LOGIN★Adrien★
Yo no creía en el destino. Veinticinco años construyendo esa convicción ladrillo a ladrillo, cada vez que algún anciano de la manada hablaba del vínculo con los ojos brillantes y esa reverencia que me ponía los pelos de punta. El destino era para los débiles. Yo era Adrien de Valdrek, príncipe heredero del reino Lycan más poderoso del norte. Yo escribía mi propio destino. —Adrien —Cassian apareció a mi lado con dos copas y esa sonrisa peligrosa que siempre anunciaba problemas—. Llevas diez minutos mirando la nada. —Estoy pensando. —Estás aburrido —corrigió, poniéndome la copa en la mano— que es peor. Tenía razón. La posada era ruidosa, y olía a cerveza derramada y a sexo crudo. Exactamente el tipo de lugar que un príncipe no frecuentaba… pero mañana empezaban las formalidades, los protocolos y la prometida política que nunca había pedido. Esta noche aún era mía. Cassian se sentó. Al otro lado, Drevon desplumaba a dos lugareños en las cartas con esa cara inocente que lo hacía letal. Estábamos riendo de algo trivial cuando lo sentí. Un tirón en el pecho. No dolor. Algo más profundo. Primordial. Luego llegó el sonido: una risa masculina ronca desde el piso de arriba. Y debajo de esa risa, un olor que se me atoró en las fosas nasales. «Ella». El lobo se levantó de golpe dentro de mí. Me puse de pie sin pensarlo. —¿Adónde vas? — preguntó Cassian. No respondí. Subí las escaleras con paso controlado, pero el corazón me latía como un tambor de guerra. El pasillo estaba lleno de humanas que reían y divertían a los lobos. Pero debajo de todo eso… jazmín, miedo y algo dulce que me hizo apretar los puños. Abrí la puerta del fondo sin llamar. El hombre que estaba inclinado sobre la cama se giró. Treinta y tantos, manos grandes, sonrisa que se congeló en cuanto vio mis ojos. Sobre la cama, inconsciente, estaba ella. Cabello negro desparramado sobre la almohada. Vestido azul medio rasgado, dejando ver la curva de sus muslos. Puños cerrados incluso dormida. Una marca vieja en el pómulo que me hizo ver rojo. «Mate». El calor me atravesó como lava. El lobo empujaba contra mis costillas, queriendo salir, queriendo destrozar al hombre que había osado tocar lo que era mío. —Sal —dije con voz ronca. El tipo no necesitó que se lo repitiera. Desapareció. No fue gradual. Fue como si alguien hubiera metido una mano dentro de mi pecho y apretado algo que yo no sabía que existía. Un calor furioso, antiguo, salvaje. «Mate». La voz dentro de mí no fue un susurro. Fue un rugido. «Nuestra». —Cállate —dije en voz baja. «Ve a ella. Tócala. Que sepa que...» —He dicho que te calles. Me quedé inmóvil en el centro del cuarto mientras el lobo empujaba contra mis costillas como si las paredes fueran papel. «Está sola. Está aquí. Es nuestra y alguien la puso en esta cama y voy a...» —No vas a hacer nada —respondí entre dientes—. Somos nosotros los que no vamos a hacer nada. Me acerqué despacio. El lobo se calmó apenas con la proximidad. No paz. Solo, cercanía. La observé. Era joven. Bonita. Simple. Le tomé el pulso. Estaba débil. La tomé en mis brazos. Debía sacarla de este lugar no viniera otro y tratara de aprovecharse de lo que era mío. «Vamos. Tómala. Marcala para que todo el mundo sepa a quien le pertenece» —Sssh. Quieto. «Huele delicioso». —Sí —observé sus labios pequeños—. Huele divino. Pero no vamos a hacerle nada. Mi lobo gruñó, ansioso como nunca antes, siempre tan correcto y callado y ahora parecía un perro ruino. Salí con ella en mis brazos. Cassian me vio aparecer con la chica en mis manos y se puso en pie. —Vámonos —dije. —¿Quién es ella? —No te incumbe. Vámonos. Ahora. Llegamos a la mansión del beta Saren. Nos estábamos quedando en su casa. Lugar neutro. Fue raro verme llegar con una chica inconsciente en mis brazos. Nadie hizo preguntas. La dejé sobre mi cama. Le quité el vestido roto con cuidado y le puse mi camisa. Luego me quedé de pie, mirándola, intentando recuperar el control que sentía escaparse. «Acuéstate con ella», ordenó el lobo. —No. «Está asustada aunque no lo sepa. Huele a miedo incluso dormida. Acuéstate y cállate tú también». —Acostarse a su lado no es... «No te pido que la toques. Te pido que te quedes. Necesito saber que está a salvo y tú eres el único que puede garantizarlo esta noche. Así que deja de debatir y ¡acuéstate!» Discutí con la bestia durante