INICIAR SESIÓNNatasha llegó a la mansión con el corazón hecho pedazos. Había caminado sin rumbo durante casi una hora, tratando de ordenar sus pensamientos, pero no lo había conseguido. Las palabras de Adam seguían resonando en su mente, y el miedo seguía apretándole el pecho como una mano invisible.Entró por la puerta principal y encontró a Mateo en la sala, sentado en el sofá con una taza de café en la mano. Al verla, se levantó de inmediato.—¿Natasha? —dijo, con voz preocupada—. ¿Qué pasó? ¿Dónde estuviste?Natasha lo miró, y en sus ojos vio la preocupación, el amor, el miedo. Sabía que Mateo había estado sufriendo tanto como ella. Sabía que había pasado la noche en vela, carcomido por los celos, por la rabia, por el miedo de perderla.—Fui a ver a Adam —dijo, con voz apenas un susurro.Mateo sintió que el corazón se le helaba. Pero no dijo nada. Solo esperó.Natasha caminó hacia el sofá y se sentó, sintiendo que las piernas le temblaban. Mateo se sentó a su lado, tomándola de las manos.—¿Qué
Natasha salió del café con el corazón hecho un nudo. Caminó por la acera sin rumbo fijo, sintiendo que las piernas le temblaban y que el aire no llegaba a sus pulmones. Las palabras de Adam resonaban en su mente una y otra vez, como un eco que no podía callar."Quiero ser parte de la vida de mi hijo. No quiero quitarle nada a Mateo. Solo quiero un lugar en la vida de Mati."—¿Qué voy a hacer? —se preguntó, con voz temblorosa, mientras caminaba sin mirar a dónde iba.Se detuvo en una banca del parque, la misma donde días atrás había visto a Adam jugar con Mati. Se sentó y se cubrió el rostro con las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos, y ninguno de ellos le daba paz.Él tiene derecho, pensó, sintiendo que el corazón se le encogía. Es su padre biol&oacu
Habían pasado tres días desde el encuentro en el parque. Tres días en los que Natasha no había salido de la mansión, protegiendo a Mati como una leona protege a su cachorro. Tres días en los que Mateo había redoblado la seguridad y había contratado a los mejores abogados especializados en custodia de menores. Tres días en los que Adam no había dejado de pensar en la mancha, en la verdad, en todo lo que había descubierto.Pero Adam ya no podía esperar más. Necesitaba hablar con Natasha. Necesitaba verla. Necesitaba encontrar una manera de ser parte de la vida de su hijo. Y esta vez, no iba a usar la fuerza. Esta vez, iba a intentar hacer las cosas bien.Consiguió su número a través de uno de sus contactos. Lo marcó con manos temblorosas, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Esperó. Un tono. Dos tonos. Tres tonos.Natasha estaba en su estudio, revisando unos diseños, cuando su teléfono sonó. Miró la pantalla y sintió que el corazón se le detenía. El identificador decía: Adam St
Mateo esperó a que Natasha se durmiera. La había abrazado hasta que sus sollozos cesaron, hasta que su respiración se volvió profunda y regular. Entonces, con cuidado de no despertarla, se levantó de la cama y caminó descalzo hacia la ventana.La noche de Miami brillaba en la distancia, con sus luces parpadeantes y su ritmo incesante. Pero Mateo no veía la ciudad. Solo veía el horizonte oscuro, y en su mente, la imagen de Adam se repetía una y otra vez. Su rostro, su voz, la forma en que había aparecido de la nada para destruir la paz que tanto les había costado construir.Se apoyó contra el marco de la ventana y suspiró. Su mente era un torbellino de pensamientos, y ninguno de ellos era bueno.Si tan solo no le hubiera dado la oportunidad de que se acercara a Mati en ese parque, pensó, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon. Nada de esto hubiera pasado. Mati no habría tropezado. Adam no habría visto la mancha. Y yo no estaría aquí, carcomido por la ra
Natasha entró a la mansión con el corazón hecho pedazos. Cerró la puerta detrás de ella y se apoyó contra la madera, sintiendo que las piernas le temblaban. Mati la miró con sus grandes ojos oscuros, confundido por la tensión que flotaba en el aire.—Mami —dijo, con voz suave—. ¿Estás bien?Natasha forzó una sonrisa y se agachó frente a él.—Sí, mi amor —respondió, acariciando su cabello—. Solo estoy un poco cansada. ¿Qué tal si ves un rato la televisión? Yo voy a darme un baño.Mati asintió, aunque no parecía convencido. Se fue hacia la sala, dejando a Natasha sola.Tan pronto como escuchó el ruido de la televisión, Natasha caminó hacia su habitación. Cerró la puerta, y en cuanto sintió que estaba sola, las lágrimas comenzaron a brotar. No pudo contenerse. Se llevó las manos al rostro y lloró. Lloró como no había llorado en años. Lloró por el miedo, por la incertidumbre, por la rabia.Caminó hacia el baño y abrió la ducha. El agua caliente comenzó a caer, y Natasha se metió sin siqui
La tarde en el parque había sido tensa desde el principio. Natasha estaba sentada en una banca, con los brazos cruzados y la mirada fría, observando cada movimiento de Adam. No confiaba en él. No confiaba en sus intenciones. Pero Mati había insistido tanto en quedarse un rato más que no había tenido el valor de negarle ese pequeño momento de felicidad.Adam mantenía la distancia. Lo sabía. Podía sentir la mirada de Natasha clavada en su nuca como un cuchillo. Pero no le importaba. Ver a Mati jugar, verlo reír, verlo correr con esa energía inagotable, era suficiente para él. Aunque fuera desde lejos. Aunque fuera solo por un momento.Mati corría por el césped, saltando y riendo, ajeno a la tormenta de emociones que se libraba entre los adultos. Sus piececitos se movían con la gracia torpe de un niño de cinco años, y su risa llenaba el aire como una melodía.Pero entonces, en un momento de descuido, tropezó con una raíz que sobresalía del suelo. Cayó de bruces sobre el césped, y un grit







