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Capítulo 3

Author: Linda Selva
Victoria condujo a toda velocidad de regreso a su casa, la Residencia Caoba.

Al abrir la puerta, la empleada Laura y la niñera Clara, a quien Victoria había contratado, estaban jugueteando con la bebé.

Al ver su rostro pálido como la cera, ambas se alarmaron:

—Señora, ¿qué le pasa?

Victoria forzó una sonrisa tenue.

—Nada.

—Tengo hambre, ¿podrían prepararme unos espaguetis?

Tomó a la niña de los brazos de Clara.

La mezcla de emociones que la embargaban se calmó al ver la carita rosada de su hija.

Le dio un beso en la mejilla e indicó a Clara que la llevara a la habitación a dormir.

Laura trajo los espaguetis.

Victoria apenas había tomado el primer bocado, cuando su correo de trabajo se llenó de notificaciones.

Varias fotografías.

La furia que apenas había logrado contener estalló de inmediato.

Las fotos llegaban de un remitente anónimo.

Todas mostraban a Lara, desde el embarazo hasta el parto, con Daniel a su lado.

Las imágenes eran nítidas.

Los dos aparecían juntos, en actitud cariñosa, en parques, hospitales, restaurantes...

Victoria las revisó una por una.

Sus dedos se entumecieron, todo su cuerpo temblaba de rabia.

El instigador, sin embargo, pareció considerar que esto no era suficiente.

Sonó su celular.

—¿Ya viste las fotos?

—Eres una basura grosera.

—Mientras tú, embarazada, te matabas trabajando, tu esposo no se separaba de mí.

—¿Sabes lo bien que me trataba?

—Si se me hinchaban los pies, me los masajeaba.

—Temía que me salieran estrías, así que, desde el tercer mes, él mismo me aplicaba la crema, hasta el parto.

—Sabía que esa medalla era una herencia familiar tuya.

—Por eso quise que se la diera a mi hijo.

—Y, ¿sabes? No dudó ni un segundo.

—Así de poco le importas.

—¿Ya te diste cuenta? ¿Por fin aceptas divorciarte?

—Deberías haberlo hecho hace mucho.

—Una mujer sin ningún atractivo, que solo sabe trabajar no merece a un hombre como él.

La voz al otro lado era masculina, clara y alegre, pero cada palabra era un dardo envenenado.

Victoria lo entendió al instante.

Lara usaba un modificador de voz por miedo a que ella grabara.

Las fotos también estaban tomadas desde ángulos ajenos.

El objetivo era provocarla, sin implicarse directamente.

Tras el desafío, colgaron sin darle tiempo a responder.

La cabeza de Victoria zumbaba.

Un dolor punzante atravesó de nuevo su pecho.

Tan intenso que palideció aún más, con gotas de sudor frío en la frente.

Ella ya sabía de la existencia de Lara.

Era la hija adoptiva que la tía de Daniel había traído del orfanato, crecieron juntos.

Pero Lara se había casado con la familia Suárez de Ciudad Haye cinco años atrás, antes de que Victoria y Daniel se casaran, y se había ido a vivir al extranjero con Hugo.

Nunca había habido cruce entre ellas.

Daniel casi nunca la mencionaba.

Era la primera vez que recibía una provocación tan descarada.

La malicia en sus palabras era tal, como si Victoria le hubiera robado el amor de su vida.

Pero ¿no era prima de Daniel?

¿Y no estaba casada con Hugo, con un hijo?

¿Por qué de pronto aparecía ligada a Daniel?

¿Qué era lo que había hecho que, durante más de un año, Daniel ocultara todo, viajara al extranjero una y otra vez para estar con ella?

Ira y sospecha se alternaban en su pecho.

En ese momento, se oyó girar la llave en la puerta.

Era Daniel, de regreso.

Al ver a Victoria comiendo en la mesa, se acercó y se sentó frente a ella.

Su rostro estaba serio.

Sacó su paquete de cigarrillos, ofreciéndole uno.

—¿Quieres?

Victoria lo miró fijamente.

No dijo nada ni se movió.

Él ya había olvidado que ella, por la bebé, había dejado de fumar.

Llevaba dos años sin tocar un cigarrillo, desde que decidieron intentar tener un bebé.

El hombre encendió el suyo.

Estiró sus largas piernas bajo la mesa, dando un leve golpe con la punta del pie en la rodilla de ella.

—¿Era necesario?

—¿Por qué, después de tener un bebé, te has vuelto tan mezquina, tan irracional?

—Hugo está en un proyecto confidencial, no puede volver.

