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Capítulo 4

Author: Linda Selva
Laura salió corriendo de su habitación, aterrorizada:

—¿Un terremoto? ¡¿Es un terremoto?!

Clara, con la bebé llorando en brazos, salió descalza, sin siquiera calzarse.

***

Ambas entraron a la sala y se quedaron petrificadas.

Ante ellas, Victoria, siempre tan serena, destruía con furia cada objeto que una vez amó.

Laura se abalanzó para detenerla.

—¡Señora, pare! ¡Cálmese, por favor!

Clara, meciendo a la niña que no dejaba de llorar, exclamó con voz entrecortada:

—¡Señora, basta! ¡Va a asustar a la niña!

Al escuchar el llanto desgarrador de su hija, a Victoria se le fueron las fuerzas por completo.

Dejó el jarrón que tenía en la mano, se acercó y estrechó a la pequeña contra su pecho.

La bebé tenía la carita enrojecida, sus manitas apretadas en pequeños puños.

Clara se acercó, estaba urgente:

—Seguro que tiene hambre.

—Preparé el biberón pero no lo quiere, ¡debe ser que solo quiere teta!

—Señora, ¡dele de comer!

Casi sin pensarlo, Victoria se disponía a subirse la ropa.

Pero, de pronto, se detuvo, consciente de algo.

Alzó la vista y, como esperaba, encontró la mirada compleja de Daniel.

En todos estos años, él la había visto solo como una profesional eficiente, siempre impecable.

Nunca la había visto así, a punto de amamantar en público.

En ese momento, no solo él, hasta ella misma sintió una punzada de vergüenza.

Pero el llanto de la bebé no cesaba.

No podía permitirse vacilar.

Así que, dándose media vuelta, le dio la espalda, se descubrió el pecho y acercó suavemente el rostro de la niña.

El aire se llenó de un silencio repentino, solo roto por el sonido de la bebé alimentándose.

Daniel se quedó donde estaba, observando la espalda de Victoria.

Su expresión era indescifrable.

Laura comenzó a recoger en silencio los destrozos del suelo.

Clara se acercó y, viendo a Victoria amamantar, murmuró suavemente:

—Pobrecita, señora, qué esfuerzo ha hecho.

—Para que la niña tuviera leche materna, aguantó el dolor de la congestión, usó el sacaleches durante quince días seguidos.

—Al fin le salió.

—Desde que toma teta, no para de crecer.

—Mire qué gordita se está poniendo.

***

Victoria guardó silencio.

Sus sentimientos eran un torbellino.

Por un lado, la decepción la ahogaba.

Por otro, no podía evitar esperar algún gesto.

Al fin, oyó pasos acercándose a su espalda.

Daniel se situó frente a ella.

La miró un instante, luego bajó la vista hacia la bebé que mamaba con fuerza.

La niña se detuvo.

Victoria se arregló la ropa rápidamente.

Daniel se agachó.

Con sumo cuidado, tomó a la bebé de los brazos de Victoria.

—Mi niña, soy tu papá, por fin nos conocemos.

Miró profundamente a la pequeña en sus brazos.

En su rostro, habitualmente frío, asomó por primera vez un destello de ternura.

—Señor, todos dicen que se parece a usted, como una copia al carbón —dijo Clara, sonriendo.

—¿Ah, sí? —preguntó Daniel.

Alzó la vista con una sonrisa, y apretó con más suavidad a la niña contra sí.

Victoria observó aquellos dos rostros casi idénticos.

Un nudo se le formó en la garganta.

Había amor en la mirada de Daniel hacia su hija.

Su corazón, tenso como un resorte, se aflojó un poco y la ira menguó.

Pero en ese momento, un timbre de celular estridente rompió el silencio.

Daniel lo sacó.

El nombre "Lara" atravesó como un cuchillo la mirada de Victoria.

Se apartó rápidamente para atender.

Al otro lado, era la voz de una mujer, estaba agitada:

—¡Daniel! ¡Carlos vomitó toda la leche!

—¡Muchísimo! ¡Estoy muy asustada, qué hago!

La expresión de Daniel cambió de inmediato.

—Tranquila, voy para allá.

Casi sin pensarlo, agarró su abrigo del sofá y se dirigió a la puerta.

Pero se detuvo, como recordando algo.

—Victoria, Lara es madre primeriza, no sabe nada, voy a echar un vistazo y vuelvo.

La débil esperanza que había renacido en Victoria se desvaneció por completo.

Observando la espalda de Daniel alejarse a grandes zancadas, solo sintió una amarga ironía.

Menos de media hora en casa.

Una llamada de Lara, y se iba.

¿Era realmente por cuidar a la esposa de su amigo?

¿O lo hacía porque quería, de corazón?

Clara, con la niña en brazos, miraba desconcertada.

—Señora, ¿el señor se va?

