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CAPÍTULO 29: LO QUE SOLO NOSOTROS SABEMOS

Auteur: Milenils
last update Date de publication: 2026-10-10 00:55:16

Se encontraron en el pequeño café de siempre, alejado del bullicio del edificio. Era su rincón: nadie las miraba, nadie las escuchaba. Valeria removía su taza despacio, como si buscara las palabras exactas antes de soltarlas.

—Nos vamos mañana —dijo de pronto, sin levantar la vista—. Nadie lo sabe. Solo tú, las chicas que coordinaron todo… y nosotros.

Marta sonrió suavemente, pero mantuvo la mirada atenta.

—¿Y eso te pone nerviosa o te hace feliz?

—Ambas cosas a la vez —confesó Valeria, y al fin levantó la mirada—. Tengo miedo, Marta. Miedo de que no sea tan perfecto como lo imagino. Miedo de que en cuanto estemos solos, salgan todas las diferencias, todas las sombras que arrastramos. Pero también… tengo tantas ganas. De que por tres días seamos solo él y yo. Sin apellidos, sin contratos, sin miradas esperando que nos rompamos. Quiero creer que podemos resolver lo que nos duele. Quiero creer que este viaje nos acerque lo suficiente como para que, cuando volvamos, nada nos pueda separar.

Marta la escuchó en silencio, asintiendo con calma.

—Te deseo eso de verdad. Pero prométeme algo: no pongas toda tu felicidad en estos tres días. Si salen bien, maravilloso. Si surgen roces, también es información. No te desmorones si no todo es como en tus sueños. El amor no borra los conflictos; los hace más llevaderos. Y recuerda: te vas con un hombre que también está aprendiendo a querer. No tiene todas las respuestas. Tampoco tú. Y está bien.

Valeria asintió, con los ojos brillantes.

—Gracias por no decirme que todo será maravilloso. A veces necesito que me mantengas con los pies en la tierra.

—Para eso estoy aquí —sonrió Marta—. Y hablando de mantener todo en orden… deja todo tranquilo aquí. He revisado los puntos pendientes. Tengo acceso a lo necesario, con tu autorización escrita en tu despacho. Cualquier cosa, decido yo y te aviso. No cargues con el mundo estos días. Desconéctate. Es una orden.

Valeria le tomó la mano sobre la mesa.

—No sé qué haría sin ti. Eres mi mejor amiga, mi apoyo, mi conciencia… y mi ancla cuando vuelo demasiado alto.

—Y tú eres la hermana que elegí —respondió Marta, apretando suave la mano de ella—. Y si necesitas que vaya a buscarte a medianoche porque se te olvidó cómo respirar, allá estaré. Pero confía en ti. Confía en lo que han construido. Mereces ser feliz.

Hubo una pausa cálida entre ambas.

—Y tú… ¿qué hay de ti y Gael? —preguntó Valeria con una pequeña sonrisa—. Veo que se acercan cada vez más.

Marta se encogió de hombros, aunque una sonrisa tímida le apareció en los labios.

—Es… interesante. Es diferente a lo que conozco. Es encantador, sí, pero hay algo más debajo de esa capa de seguridad y bromas. Hablamos de cosas profundas sin darnos cuenta. Me hace reír, pero también me hace pensar. No sé qué es. No quiero ponerle nombre todavía. Solo… lo disfruto cuando está ahí. Y me siento bien conmigo misma cuando hablamos. No sé si es amor. Pero es buena compañía. Y por ahora, eso basta.

—Eso es mucho, Marta. No lo subestimes.

—Lo sé. Solo… vamos despacio. Que no se nos escape entre los dedos por correr demasiado. Y ahora, vete. Empaca tus cosas, respira hondo, y disfruta cada segundo. Todo aquí estará igual cuando vuelvas. Te lo prometo.

Valeria la abrazó fuerte, agradecida.

—Te quiero mucho, amiga.

—Igualmente. Cuídate. Y que te lo mereces, ¿de acuerdo? No te sientas culpable por ser feliz.

Gael entró a la oficina de Dante sin llamar, como siempre hacía. Se dejó caer en el sillón, cruzó las piernas y lo miró con esa media sonrisa que siempre le ponía a todo.

