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CAPÍTULO 63

Author: Blanca Rios
last update publish date: 2026-05-26 10:27:46

En verdad, ella es una mujer increíblemente terca, pero afortunadamente ya todo está arreglado y bajo control. No quiero decirle todavía ni adónde iremos de vacaciones, porque intuyo que, con su mente analítica, sospechará inmediatamente de mi verdadera intención, que no es solo que descanse, sino que se convierta en mi mujer fuera de este caos. Cuando Mía despertó esta mañana, su petición fue clara y directa: me pidió que la trajera de vuelta a su departamento, su santuario, y así lo hice sin
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  • Sublimes Placeres    EPÍLOGO

    El tiempo tiene una forma curiosa de cicatrizar lo que alguna vez pareció imposible de sanar. Han pasado cuatro años desde aquel invierno y hoy, nuestro hogar no parece la misma, es un hogar lleno de luz, de juguetes esparcidos por el jardín y de la energía inagotable de una pequeña que se ha convertido en el eje de nuestras existencias.El sol de la tarde se filtra a través de las copas de los árboles, iluminando el jardín donde hemos preparado todo para este día tan especial. Cuatro años. Cuatro años desde que Alis llegó para transformar nuestra realidad, para convertir nuestras dudas y nuestro dolor en la más pura de las alegrías. El césped está decorado con guirnaldas de colores, hay globos que bailan con la brisa suave y el aroma de pastel recién horneado inunda el aire. A mi alrededor, veo rostros que hace tiempo no imaginé tener cerca en un momento así. Mis padres; los padres de Gabriel, que han encontrado en su nieta una fuente de juventud que los mantiene siempre presentes; y

  • Sublimes Placeres    CAPÍTULO 91

    Las semanas habían comenzado a fluir con una armonía que, hasta hace poco, me parecía un concepto abstracto. La tormenta legal que el padre de Antonio había desatado se había disipado como el humo tras una ráfaga de viento limpio. Con su detención y la revelación de sus manejos fraudulentos, la tranquilidad regresó a nuestras vidas, no como un respiro momentáneo, sino como una estructura sólida sobre la cual estábamos construyendo nuestro hogar.La mansión victoriana, lejos de ser el monumento al aislamiento que temí al principio, se había convertido en el escenario de nuestros momentos más felices. Alis crecía a pasos agigantados, y cada pequeño descubrimiento suyo —una sonrisa involuntaria, el primer intento de sostenerse sobre su vientre— nos obligaba a Gabriel y a mí a detener el tiempo, aunque fuera por un momento, para grabar esa imagen en nuestra memoria.Una mañana de domingo, la luz se filtraba por los ventanales del salón, iluminando las motas de polvo que danzaban en el air

  • Sublimes Placeres    CAPITULO 90

    Estábamos tan acostumbrados a vivir en un estado de alerta constante, con el enemigo respirándonos en la nuca, que el silencio de la casa resultaba perturbador. Gabriel, fiel a su promesa, mantenía su teléfono apagado, aunque cada vez que escuchaba un ruido proveniente del exterior, sus músculos se tensaban bajo la camisa.—No vamos a dejar que este miedo nos dicte el ritmo de nuestra vida, Mía —dijo él, mientras observábamos desde la terraza cómo el sol se ocultaba tras los árboles. Alis dormía en su moisés portátil a nuestro lado, una pequeña ancla de paz en medio de tanta tempestad.—Lo sé. Pero me cuesta creer que todo se resolverá simplemente con una investigación federal —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. Tu padre, el de Antonio, es un hombre poderoso. No va a caer sin llevarse a medio mundo consigo.Gabriel apretó la mandíbula. Tenía razón. Conocía al patriarca Salazar lo suficiente como para saber que su desesperación era su arma más peligrosa. No aceptaría una derro

  • Sublimes Placeres    CAPÍTULO 89

    Gabriel pasaba horas en su estudio, no solo revisando contratos, sino analizando los movimientos financieros de la corporación Salazar. Había descubierto que el padre de Antonio no solo estaba atacando nuestros hospitales por despecho, sino para ocultar un desfalco masivo que amenazaba con hundir todo el imperio que la familia Salazar había construido durante décadas.—Es un juego sucio, Mía —me confesó una noche, mientras Alis dormía profundamente en su cuna—. El padre de Antonio está intentando utilizar la fusión como una cortina de humo para salvar su propia reputación ante los inversionistas. Si los hospitales pasan a ser propiedad de su firma, él absorberá las deudas de su propia empresa y las ocultará en nuestras cuentas.Sentí un escalofrío. La maldad de aquel hombre no conocía límites. No se trataba de Antonio, ni de los celos que había sentido por mí, ni de la competencia empresarial; se trataba de una estafa monumental.—¿Entonces Antonio está siendo utilizado? —pregunté, si

  • Sublimes Placeres    CAPÍTULO 88

    Sabía que la vida siempre me presentaría nuevos desafíos, que la realidad nunca sería tan perfecta, mierda, si que ha sido jodido, pero al cerrar los ojos y sentir el calor de su abrazo, supe que habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo. Sin embargo, a la mañana siguiente, la realidad decidió tocar a nuestra puerta antes de lo previsto. Gabriel aún dormía, exhausto por las jornadas interminables de las últimas semanas, cuando el timbre de la mansión resonó con una insistencia inusual. Me incorporé con cuidado, tratando de no despertar a Alis, que descansaba en su moisés. Mis manos sudaban. ¿Quién podría ser tan temprano?Bajé las escaleras lentamente, sintiendo cómo el suelo de madera crujía bajo mis pies. A través de la mirilla, vi una figura solitaria. No era Antonio. Era una mujer de aspecto severo, vestida con un traje sastre impecable, con documentos bajo el brazo. Abrí la puerta con desconfianza.—¿Mía Fermonsel? —preguntó ella, sin ni siquiera saludar.—Sí, soy yo. ¿Quién

  • Sublimes Placeres    CAPÍTULO 87

    La mansión victoriana, que durante los preparativos de nuestra mudanza sentí como un museo frío de piedra y madera, ahora vibraba con un sonido que me resultaba desconocido y embriagador: el llanto suave de Alis. Era una melodía que, aunque interrumpía mis escasas horas de sueño, me devolvía la cordura que la incertidumbre de los meses pasados había intentado arrebatarme. Gabriel estaba a mi lado, cargando a nuestra hija con una torpeza que me hacía sonreír a pesar del agotamiento físico y mental. Ver a ese hombre, antes tan calculador, metódico y a menudo carente de matices emocionales, derritiéndose ante los diminutos dedos de nuestra pequeña, era el mayor triunfo de mi vida. Habíamos ganado, a pesar de los pronósticos, a pesar de las sombras y las intrigas.Sin embargo, el amanecer no siempre borra las huellas de la noche. Mientras Gabriel paseaba por la habitación intentando arrullar a Alis, yo me quedé observando el perfil de la ventana. La seguridad reforzada, el muro que él hab

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