—Lara es débil y miedosa, creció en mi casa.

—Hugo es mi mejor amigo, no tuve más opción que cuidar de ella.

—No te lo dije por miedo a que te pusieras celosa, mira ya, al final...

Al ver que Victoria no respondía, extendió el brazo sobre la mesa y le acarició la cabeza.

—Antes no eras así, Victoria.

—No te vuelvas como esas mujeres sin cerebro, que creen que por tener un bebé ya pueden manipular a su esposo.

Daniel, acostumbrado a estar en una posición de autoridad, siempre hablaba desde cierta superioridad.

Antes, Victoria lo admiraba, lo respetaba, y nunca le había parecido mal.

Pero hoy, cada palabra le sonaba como un aguijón.

No pudo contener la furia.

Golpeó el tenedor con fuerza contra la mesa.

—Daniel, ¿lo que acabas de decir son palabras de un ser humano?

Al ver su reacción, el rostro de Daniel se ensombreció de inmediato.

—Estoy hablando contigo con paciencia, Victoria.

—Lo de la bofetada en público, ni siquiera te lo he reprochado.

Se levantó.

Su pecho se elevaba con fuerza, la ira también a punto de desbordarse.

Victoria soltó una risa fría.

—Nos divorciamos, Daniel.

—Ahora, al verte, solo siento asco, nada más que asco.

—¡Victoria! —rugió Daniel, perdiendo por fin los estribos.

—Ahora, recién nacida nuestra hija, ¿quieres divorciarte?

—¿Cuándo te volviste como esas mujeres mediocres, que usan el divorcio como amenaza?

Victoria lo miró.

Sus ojos eran dos trozos de hielo.

—¿Ah sí? Pues sí sabes que acabo de tener una hija.

—Pensé que solo te acordabas del hijo ajeno.

—¡Que ya habías olvidado a tu propia hija!

Daniel pareció sobresaltarse, como si solo entonces recordara que tenía una hija.

Miró a su alrededor, buscándola.

Al ver su expresión tardía, Victoria soltó una carcajada amarga.

—No la busques.

—Desde el embarazo, hasta el parto, hasta que cumplió un mes nunca te importó.

—Sigue actuando como si no existiera.

—De ahora en adelante, es hija mía solamente, no tiene nada que ver contigo.

—Después del divorcio, preocúpate por el hijo de quien quieras.

—Pero a mi hija, tú, Daniel Fernández, no te acercas.

—¡Ni para tocarle un pelo!

Recordó las náuseas de los primeros tres meses.

El miedo de cada chequeo prenatal, sola, escuchando los posibles riesgos que el doctor mencionaba.

Las piernas tan hinchadas al final que le dolía caminar, los calambres nocturnos que la hacían llorar.

Las estrías en su vientre, por el cansancio y el trabajo, que no tuvo tiempo de prevenir.

La desesperación y soledad en el quirófano, gritando sola.

La hemorragia posparto, que casi le cuesta la vida.

La congestión mamaria, el insomnio de cada noche...

En ese momento, su corazón se hundió en la desesperanza más absoluta.

Lo que la había sostenido era su admiración genuina por este hombre, y su propio carácter fuerte.

Pero ahora, la imagen que tenía de él se había derrumbado por completo.

Entonces, este matrimonio de cinco años, callado y humillante, este amor por el que había llorado de rodillas ante su madre ya no tenía razón de ser.

Se divorciaría.

Se llevaría a su hija.

Borraría a este hombre de su mundo para siempre.

Victoria se puso de pie.

Su mirada hacia Daniel era gélida.

Con una sonrisa fría, arrojó el plato de espaguetis al suelo.

—Deja de intentar manipularme, nunca fui una mujer especial.

—Soy común y corriente, y hasta grosera.

—Pero tengo un mínimo de principios y de dignidad.

—Algo que a ti te falta.

Con gesto desafiante, levantó el dedo corazón hacia Daniel.

Su mirada era afilada, despiadada.

—Daniel, esto se terminó.

Dicho esto, una serie de estruendos llenó la sala.

Volcó la mesa, arrancó de la pared la foto de su boda, derribó la vitrina del salón.

Los adornos que con tanto esfuerzo había reunido, que según la tradición traían suerte al hogar, se hicieron añicos contra el suelo.

Daniel pasó de la furia inicial a un aturdimiento total.

En ese instante, de golpe, recordó.

Victoria siempre había sido así, una mujer de carácter fuerte, apasionada.

La mujer de la que se había enamorado al principio.

Pero hacía mucho, mucho tiempo que no la veía estallar con tanta fuerza.

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