Laura salió corriendo de su habitación, aterrorizada: —¿Un terremoto? ¡¿Es un terremoto?! Clara, con la bebé llorando en brazos, salió descalza, sin siquiera calzarse. *** Ambas entraron a la sala y se quedaron petrificadas.Ante ellas, Victoria, siempre tan serena, destruía con furia cada objeto que una vez amó. Laura se abalanzó para detenerla. —¡Señora, pare! ¡Cálmese, por favor! Clara, meciendo a la niña que no dejaba de llorar, exclamó con voz entrecortada: —¡Señora, basta! ¡Va a asustar a la niña! Al escuchar el llanto desgarrador de su hija, a Victoria se le fueron las fuerzas por completo. Dejó el jarrón que tenía en la mano, se acercó y estrechó a la pequeña contra su pecho. La bebé tenía la carita enrojecida, sus manitas apretadas en pequeños puños. Clara se acercó, estaba urgente: —Seguro que tiene hambre. —Preparé el biberón pero no lo quiere, ¡debe ser que solo quiere teta! —Señora, ¡dele de comer! Casi sin pensarlo, Victoria se disponía a subi
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