados y la mandíbula tensa. Un príncipe peleando contra la bestia y perdiendo.

Las palabras de protocolo murieron antes de llegar a su boca. La alianza, su prometida, las leyes… todo se volvió irrelevante.

Dio un paso.

Marianne retrocedió.

Su espalda chocó contra la pared.

Adrien no se detuvo. Plantó las manos a ambos lados de su cabeza, encerrándola sin tocarla todavía, y bajó la cabeza. La olió profunda y descaradamente. Su nariz recorrió el arco de su cuello, los labios rozaron apenas su piel sensible. Un gruñido grave y vibrante retumbó en su pecho.

Marianne tembló. No solo de miedo. Un calor traicionero se extendía desde su bajo vientre. El sello plateado de su muñeca ardía como fuego vivo.

—Suéltame… —susurró sin fuerzas.

—No —respondió él contra su piel, tenía la voz ronca y rota por el esfuerzo de contenerse—. No puedo. No me deja.

Tomó su muñeca izquierda y subió la manga con dedos posesivos. Cuando su pulgar rozó el sello de la Diosa Luna, ambos jadearon. Una corriente eléctrica los atravesó.

—No creo en el destino —murmuró Adrien, casi con rabia—. Pero tú… tú me vuelves loco desde que desperté solo en esa cama. Llevas mi olor. Y yo llevo el tuyo —Sus ojos subieron hasta los de ella—. Eres mía, maldita sea.

Inclinó la cabeza y hundió los colmillos en la curva de su cuello y hombro sin perdir permiso. Porque ella le pertenecía y necesitaba marcala ya.

Marianne ahogó un grito que terminó en un gemido roto. El dolor fue cegador, pero inmediatamente se convirtió en un placer ardiente que recorrió todo su cuerpo. Su loba despertó con un rugido salvaje. El sello de la muñeca explotó en luz plateada, conectándose con la marca fresca. Por un segundo sintió el deseo crudo de Adrien, su hambre, su necesidad casi dolorosa de tomarla allí mismo.

Él bebió de ella, lamió la herida con lentitud, saboreándola. Su cuerpo presionaba contra el de ella, duro, caliente, temblando por el esfuerzo de no arrancarle el vestido y reclamarla completamente contra la pared.

—Joder… —gruñó contra su piel, con la voz quebrada—. Sabes a mía. Hueles a mía.

Sus caderas se movieron una vez, instintivamente, dejando que ella sintiera lo duro que estaba por ella. Estaba a un segundo de perder el control total.

Pero abajo esperaban su prometida, veinte nobles y una alianza que podía desatar una guerra.

Adrien se separó apenas, respirando como un animal enjaulado. Sus ojos dorados brillaban con posesividad salvaje.

—Ahora llevas mi marca —dijo con voz grave y peligrosa—. Te vienes conmigo.

Marianne lo miró con los ojos llenos de furia y lágrimas. Tocó la mordida fresca y sintió cómo palpitaba, cómo su cuerpo respondía a él a pesar de todo.

—¿Qué? ¿Qué me hiciste? —susurró, con la voz rota.

—Lo que tenía que hacer —respondió él, apoyando un segundo la frente contra la de ella, casi tierno—. Corre si quieres… pero no llegarás lejos. El vínculo no te va a dejar.

Marianne empujó su pecho con todas sus fuerzas. Él la dejó hacerlo.

—¡No te pertenezco! —gritó, con la voz quebrándose—. ¡Ni a ti ni a nadie!

Se zafó y echó a correr por el pasillo, con el cuello ardiendo y sus trece años de instinto de supervivencia gritándole que huyera.

Adrien se quedó allí, con los puños cerrados, luchando contra el impulso de perseguirla, cargarla sobre su hombro y terminar lo que había empezado.

Cassian apareció al final del pasillo, serio.

—Tu prometida te espera abajo.

—Lo sé.

—Acabas de marcar a tu mate en el pasillo de su casa mientras tu futura esposa está a dos pisos.

Adrien se pasó una mano por el cabello.

—Encuéntrala. Llévala al auto. Con cuidado —ordenó, su voz era fría pero los ojos todavía estaban dorados—. No la asustes más.

Cassian asintió.

—¿Y tú?

Adrien se enderezó, recolocando la máscara de príncipe centímetro a centímetro.

—Yo bajo. Tengo un compromiso que cumplir… por ahora.

Bajó las escaleras principales con la expresión cerrada de quien ha pasado toda la vida separando lo que desea de lo que debe hacer.

Pero en su boca seguía el sabor de la sangre de Marianne.

Y en su interior, el lobo aullaba de rabia y deseo insatisfecho.

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