—Me has llamado como si te fueras a alistarte para la guerra. ¿Es el equipaje demasiado pesado o es el corazón el que no te deja en paz?

Dante no se molestó por el tono burlón. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la ciudad que empezaba a encenderse.

—Me voy mañana con ella. Tres días. Solo nosotros.

—Lo sé —dijo Gael, suavizando el tono—. Y te pregunto en serio, sin bromas: ¿sabes lo que estás haciendo? ¿Es esto Dante Sterling cumpliendo una jugada maestra, o es simplemente un hombre que se ha enamorado hasta los huesos?

Dante se giró lentamente. No se defendió. No se rio.

—Sé lo que siento. Y sé que no es pasión pasajera. Pero también sé que hay mucho en juego. Gael… llevo años siendo la mano derecha de mi padre. Cumplí cada uno de sus planes, apoyé cada decisión, estuve ahí cuando todos se alejaron. Fui el hijo que nunca cuestionó, que siempre obedeció, que cargó con el peso de su venganza como si fuera mía. Pero ahora… ahora siento que ya es tiempo de vivir por mí mismo. Ya no quiero ser el instrumento de su revancha. Si él tiene cuentas pendientes, que las asuma. Que responda por sus propios actos. Yo no voy a pagar sus deudas con mi vida. Ni con la felicidad de la mujer que amo.

Gael lo observó en silencio, asintiendo lentamente.

—Eso suena muy bien. Y te respeto por ello. Pero no creas que será fácil. Sebastián no va a quedarse con los brazos cruzados. Él tiene su propio plan, y tú siempre has sido su pieza clave. Si te apartas del tablero, buscará moverte a la fuerza.

—Que lo intente —dijo Dante con firmeza—. Ya no soy el mismo hombre que él envió a ese altar. Valeria me enseñó que puedo elegir. Y elijo estar con ella. No por contrato. No por obligación. Sino porque es lo que mi alma necesita.

—Conozco tus heridas, Dante. Sé de dónde vienes y qué te costó llegar hasta aquí —dijo Gael con seriedad—. Tu padre te crió creyendo que el amor es debilidad. Que confiar es caer. Y ahora estás haciendo lo más valiente que existe: desaprender todo eso. No es poca cosa. Y te admiro por ello. Solo… no dejes que el sentimiento te ciegue por completo. Sigue prestando atención a los negocios. Sigue cuidando lo que hemos construido juntos. No porque no confíe en ti, sino porque hay quienes esperan exactamente que bajes la guardia. Adrián no se ha rendido. Isabela sigue ahí, observando. Y mi lealtad contigo no significa que deje de ver lo que está frente a mis ojos.

—Lo sé —asintió Dante—. Y gracias por decírmelo. No me gusta que me mientan para hacerme sentir bien.

—Eso no va a cambiar —sonrió Gael—. Pero recuerda: pase lo que pase, estés donde estés, tienes mi respaldo. No solo como socio. Como amigo. Aunque te diga que estás loco por entregar tu corazón así de fácil.

—Algunas cosas valen el riesgo —respondió Dante, con una pequeña sonrisa que le llegó a los ojos—. Y ella vale cada uno de ellos.

Gael se levantó y le dio una palmada en el hombro, firme y sincera.

—Entonces ve. Desconéctate. Recuerda quién eres cuando no llevas el apellido Sterling sobre los hombros. Y cuando vuelvas… estaremos aquí. Todo en su lugar. Y si hay problemas, los enfrentamos juntos. Como siempre.

Dante asintió, sintiendo algo que rara vez experimentaba: paz.

—Gracias, Gael. De verdad.

—No me agradezcas todavía. Primero vuelve entero. Y no la arruines con tus silencios, ¿de acuerdo? Habla con ella. Las mujeres no son adivinas. Y tú eres un enigma incluso para ti mismo.

—Haré lo posible —prometió Dante.

Gael salió de la oficina, dejándolo solo. Dante se volvió hacia la ventana, mirando el atardecer. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en estrategias, ni en contratos, ni en su padre. Solo pensó en ella. Y en que por tres días, al fin, podrían ser libres.

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