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Capítulo 63: El primer latido compartido

last update publish date: 2026-10-24 21:06:25

Gabriel dormía profundamente en el sillón de la esquina, con la cabeza ladeada sobre un cojín doblado. Tenía las mangas de la camisa remangadas y los ojos hinchados por el cansancio de los últimos días.

De pronto, un sacudón suave desde el interior de mi vientre me hizo contener el aliento. Fue una presión pequeña, precisa, justo debajo del ombligo.

—Gabriel... —llamé en un susurro, temiendo que la sensación se borrara.

No se movió. El cansancio lo tenía completamente noquead
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    Gabriel dormía profundamente en el sillón de la esquina, con la cabeza ladeada sobre un cojín doblado. Tenía las mangas de la camisa remangadas y los ojos hinchados por el cansancio de los últimos días.De pronto, un sacudón suave desde el interior de mi vientre me hizo contener el aliento. Fue una presión pequeña, precisa, justo debajo del ombligo.—Gabriel... —llamé en un susurro, temiendo que la sensación se borrara.No se movió. El cansancio lo tenía completamente noqueado.—Gabriel, despierte... —insistí, elevando un poco más la voz a pesar de la molestia en la garganta.Él dio un brinco en el sillón, abriendo los ojos de golpe. Se puso de pie en un segundo, mirando desorientado la pantalla del monitor.—¿Qué pasó? ¿Te duele algo? ¿Llamo a la enfermera? —preguntó alterado, tropezando con el borde de la cama.—No, no llames a nadie —dije, tomándole la mano—. Ven aquí. Acerca tu mano.—Elena, estás pálida, ¿qué sientes?—Que vengas, terco

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    La televisión de la habitación de la clínica estaba encendida sin volumen en el canal de noticias financieras. El segundero del reloj de pared parecía avanzar a paso de tortuga. Tenía la mano pegada al teléfono celular sobre la sábana, esperando que la pantalla se iluminara.—Se acabó, Elena —dijo él, caminando directo hacia la cama para tomar mi mano—. Se acabó todo.—Dímelo entero, Gabriel —le pedí, apretándole los dedos—. ¿Qué pasó en la asamblea?—Aurelio llegó creyéndose el dueño del edificio —contestó él, dibujando una sonrisa socavada—. Entró a las nueve en punto a la sala de juntas, flanqueado por sus tres abogados corporativos y mostrando el documento de la compra del bloque de acciones de Panamá.—¿Y los inversores suizos?—Estaban sentados al fondo, esperando ver a quién le daban el voto decisivo. Aurelio pidió la palabra de inmediato, tomó el micrófono y dijo que la administración actual había colapsado, que mi gestión era un desastre y que

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    El pitido monótono del monitor de presión arterial me marcaba el ritmo de los latidos. Ajusté la almohada detrás de mi espalda para no inclinarme demasiado y apoyé la laptop sobre las piernas. La luz blanca de la pantalla me encandilaba en la penumbra de la habitación de cuidados intermedios. —Elena, apaga esa pantalla de una vez —dijo Gabriel, dejando el maletín sobre el sillón del acompañante—. La doctora Vargas me cruzó en el pasillo y me advirtió que no debes tener estrés. —No me pidas que me quede cruzada de brazos mientras Don Aurelio destroza todo —respondí, tecleando rápidamente en la planilla de cálculo—. Acabo de revisar los registros de la bolsa. Estuvo acumulando acciones a través de tres sociedades fachada en Panamá. —Eso ya lo sé. Logró convocar a la asamblea extraordinaria para este viernes a las nueve de la mañana —dijo él, acercándose al borde de la cama—. Tienen el treinta y ocho por ciento del paquete acciona

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    El frío helado de la sala de ecografía me congelaba las piernas. Apreté la sábana de la camilla con los puños mientras el gel frío resbalaba por mi vientre abultado. Gabriel estaba sentado a mi lado, aferrando mi mano con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.—Doctora, hable claro —dijo Gabriel, rompiendo el silencio del monitor—. ¿Por qué se queda callada?La doctora Vargas suspiró y retiró el transductor de mi piel. Limpió el exceso de gel con una toalla de papel sin mirarnos de frente.—Miren la pantalla, por favor —indicó la doctora, señalando una masa oscura que rodeaba el contorno del útero—. Elena, estás en la semana veinticuatro. El bebé está creciendo rápido, y eso es una buena noticia en circunstancias normales.—¿Pero? —pregunté, sintiendo un nudo opresivo en la garganta.—El tumor también creció —respondió Vargas, cruzándose de brazos—. Y no solo se expandió hacia los lados. Ahora está empujando directamente

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    —No me mires así, Gabriel... por favor, no me mires así.—¿Cómo te estoy mirando, Elena?—Con lástima. Como si supieras algo que yo no sé.—Te miro con amor. Es la única forma en que sé mirarte.—¡No es verdad! Trajeron más máquinas esta mañana. Escuché a la doctora hablar de plaquetas y de una biopsia.—Te dije que los médicos están haciendo chequeos rutinarios para descartar cualquier cosa.—¡Una biopsia no es un chequeo rutinario, Gabriel! ¡No me trates como a una idiota!—Elena, cálmate, te va a subir la presión otra vez.—¡Mira mis manos! ¡Míralas cómo me tiemblan! Ni siquiera puedo sostener este vaso con agua sin tirar la mitad.—Déjame ayudarte. Dame el vaso.—¡No quiero que me des el vaso! ¡Quiero sostenerlo yo sola! ¡Quiero moverme como antes!—Sostén mi mano entonces. Agárrate de mí.—¡No puedo más, Gabriel... me siento débil, me siento vacía, siento que mi propio cuerpo me está traicionando!—No digas eso. Estás can

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    Los números en la pantalla de la sala de juntas empezaron a borrarse, sustituidos por un zumbido agudo que me retumbaba en las sienes. Intenté tomar aire, pero los pulmones se me cerraron como dos bolsas de plástico selladas al vacío. Llevé una mano al cuello de mi blusa, jalando el primer botón hasta arrancarlo. —Elena, los gráficos del último trimestre muestran un incremento del doce por ciento —dijo el vicepresidente, señalando el proyector—. ¿Elena? —¡Llamen a una ambulancia! —gritó alguien al fondo. —Abran paso, por favor. Denle espacio —decía otra voz lejana. La puerta doble de la sala de juntas se abrió de golpe, rebotando contra los topes de madera. Los pasos eran rápidos, firmes. Unas manos conocidas me sujetaron por la espalda antes de que mi frente tocara el suelo. —Mírame, Elena. Mírame a los ojos —ordenó Gabriel, inclinándose sobre mí. Tenía la co

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