INICIAR SESIÓNHola :D ya le damos con todo hoy
POV Dante FerrariNicole jalaba mi mano con ternura. La sujetaba con firmeza, pero con suavidad, como si quisiera dejarme claro que todo estaba bien. En su otra mano llevaba su conejo, el mismo que Louisa le había tejido desde pequeña. En mi otra mano llevaba a mis dos polluelos. Ese día me tocaba llevarlos a la escuela y, aunque ya llevaban un par de meses desde que habían entrado, yo seguía sintiendo nervios.Mis niños pequeños… ya tenían cinco años. ¿Cómo el tiempo voló tan rápido?No me di cuenta de que el tiempo avanzaba hasta que vi que ya hablaban, caminaban, pensaban… Tal vez fue cuando nuestro pequeño perro, Oreo, dejó de ser un cachorro. A pesar de los cambios que nuestros cuerpos habían sufrido, seguía enamorado de mi esposa como si fuese el primer día de nuestra relación.Caminaba con los pequeños hacia la escuela cuando los vi a la distancia. La pequeña llevaba un enorme lazo rojo y un diminuto diamante que, muy seguramente, pertenecía a alguna colección exclusiva. Torcí
El sonido de la risa de unos pequeños corriendo era suficiente para alegrar nuestras vidas. El viento veraniego acariciaba mi rostro. A pesar de que era el mismo parque, la sensación de una nueva experiencia nos invadía. Los pájaros volaban, el olor de la rica comida que habíamos traído rugía en nuestros estómagos. Todo parecía mágico.Había pasado un año…Un año que para muchos era nada, pero para nosotros lo era todo. Dante, ese hombre que era tan milimétrico como un reloj ruso, aprendió que debía ser más flexible muchas veces. Entre algunas fiebres que tuvieron nuestros pequeños y las pocas horas de sueño, aprendió que, si debía faltar al trabajo uno o dos días, se hacía. Ya nos habíamos acostumbrado, y nuestros pequeños tornados ya dormían la noche completa.En mi caso, había cambiado mucho en solo un año. Continuaba la universidad de manera remota para tener más tiempo para nuestros hijos. A pesar de que Nickolas me ofreció volver a su compañía, ya había decidido que fundaría la m
El hermoso sol de la isla Egadi acariciaba mi piel suavemente. El olor salino de la playa era atrayente. El color turquesa del mar, encantador. Todo era hermoso. Nos encontrábamos en una de las áreas más privadas de la pequeña isla, descansando en una casa que alquilamos. A pesar de que Dante quería llevarme a tantos lugares, decidimos no hacerlo por recomendación médica, ya que pronto entraría al octavo mes. Nuestro plan era sencillo: disfrutar una semana más, volver a Italia para el octavo mes y pasarlo en paz mientras la llegada de nuestro bebé se acercaba. Me encontraba en una hamaca, mirando a la distancia cómo Dante se acercaba con una bandeja de frutas. Caminaba descalzo; el sol había oscurecido un poco su piel, pero se veía aún más atractivo. Al llegar donde estaba, se sentó en un pequeño espacio para pasarme una fruta, pero negué suavemente con la cabeza. —Gracias, pero no tengo hambre —acariciaba con suavidad mi vientre—. No me he sentido bien. Los ojos claros de Dante
El calor veraniego se filtraba a través de la sala donde esperaba. A mi lado, mi madre Celia se acercaba con un abanico para abanicarme un poco. Su sonrisa, radiante, era la de una madre demasiado feliz. Ella había viajado desde Nueva York tras la noticia y, gracias a Dante, incluso le propuso mudarse a Italia con nosotros, a una casa propia. Aún estaba buscando hogar, pero se le notaba contenta. Saludable. Una mujer que estuvo tantos años peleando contra el cáncer ahora estaba viviendo su mejor vida.—Louisa, mi niña, te ves tan hermosa.—Mamá, ¿eso crees?—Pero claro, mírate.Miraba mi reflejo en el espejo con mi vestido de novia, sonriendo. A pesar de tener casi siete meses, mi vientre ocupaba tanto de mi pequeño cuerpo que me aterraba que explotara. Habíamos decidido seguir con todos los preparativos de la boda, por lo que tuve que cambiarme de vestido casi cada dos semanas. Aún no entendía cómo mi bebé podía crecer tanto. Acariciaba mi vientre con ternura. ¿Qué tendría? Aún no lo
POV Dante FerrariPara muchos, cuatro meses no eran mucho. ¿Para mí? Era toda una vida. La dinámica de mi vida había cambiado de una manera tan exponencial que muchos pensarían que ya no era Dante Ferrari. El hombre que se quedaba hasta las diez de la noche trabajando… ahora llegaba religiosamente a las seis, a más tardar, a su hogar. Cambiar contratos y documentos los fines de semana… por los partidos de mi hijo y las salidas familiares que yo, de manera devota, cumplía como si fuese parte de mi ADN. Había cambiado mis noches de lectura de contratos por lecturas de cuentos para Edward.Poco a poco, un hombre como yo, que jamás pensé que querría ser padre… me había enamorado de la experiencia de tener a mi hijo a mi lado. Además, había encontrado una fascinación inexplicable en ver el vientre de Louisa crecer. Era gracioso que, sin quererlo, en varias de mis reuniones importantes terminara hablando de mi futura esposa y de mi hijo como si fuesen parte del negocio… al punto de que, a
Dicen que el tiempo podía curar las heridas. ¿Era eso cierto? Había pasado un mes desde el incidente en la casa de Dante, donde el dolor y el miedo aún seguían pegados a mis pupilas.Había terminado de dar mi declaración. El juez asintió con calma, pidiendo que regresara a mi lugar. Me levanté, sintiendo el frío silencio de la sala. Estábamos en un juzgado en contra de Isabella. Ella, frente a mí. Su rostro decaído. Era lógico: aún no había procesado cómo sería su vida de ahora en adelante.Isabella ahora estaba atada al mismo castigo que estuvo Dante… paralítica. ¿La diferencia? Lo de ella sería permanente. Los disparos que William le había dado dañaron de manera irreversible su médula espinal. Los médicos le explicaron a Dante que habían destrozado los nervios de movimiento. No había manera médica de reconstruir nada… y que era un milagro que estuviera viva.Su cuerpo se había convertido en una prisión donde solo podía mover su cabeza, hablar, pensar; no tenía más movilidad. No podía