lo que parecieron horas. Al final perdí. Me quité el pantalón porque no soportaba dormir con ropa y me acosté encima de la colcha, manteniendo distancia, mirando el techo con los brazos cruzados. El lobo se asentó como si hubiera ganado algo. «Porque gané», confirmó. —Cállate. Pasé las horas así. Inmóvil. Despierto. Vigilando cada respiración de ella. Hacia el amanecer su respiración cambió. «No te muevas», dijo el lobo. —Cuando abra los ojos y me vea va a... «No te muevas». —Una chica drogada que despierta con un desconocido en su cama no es una situación que termine... «¿Prefieres que despierte sola y salga corriendo sin que podamos explicar nada?» —Sí —respondí—. Exactamente eso prefiero. Porque en este momento no tengo nada que explicarle que no suene a amenaza. El lobo gruñó, pero no insistió más. Cerré los ojos y me giré, dándole la espalda. Fue lo último que recuerdo. Cuando desperté, la cama estaba vacía. Su olor seguía impregnando el cuarto, pero ella no estaba. La almohada conservaba la forma de su cabeza. Y la silla… estaba vacía. Me incorporé de golpe. El lobo tardó dos segundos en pasar de dormido a furioso. «¿DÓNDE...?» —Aquí no. Se fue por su propio pie. Está bien. «No está aquí. No está bien. Encuéntrala». —No voy a... «ENCUÉNTRALA, ADRIEN». Respiré. Conté. Usé el viejo truco que me enseñaron de niño para no transformarme. Miré la silla vacía. —Se llevó mis pantalones. El lobo se quedó en silencio un segundo. Luego soltó algo parecido a una risa. «Bien hecho», dijo, casi divertido. «Nuestra mate le robó los pantalones a un príncipe». —No tiene ninguna gracia. «Tiene toda la gracia del mundo». Estaba envuelto en una sábana cuando Cassian y Drevon entraron. Cassian perdió el control de su cara inmediatamente. —Vaya… El príncipe sí que se divirtió anoche con su chica misteriosa. —Una palabra más y te degrado a omega. Drevon salió a buscar mi equipaje sin decir nada. Cassian se quedó apoyado en el marco de la puerta, la sonrisa se le desapareció poco a poco. —El lobo —dijo en voz baja sabiendo la respuesta. —Hoy tengo la presentación —respondí, abotonándome la chaqueta. Cassian me miró fijamente. —Y vas a olerla en cuanto entres en la mansión de tu prometida. El beta Saren la reconoció. Es la hermana de tu prometida. M****a. El lobo gruñó dentro de mí. «Cuando entremos en esa mansión y la olamos y la vamos a oler, no me pidas que me quede quieto. Eso no te lo voy a prometer». Me giré hacia la ventana, apretando la mandíbula. El destino, esa cosa en la que no creía, tenía un sentido del humor absolutamente deplorable. Y por primera vez en veinticinco años, no tenía ninguna respuesta inteligente para lo que venía.Marianne cruzó el jardín con paso rápido.El sol de la tarde caía sobre los árboles y las rosas blancas que aún crecían en el mismo lugar donde, hacía casi dos décadas, Adrien la había llevado corriendo la noche de su boda. A unos metros, un muchacho de diecisiete años estaba sentado en el borde de la fuente, lanzando piedras al agua con expresión aburrida.—Amel —lo llamó ella—. ¿Has visto a tu hermana?El chico levantó la cabeza. Tenía el cabello oscuro de su padre y la misma forma de mirar cuando no quería dar explicaciones.—No —respondió con honestidad brutal—. Se fue esta mañana. Dijo algo sobre “no necesitar niñeras”.Marianne suspiró.—Claro que sí.Siguió caminando hasta el patio trasero. Allí encontró a Adrien intentando separar a dos niños que se empujaban con entusiasmo peligroso. El de doce años y el de diez tenían demasiada energía y muy poca paciencia.—¡Basta los dos! —ordenó Adrien, aunque su voz sonaba más cansada que severa.Marianne se detuvo a su lado.—Sahar volv
★★★Pasaron los días.El veneno abandonó el cuerpo de Adrien con lentitud, pero lo abandonó. Las heridas de Marianne cerraron. El cielo de Valdrek dejó de girar. La luna blanca volvió a brillar limpia sobre la ciudad, y con ella regresó una calma que nadie recordaba del todo.Cassian fue juzgado.No hubo gritos ni espectáculo. No hubo multitud enfurecida pidiendo sangre. Solo una sentencia clara, pronunciada por el rey con la voz firme de quien ha visto demasiado como para dejarse llevar por la ira.—Prisión de por vida en las celdas profundas bajo el castillo —declaró el rey—. El tiempo será tu verdugo, Cassian. No te concedo la muerte porque la muerte es un final rápido. Te concedo el tiempo. Tiempo para recordar cada decisión que te llevó hasta aquí. Tiempo para sentir el peso de cada vida que destruiste. Tiempo para preguntarte, una y otra vez, si valió la pena.Cassian no respondió. Su mirada estaba fija en el suelo, como si ya hubiera comenzado a cumplir su condena.Marianne, qu
