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CAPÍTULO 10: DUDAS EN LA OSCURIDAD

Author: Milenils
last update publish date: 2026-09-21 08:35:10

La puerta se cerró tras la partida de Valeria. Dante se quedó solo en su despacho, inmóvil junto al escritorio, escuchando el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Quería llamarla, quería salir tras ella, pero el orgullo lo mantenía clavado en el sitio, como si sus propias cadenas lo sujetaran. Ve tras ella, le gritaba algo dentro. Dile que mientes. Pero sus pies no se movieron.

Valeria llegó a la sala de estar con el pecho agitado y la sensación de que el aire se le escapaba entre los dedos. Allí estaba Marta, esperándola, serena y firme como un ancla. Apenas se sentó a su lado, las palabras brotaron con dificultad, arrancadas de lo más hondo:

—Es todo, Marta —susurró con la voz quebrada—. La oferta de Adrián, la empresa… pero sobre todo él. Dante. Un momento me mira como si fuera lo único que tiene en el mundo, y al siguiente me cierra la puerta en la cara. Me confunde, me arrastra, me hace sentir cosas que no debería… y luego me trata como si yo fuera el problema. No sé si estoy aquí por el contrato, por mi padre… o porque de verdad quiero estar con él. Y tengo miedo. Miedo de que solo sea un juego para él. De que me rompa sin siquiera darse cuenta.

—Los hombres así suelen jugar a confundir —respondió Marta con firmeza, apretándole la mano—. Su fama de mujeriego no es casualidad, Valeria. Sabe lo que hace. Sabe cómo mirarte, cómo hacerte sentir especial… hasta que ya no le sirves. No caigas en la trampa de creer que tú eres la excepción.

Valeria apretó las manos juntas hasta que los nudos se le blanquearon.

—¿Y Adrián…? —murmuró, con la mirada perdida—. Me ofrece claridad, respeto, soluciones. Pero a la vez… algo me dice que tampoco es sincero del todo. Que hay algo oculto detrás de esa sonrisa.

—Entonces averígualo —le aconsejó Marta, mirándola fijamente a los ojos—. No te alejes sin saber. Acércate. Escúchalo. Observa cómo actúa cuando cree que nadie lo mira. Si tienes dudas, es la mejor forma de descubrir qué quiere de verdad. No dejes que el miedo decida por ti.

Valeria asintió lentamente, como si la idea recién empezara a tomar forma.

—¿Y si ambos son iguales? —preguntó apenas, con un hilo de voz—. ¿Si no hay nadie en quien pueda confiar?

—Confía en ti —le apretó la mano con fuerza—. Eres mucho más fuerte de lo que crees. No dejes que nadie te haga dudar de eso.

En ese momento, el mayordomo apareció en el umbral con discreción.

—Disculpen, señoras. El señor Dante las espera en el comedor para la cena.

Ambas se miraron. Valeria respiró hondo y se puso de pie, enderezando la espalda.

—Vamos —dijo—. Y que sea lo que tenga que ser.

La cena transcurrió en un silencio espeso, incómodo, cargado de todo lo que no se dijeron. Dante apenas levantaba la vista de su plato; cada movimiento suyo parecía calculado para no encontrarse con la mirada de ella. Las palabras que se habían dicho antes seguían flotando entre ellos, invisibles y pesadas, como ceniza que nadie se atrevía a soplar. Ninguno dio el primer paso.

Cuando terminaron, Marta se levantó y se despidió, mirando a Valeria con advertencia:

—Debo retirarme. Mañana temprano nos reunimos. Lo que decidas, lo haremos bien. No tomes nada a la ligera.

Salió dejándolos solos. Dante se quedó sentado, jugando con la copa de vino entre los dedos, sin beberla.

—¿Vas a evitarme para siempre? —preguntó con voz tensa, áspera.

Valeria se puso de pie, con la mano temblando apenas sobre el mantel.

—No tengo nada más que decirte esta noche, Dante.

Iba a cruzar el umbral cuando él soltó, con una sonrisa torcida y llena de sarcasmo, cada palabra clavada como una astilla:

—No me esperes despierta, ¿de acuerdo? Esta noche no voy a dormir aquí. Tengo compromisos que cumplir. Isabela me espera.

Las palabras cayeron como hielo sobre ella. Valeria se detuvo, apretando los puños a los costados hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.

—¿Disfrutas haciéndome daño? —preguntó con voz baja y temblorosa de rabia contenida.

—Solo te digo la verdad —respondió él, sin mirarla, incapaz de sostenerle la mirada—. No todo puede girar a tu alrededor.

—Perfecto —escupió ella, clavándole los ojos, brillantes de indignación—. Que disfrutes tu velada. Yo no perderé el sueño.

Salió del comedor con paso rápido, furiosa consigo misma por sentir el nudo en la garganta que amenazaba con romperla. Llegó a su habitación, cerró la puerta con fuerza y se dejó caer contra ella, con el corazón golpeándole desbocado. Isabela, pensó. Claro. Siempre ella. ¿Por qué esperaba algo distinto?

El teléfono sonó en ese instante. Era su madre.

—Valeria —dijo Elena con urgencia apenas contestó—. Necesito verte mañana. Sin falta. Es muy importante.

—¿Qué ocurre, mamá? —se enderezó de golpe, la rabia transformándose en alerta.

—Lo explicaré todo cuando nos veamos. Avísale a Marta también: su presencia es indispensable. Necesito su asesoría legal. Esto tiene que ver con todo lo que hemos estado investigando… y con lo que se está planeando contra nosotras.

Valeria apretó el teléfono.

—Iré. Y le aviso a Marta.

—Bien. Mañana, a primera hora. Y Valeria… —la voz de Elena bajó, grave— mantén los ojos abiertos esta noche. Confía solo en nosotras.

Colgaron.

Mientras tanto, encerrado en su despacho, Dante permanecía inmóvil junto a la ventana, con la copa aún en la mano y la mirada fija en la oscuridad. No se había marchado. No tenía ningún compromiso. Isabela no lo esperaba en ningún lado. Pero la había visto irse, con la cabeza alta y los ojos brillantes de indignación, y el orgullo le había impedido llamarla. ¿Vendrá mañana?, se preguntó, con el pecho apretado como si le faltara el aire. ¿O esta vez dejará que me aleje?

Nadie respondió. Solo el silencio de la mansión, dividida entre quienes planeaban en la sombra y quienes apenas empezaban a comprender la trampa en la que habían caído.

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