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CAPÍTULO 140: El peso de una mirada

Author: R. Vivas
last update publish date: 2026-10-31 00:02:37

Mateo dio un paso para irse. Solo uno. Y entonces su cabeza estalló.

Fue como si alguien le hubiera clavado un hierro candente en la sien. El dolor le subió por la nuca, le recorrió la frente y le explotó detrás de los ojos, y el mundo se le movió bajo los pies como si el suelo se hubiera vuelto de agua. Se llevó las manos a la cabeza con un gemido ronco, y sintió que las rodillas le flaqueaban, que las piernas le de

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    El día antes de la boda amaneció con un cielo limpio y un sol que prometía una jornada espléndida. En la mansión de Mateo, el aire estaba cargado de una electricidad nerviosa, de esas que se sienten antes de los grandes acontecimientos. Los empleados corrían de un lado a otro, ajustando los últimos detalles, y Luciana, vestida con un elegante conjunto de lino blanco, supervisaba cada rincón con la mirada de un general antes de la batalla. Todo tenía que ser perfecto. Todo estaba siendo perfecto.Pero en medio de ese torbellino de perfección, había una figura que no encajaba. Valentina estaba de pie en el umbral del salón, con los brazos cruzados y el rostro serio, observando la escena como quien mira una obra de teatro que no le convence. Había venido a hablar con Mateo, a cumplir la promesa que le había hecho a Natasha, aunque cada fibra de su ser se resistía a ello.Mateo la vio desde el otro lado de la habitación y se acercó, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.—Val —dijo,

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    Los días que siguieron a la noticia se deslizaron con la velocidad engañosa de un sueño febril, un torbellino de risas, planes y promesas que contrastaba brutalmente con el silencio sepulcral que se había instalado en la casa de enfrente. En la mansión de Mateo, el aire estaba cargado de una energía eléctrica, de esas que se sienten antes de una gran tormenta. Luciana se había convertido en el centro de un huracán de felicidad que ella misma había invocado, y nada ni nadie parecía poder detenerla.La mansión, que durante semanas había sido un refugio de silencio y confusión para Mateo, ahora era un hervidero de actividad. Los floristas entraban y salían con ramos de prueba, los pasteleros presentaban catálogos de tartas de varios pisos, y un ejército de decoradores discutía sobre el color exacto de los manteles y las servilletas. Luciana se movía entre ellos como una reina en su corte, con una sonrisa radiante, dando instrucciones precisas, tomando decisiones con una seguridad que ray

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    El corazón de Natasha, que ya venía latiendo a un ritmo irregular desde el encuentro con Mateo en la acera, dio un vuelco tan violento que sintió que se le iba a salir del pecho. Se apoyó en la encimera, con los dedos apretados alrededor del teléfono.—Val, me estás asustando. ¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien?—Sí, sí, estoy bien. No soy yo. Es... —Valentina se detuvo. Se oyó un suspiro largo, tembloroso, como si estuviera conteniendo algo—. Nati, necesito que enciendas la televisión. El canal de noticias local. Ahora mismo. Y que te sientes. ¿Entendido? Siéntate antes de encenderla.—¿Sentarme? ¿Por qué? Val, dime qué está pasando.—No puedo. No quiero ser yo la que te lo diga. Por favor, Nati. Confía en mí. Enciende la televisión. El canal de noticias. Y luego me llamas. Te espero.La línea se cortó antes de que Natasha pudiera responder. Se quedó mirando el teléfono, con el pulso martilleándole en los oídos, y las palabras de Valentina rebotando en su cabeza como un eco distorsionado

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    La mañana entró por las ventanas de la mansión con una luz clara y fría. Luciana estaba de pie junto a la ventana del salón con una taza de café en la mano que no se había llevado a los labios ni una sola vez, y miraba hacia afuera sin ver nada, esperando, calculando, repasando el guion que había escrito para sí misma mientras Mateo dormía.Oyó los pasos de Mateo en las escaleras y se giró lentamente, y cuando él apareció en el rellano ella ya tenía la cara preparada: los ojos húmedos, los labios temblorosos, la expresión de una mujer que ha llorado toda la noche sin que nadie la oiga.Mateo se detuvo en seco.—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz todavía ronca de sueño—. ¿Luciana? ¿Has estado llorando?Ella negó con la cabeza, pero se llevó una mano a los ojos como si quisiera ocultar algo que no podía ocultar.—No es nada —dijo, con la voz quebrada—. Es solo que no sé. Me he levantado con el pecho apretado.Mateo caminó hacia ella y le puso una mano en el hombro.—Dime qué te pasa. No m

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    Mateo dio un paso para irse. Solo uno. Y entonces su cabeza estalló.Fue como si alguien le hubiera clavado un hierro candente en la sien. El dolor le subió por la nuca, le recorrió la frente y le explotó detrás de los ojos, y el mundo se le movió bajo los pies como si el suelo se hubiera vuelto de agua. Se llevó las manos a la cabeza con un gemido ronco, y sintió que las rodillas le flaqueaban, que las piernas le dejaban de responder, que el cuerpo entero se le iba hacia un lado.Natasha se lanzó hacia él antes de pensarlo. Le puso una mano en el brazo y la otra en la cintura, sosteniéndolo, y él se agarró a ella sin querer, con el peso de su cuerpo inclinándose sobre el suyo. Se quedaron así, muy cerca, con la respiración de él agitada contra su cuello, con los dedos de él aferrados a la tela de su camiseta como si

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    Mateo no podía dormir. Llevaba horas en la cama, dando vueltas de un lado a otro, con las sábanas enrolladas en los tobillos y la almohada aplastada contra la cabeza. El reloj de la mesita marcaba las dos y cuarto de la madrugada, y él seguía con los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo que algo le picaba por dentro. No era dolor. No era cansancio. Era una cosa que le daba vueltas en el pecho y no lo dejaba quieto.Se levantó. Caminó descalzo hasta el baño, encendió la luz y abrió el grifo de la ducha. Se metió sin esperar a que el agua se templara, y se quedó un rato con las manos apoyadas en los azulejos, dejando que el agua le corriera por la espalda.—¿Qué me pasa? —dijo en voz alta, y su voz rebotó contra las paredes del baño—. ¿Por qué estoy pensando en ella?Cerró los ojos. El agua le caía por la cara, y en la oscuridad de sus párpados la veía. No era la luna. No era el balcón. Era ella en la tienda, con el vestido verde, en medio de los directivos y los periodistas. La v

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