MasukEl viernes llegó envuelto en una luz dorada y suave, como si el mundo mismo supiera que algo especial estaba por comenzar. Valeria terminó de empacar su maleta con manos que no dejaban de temblar ligeramente, no por miedo, sino por esa emoción que crece en el pecho cuando sabes que estás a punto de cruzar una puerta de la que no hay retorno.Llevó su equipaje al vestíbulo y lo encontró esperándola. Dante estaba junto al auto, con esa calma que parecía envolverlo siempre. Vestía una chaqueta ligera de color azul oscuro que le quedaba perfecta, y el sol de la tarde iluminaba sus cabellos oscuros y sus facciones marcadas. Al verla, su mirada se detuvo en ella con una intensidad que hizo que el aire se le atajara en los pulmones.—Eres hermosa —dijo él, simplemente, como si fuera lo más evidente del mundo.Valeria sintió cómo el calor le subía a las mejillas.—Gracias. Tú tampoco estás mal.Él sonrió, esa sonrisa que rara vez mostraba y que la desarmaba por completo. Le abrió la puerta de
Se encontraron en el pequeño café de siempre, alejado del bullicio del edificio. Era su rincón: nadie las miraba, nadie las escuchaba. Valeria removía su taza despacio, como si buscara las palabras exactas antes de soltarlas.—Nos vamos mañana —dijo de pronto, sin levantar la vista—. Nadie lo sabe. Solo tú, las chicas que coordinaron todo… y nosotros.Marta sonrió suavemente, pero mantuvo la mirada atenta.—¿Y eso te pone nerviosa o te hace feliz?—Ambas cosas a la vez —confesó Valeria, y al fin levantó la mirada—. Tengo miedo, Marta. Miedo de que no sea tan perfecto como lo imagino. Miedo de que en cuanto estemos solos, salgan todas las diferencias, todas las sombras que arrastramos. Pero también… tengo tantas ganas. De que por tres días seamos solo él y yo. Sin apellidos, sin contratos, sin miradas esperando que nos rompamos. Quiero creer que podemos resolver lo que nos duele. Quiero creer que este viaje nos acerque lo suficiente como para que, cuando volvamos, nada nos pueda separa
Todo empezó con dos personas haciendo su trabajo. En el pasillo principal del edificio, cerca de las oficinas administrativas, la secretaria de Dante y la asistente personal de Valeria revisaban juntas los últimos detalles.—Todo confirmado —decía la asistente de Valeria, revisando una nota en su tableta—. El hotel tiene todo listo para el viernes a última hora. La suite está reservada a nombre de la familia Sterling, como siempre hacen. Y el transporte también está coordinado. Salen directo desde el estacionamiento privado para evitar esperas.—Perfecto —respondió la secretaria de Dante, guardando su propia copia—. Él pidió específicamente que no hubiera llamadas ni correos urgentes, a menos que sea una emergencia real. Quiere que esos días sean solo para ellos. Se lo merecen, ¿no? Han tenido semanas muy pesadas.—Totalmente de acuerdo —sonrió la otra—. Tres días lejos del teléfono, de las reuniones, de todo este ruido. Ojalá disfruten mucho.Ambas se despidieron y siguieron su camin
Isabela entró a su departamento y cerró la puerta con suavidad, como si el menor ruido pudiera revelar lo que pensaba. No encendió la luz principal. Se dejó caer en el sillón de cuero oscuro y miró hacia la ventana, donde la ciudad se extendía en luces lejanas. Durante años había creído que estaba cerca. Que todo lo que su familia había perdido, todo lo que le habían arrebatado, estaba a su alcance. Pero esa tarde, en la sala de juntas, había visto cómo se le escapaba entre los dedos. Elena exonerada, la investigación tomando otro rumbo, y Dante y Valeria más unidos que nunca.—No importa —se dijo a sí misma en voz baja—. Solo es un obstáculo. No el final.Se levantó y se acercó al espejo de la pared. Se miró largo rato. Su imagen era impecable: el cabello perfecto, la postura firme, la sonrisa que aprendió a construir desde niña. Pero al fondo de sus ojos había algo que nadie más veía: la sombra de una historia que no empezó con ella, sino con tres hombres que una vez fueron socios y
Valeria despertó antes que él. La luz entraba suave por las cortinas, tiñendo la habitación de un tono dorado cálido. Se quedó quieta, recostada de lado, observándolo. Su respiración era tranquila, su rostro relajado, sin esa tensión que siempre llevaba cuando estaba despierto. Por un momento, no hubo contratos ni deudas ni amenazas. Solo él, ahí, a su lado.Deslizó su mano con cuidado sobre su pecho, sintiendo el ritmo de su corazón bajo sus dedos. Dante abrió los ojos lentamente. No se sobresaltó. Solo la miró, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios al encontrarla tan cerca.—¿Cuánto tiempo llevas mirándome? —susurró, con voz aún ronca por el descanso.—Lo suficiente para darme cuenta de que rara vez te veo así —respondió ella, acercándose un poco más—. En paz. Sin que el mundo te esté pidiendo algo.Dante rodeó su cintura con el brazo, atrayéndola contra sí con suavidad.—Contigo es fácil olvidar todo lo demás. Aunque solo sea por unas horas.Se quedaron en silencio unos insta
Marta proyectó los datos sobre la pantalla. Las transferencias que se habían rastreado no iban a cuentas de Elena, sino a una empresa registrada en el extranjero con vínculos aún por identificar. Isabela revisó los documentos una última vez antes de hablar.—No hay evidencia directa que implique a Elena Vance —admitió, con voz tensa—. Pero eso no significa que el dinero apareció solo. Alguien lo movió. Y esa persona sigue dentro del sistema.—Entonces la investigación continúa, pero por otro camino —concluyó Sebastián—. Elena, quedas fuera de sospecha. Sin embargo, te pediré que estés disponible si necesitamos tu ayuda con los registros de Eduardo.—Por supuesto —respondió ella—. Quiero saber quién hizo esto tanto como ustedes.Isabela cerró su carpeta con un golpe seco.—Mi equipo seguirá revisando los accesos remotos. No confío en que el problema esté resuelto. Solo hemos visto la punta del iceberg.Salió de la sala. Adrián del Valle se levantó tras ella.—Mi propuesta de inyección







