FAZER LOGINNUEVE MESES DESPUĂSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La comprĂ© hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venĂa llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamĂĄ.Tener tulipanes aquĂ me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañåndonos siempre.Sobreponerse no fue fĂĄcil, pero confieso desde lo mĂĄs profundo de mi ser que despuĂ©s de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros dĂas, incluso semanas. He ido acostumbrĂĄndome a no verla, a no oĂrla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchĂsimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mĂĄgica Nueva York. ContratĂ© el servicio de un agente de bienes raĂces y vendĂ las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterrĂĄnea, el lugar dĂł
Han pasado dos dĂas; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mĂ es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.TodavĂa no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lĂĄgrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyĂł un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañarĂĄ por años y con el cuĂĄl tendrĂ© que aprender a convivir por el resto de mis dĂas.PasĂł tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre muriĂł, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sĂ se despidiĂł de mĂ y yo no quise darme cuenta. IgnorĂ© el pĂĄlpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevĂł. Sin rodeos ni preĂĄmbulos. Sin sufrimientos. Sin agonĂa. Su corazĂłn sencillamente dejĂł de funcionar. Estaba tan dĂ©bil, que pasĂł lo que sus mĂ©dicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehĂșsa a enfrentar con cobardĂa lo que serĂĄ una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre frĂa, me convenzo de hacer frente a mis Ășltimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.âNicolas, vas a hacerme los honores âRafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.EstremeciĂ©ndose se endereza, y veo cĂłmo el agua mezclĂĄndose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que Ă©l apunte y Ă©l dispare.De eso se trata, Âżno? Un "juego" suicida en dĂłnde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. SĂłlo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento fĂsico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sĂ, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aĂșn dentro de mi estado de parĂĄlisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero asĂ. QuizĂĄ suene a cobardĂa pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos estĂĄ Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. AsĂ nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada mĂșsculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos estĂĄn como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
âNo los abras aĂșn âNicolas me da un pellizcĂłn en el brazo.âNo los voy a abrir.DespuĂ©s de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligĂł a cerrar los ojos.Estamos en camino a la Ășltima de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de quĂ© se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me estĂĄn matando. No paro de juguetear con el anillo que me regalĂł. Es un par de talles mĂĄs grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francĂ©s al chĂłfer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la mĂșsica desde el coche y sin bajar la ventanilla. MĂșsica de bar, pegadiza, vagamente conocida para mĂ.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonaciĂłn, pese a que estĂĄ siendo cantada en francĂ©s.âÂĄNo puedo creer que me trajiste aquĂ! âexclamo extasiada.âTe dije que no abrieras los ojos âme reprende.âNo los abrĂ pero tengo oĂdos por si no lo sabes âironizo. âQuĂ©date quieta âtal parece que abre su portezuela, pasan uno