★★★Eleonor se arrodilló junto a Adrien.La lluvia aún no caía, pero el viento ya entraba con fuerza por la ventana abierta de la torre más alta del templo de la Diosa. El cielo de Valdrek giraba en un remolino enfermo de nubes grises y rojizas, como si el mundo mismo se estuviera retorciendo. Abajo, en las calles adoquinadas, los gritos empezaban a alzarse. Las bestias estaban saliendo.Adrien yacía semiinconsciente sobre el suelo. El veneno se extendía bajo su piel en hilos negros, subiendo desde el hombro herido hacia el cuello, hacia el pecho, hacia el corazón. Aun así, sus ojos dorados lograron enfocarse en ella.Eleonor le acarició el cabello con una ternura distorsionada, casi maternal, casi enferma.—Todo lo hice por ti —susurró—. ¿Lo entiendes? Todo. El odio. Las mentiras. La sangre. Te amé cuando aún creías en el destino y en la Diosa. Te amé cuando me mirabas como si yo fuera suficiente. Y tú… tú me abandonaste.Adrien intentó hablar. Solo salió un sonido ronco, ahogado por
★Marianne★Los recuerdos regresaron como un golpe.El fuego. El templo. El aullido. Adrien. El vínculo. Todo se estrelló dentro de mi cabeza al mismo tiempo y me doblé sobre mí misma, jadeando. Cuando levanté la vista, Robert estaba de pie frente a Eleonor, las garras clavadas en su pecho. La magia roja se quebraba a su alrededor como cristal.Pero Eleonor no cayó.Sonrió. Con sangre en los labios.Y se transformó.No fue limpio. No fue hermoso. Su cuerpo se rompió y se reconstruyó con un sonido húmedo y violento. El pelaje que surgió era oscuro, casi negro, pero atravesado por cicatrices profundas y pálidas que cruzaban su lomo, su cuello y su hocico. Era más grande de lo que recordaba. Más torcida. Los ojos rojos de ella brillaban con un odio antiguo.La loba de las cicatrices.La misma que me asesinó en el otro tiempo. Pero en este tiempo no. Me lancé hacia adelante antes de pensar. El cambio me atravesó de golpe: huesos, piel, poder. El pelaje plateado cubrió mi cuerpo y el colmi
★Robert★Todo se desmoronó demasiado rápido.Adrien estaba herido. La sangre le corría por el pecho negro del lobo y, aunque seguía peleando, se notaba el retraso en sus movimientos. Eleonor lo vio. Sonrió. Y entonces levantó ambas manos.La magia roja explotó.No fue un ataque. Fue algo peor.Una onda invisible atravesó el templo. Serah gritó. Drevon desapareció como si lo hubieran arrancado del aire. El cuerpo de Adrien se desvaneció entre sombras. Las bestias se disolvieron. En un segundo, el espacio quedó vacío… excepto por nosotras tres.Marianne cayó de rodillas.El pelaje plateado se retractó. Los huesos crujieron. En segundos volvió a ser humana, desnuda, temblando, con el cabello revuelto sobre el rostro. Parpadeó varias veces, desorientada, como si despertara de un sueño largo y confuso.Luego levantó la cabeza.Sus ojos barrieron el espacio vacío. Luego se posaron en mí. Por un momento no hubo reconocimiento. Solo confusión y miedo. Como si estuviera mirando a un extraño en
★Adrien★La oscuridad del santuario no era normal.No era la ausencia de luz. Era algo vivo. Denso. Como si el aire mismo se negara a dejarnos respirar con libertad. El olor a hierro viejo, a cera quemada y a sangre seca se me pegaba a la garganta. Cada paso que dábamos resonaba demasiado, como si el templo quisiera anunciarnos.Marianne caminaba a mi lado. Podía sentir su tensión a través del vínculo: alerta, contenida, lista. Robert iba un poco más atrás, con la mandíbula apretada. Drevon y Serah cerraban el grupo. Nadie hablaba.El pasillo de piedra negra se abrió de pronto en una sala circular.Y allí estaba ella.Eleonor.De pie en el centro, sobre un círculo de runas que brillaban con una luz roja enfermiza. Llevaba un vestido negro que parecía absorber la poca claridad que había. El cabello suelto. La postura perfecta. En su mano izquierda sostenía un fragmento irregular del collar que Robert le había arrancado. En la derecha… nada. Pero el poder que emanaba de ella hacía que e




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