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CAPÍTULO 86: La nueva rutina

Author: R. Vivas
last update publish date: 2026-09-30 06:04:51

Había pasado una semana desde aquella primera visita de Adam a la mansión. Una semana que había cambiado todo. Una semana en la que las visitas de Adam se habían vuelto más frecuentes, más naturales, más parte de la rutina. Siempre acompañado de Mateo y Natasha, o al menos de Natasha, Adam empezó a compartir con Mati de una manera que nunca había imaginado posible.

Cada tarde, a las 4 en punto, Adam llegaba a la mansión. Al principio, lo hacía con nerviosismo, con miedo de ser rechazado, con la
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    Luciana salió de la habitación con una sonrisa que no podía ocultar. Cerró la puerta detrás de ella y caminó por el pasillo con paso elegante, la cabeza alta y los ojos brillando de triunfo. Al pasar junto a Natasha, se detuvo un momento. La miró. Y su sonrisa se amplió.—¿Ves? —dijo Luciana, con voz melosa—. Te lo dije. Mateo me recuerda a mí. No a ti. No al niño. A mí. Así que ya sabes. Puedes irte. Puedes volver a tu casa. Puedes hacer tus maletas. Porque Mateo va a volver conmigo.Natasha sintió que la rabia le quemaba las venas. Sus manos temblaron. Sus puños se cerraron. Pero no dijo nada. Solo la miró. Solo apretó los dientes. Solo esperó.Luciana soltó una risa suave y siguió caminando. Se alejó por el pasillo, con la sonrisa todavía en los labios. Y Natasha se quedó allí, en la silla, con el corazón hecho pedazos, sintiendo que el mundo se le venía encima.Valentina se sentó a su lado.—Nati —dijo, con voz suave—. ¿Estás bien?—No —respondió Natasha, con voz tensa—. No estoy

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    —¿En serio quiere verme? —preguntó Luciana, con los ojos brillando de emoción—. ¿En serio, Valentina?Valentina la miró con el rostro tenso. No quería decirle que sí. No quería darle esa satisfacción. Pero Mateo lo había pedido. Y ella no podía negarle nada.—Sí —respondió, con voz fría—. Quiere verte.Luciana sintió que el corazón le daba un vuelco. Se llevó una mano al pecho, como si la noticia la hubiera conmovido. Pero sus ojos brillaban con un triunfo que no podía ocultar.—Yo sabía —dijo, con voz temblorosa—. Yo sabía que su gran amor no me podía olvidar. Yo sabía que Mateo me recordaba. Que me necesitaba. Que me esperaba.Se giró lentamente hacia Natasha, que estaba sentada en una silla, al fondo del pasillo. La miró con desprecio. Con lástima. Con una superioridad que helaba la sangre.—Lo siento mucho, Natasha —dijo Luciana, con una sonrisa falsa—. Pero parece que Mateo no te recuerda a ti. Te recuerda a mí. A su prometida. A la mujer que ama. A la mujer con la que va a casar

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    Valentina respiró hondo antes de entrar. Sabía que lo que estaba a punto de enfrentar era delicado. Mateo no recordaba nada. Ni a Natasha. Ni a Mati. Ni la vida que había construido en los últimos años. Su mente se había borrado. Su corazón, también. Y ahora ella tenía que ser la que le contara la verdad. Poco a poco. Sin presionarlo. Sin hacerle daño.Abrió la puerta y entró. Mateo estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en las almohadas y la mirada perdida en la ventana. Al verla, algo en su rostro cambió. Sus ojos verdes, que minutos antes miraban a Natasha con frialdad, ahora se llenaron de una emoción distinta. Se le pusieron vidriosos. Como si la viera después de mucho tiempo. Como si fuera la única persona en el mundo a la que reconocía.—Valentina —dijo, con voz ronca—. Ven. Acércate.Valentina sintió que el corazón se le encogía. Caminó hacia la cama y se sentó en la silla, junto a él. Le tomó la mano. La apretó con suavidad.—¿Cómo estás? —preguntó, con voz suave.

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    —¿Mi esposa? —preguntó Mateo, con voz ronca—. No. Eso es mentira. Yo no estoy casado. Yo no tengo esposa.Natasha sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Esas palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho. Se quedó quieta, mirándolo, esperando que en cualquier momento él sonriera y le dijera que era una broma. Pero no lo hizo. Solo la miró con el ceño fruncido, como si ella fuera una desconocida.—Mateo —dijo, con voz temblorosa—. Sí estás casado. Conmigo. Desde hace cinco años. Tenemos un hijo. Mati. ¿Te acuerdas de Mati?Mateo negó con la cabeza. Sus ojos verdes, que tantas veces la habían mirado con amor, ahora la recorrían sin reconocerla. Como si fuera una extraña.—No tengo esposa —repitió, con voz cortante—. No tengo hijo. No sé quién eres. No sé de qué me hablas.Natasha sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Quiso contenerse. Quiso ser fuerte. Pero el dolor era demasiado grande. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, y un sollozo escapó de su garganta. Dio un

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 114: La memoria rota

    Las tres mujeres se quedaron en el pasillo, en silencio, con el corazón en un puño. Natasha no podía dejar de temblar. Sus manos estaban frías, y su mente era un torbellino de pensamientos. Mateo despertó. Mateo abrió los ojos. Mateo está vivo. Pero no habla. No dice nada. Solo mira. Solo parpadea.En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y el médico salió. Su rostro era serio, pero no alarmante. Natasha se levantó de un salto.—Señora Di'Carlo —dijo el médico, con voz calmada.—¿Qué pasa? —preguntó Natasha, con voz tensa—. ¿Cómo está Mateo?El médico la miró un momento. Luego, miró a Valentina y a Luciana, que también se habían acercado.—Necesito hablar con usted —dijo el médico, con voz calmada—. En privado.—Doctor —intervino Valentina, dando un paso adelante—. Somos familia. Por favor, háblenos a todos aquí. Necesitamos saber qué pasa.Natasha dudó un momento. Miró a Luciana, y en sus ojos vio una mezcla de curiosidad y preocupación. Sabía que Luciana no tenía derecho

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