—¿A quién dijo que era madre primeriza?

—¡Usted es la que acaba de ser madre! Él...

Hasta ellas veían con claridad cómo Daniel la ignoraba.

Laura lanzó una mirada a Clara, indicándole que callara.

Victoria respiró hondo y su mirada era gélida.

—Clara, prepara las cosas de la bebé, subo a recoger.

—Nos vamos de esta casa.

Clara abrió la boca, estaba sorprendida.

Laura estaba alarmada, se interpuso.

—¡Señora, no actúe por impulso!

—El señor siempre la ha tratado bien, solo que está muy ocupado.

—Durante el embarazo quizás no pudo acompañarla mucho, ¡pero cada semana mandaba flores!

—Mire, ese girasol todavía está en la mesa, ¡qué fresco!

Los girasoles eran las flores favoritas de Victoria.

Porque siempre miran hacia arriba, crecen con fuerza, nunca dependen de nadie.

Pero él, durante todo su embarazo, había hecho tanto por Lara y a ella solo le enviaba unos girasoles, para "animarla" a ser fuerte.

De pronto, Victoria sintió un profundo asco hacia esas flores.

Apartó a Laura de un empujón, dijo con voz fría.

—Tírelas, me dan náuseas.

Sin poder contener su furia, subió las escaleras con paso enérgico.

Laura obedeció y arrojó los girasoles, recién llegados esa mañana, a la basura.

Victoria subió y preparó su equipaje rápidamente.

Estaba a punto de bajar cuando sonó su celular.

Era Paula Cruz, su mejor amiga.

Victoria contuvo un poco sus emociones y atendió.

—¿Paula?

—Victoria, escuché que tu esposo organizó una fiesta al mediodía para la niña, invitó a muchos amigos.

—¿Por qué no me invitaste? ¿Acaso ya no somos amigas?

Victoria respondió:

—No era para mi hija, era para el hijo de otra persona.

Paula estalló al instante.

—¿Qué? ¿Tu esposo te es infiel? ¿Ya tiene un hijo?

Paula lo sabía todo.

Victoria había cargado sola con todo, el embarazo y el parto.

Siempre había desaprobado a Daniel, pero esto superaba cualquier locura.

Victoria esbozó una sonrisa triste.

—Dicen que es el hijo de su prima y de su mejor amigo, Hugo.

—¿Te acuerdas de Hugo?

—Era el mejor estudiante de la universidad.

—Ahora está en el extranjero, en un proyecto confidencial, no puede volver.

—Daniel cree que debe cuidar de su hijo.

Paula se enfureció aún más.

—¡Aun así, no puede ignorar a su propia hija y solo ocuparse del hijo ajeno!

—Durante tu embarazo no se preocupó, ¡y ahora que nació tu hija sigue igual!

—Victoria, ¿qué ves tú en él?

Un frío glacial anidó en los ojos de Victoria. Contuvo a duras penas el torbellino interior.

—Hablamos en persona, aún estoy débil, no puedo conducir más.

—Ven a buscarnos a mí y a la niña, no quiero quedarme aquí.

En ese momento, solo sentía aversión por esta casa.

Las fotos de ella y Daniel, colgadas en las paredes durante cinco años, le producían un asco insoportable.

Las arrancó todas, y con unas tijeras las hizo trizas.

Luego, buscó un martillo.

Destrozó la vitrina de la pared, y cortó en pedazos todos aquellos bolsos que Daniel le había regalado, que nunca habían estado a su gusto.

Metió toda esa "basura" en cajas, la arrastró al jardín, la roció con gasolina y le prendió fuego.

No quería llevarse nada de allí.

Solo quería destruir, destruirlo todo.

Las llamas, envueltas en humo negro, se elevaron hacia el cielo.

Un olor a quemado impregnó el aire.

Los vecinos asomaron la cabeza por las ventanas, pensando que había un incendio.

Laura y Clara se miraron, paralizadas por el frío que emanaba de Victoria, sin atreverse a acercarse.

Laura se escabulló al baño y llamó a Daniel. Pero tres veces, él no contestó.

Cuando Paula llegó en su auto, vio a Victoria, con solo un camisón fino, de pie en medio del jardín.

El fuego iluminaba su rostro pálido y distante.

—¿Te has vuelto loca? ¡Acabas de parir, tienes que abrigarte! ¿Y parada aquí sin abrigo?

—¿Tu esposo no se preocupa y tus sirvientas tampoco tienen ojos?

Mientras regañaba, Paula abrazó a Victoria y le tomó la maleta.

Al sentir el calor del abrazo de su amiga, la tensión en Victoria se rompió.

Su cuerpo cedió, perdiendo el conocimiento.

—Victoria... Victoria...

En su confusa mente, oía a alguien llamar su nombre.

Pero sus párpados pesaban demasiado, no podía abrirlos.

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