LOGINEl matrimonio debía ser su salvación… hasta que se convirtió en su condena. Atenea Rossi siempre supo que, para su familia, ella no era más que una pieza dentro de un imperio construido sobre poder, dinero y secretos. Pero el día de su boda, todo se derrumba: minutos antes de llegar al altar, descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Humillada y obligada por su padre a casarse para proteger el apellido Rossi, Atenea huye de la ceremonia y encuentra refugio en la última persona que debería desear acercarse a ella: el padre Lucio. Frío, disciplinado y peligrosamente irresistible, Lucio oculta una verdad que podría destruir a una de las familias más poderosas de la ciudad. Porque detrás de la sotana no solo hay un sacerdote… sino un hombre dispuesto a hacer justicia por el asesinato de sus padres, un crimen que los Rossi enterraron hace años entre corrupción y sangre. Para Lucio, Atenea podría ser la llave para derribar el imperio que juró destruir. Para Atenea, él representa lo único capaz de incendiar las ruinas de la mujer que alguna vez fue. Atrapados entre secretos, deseo y traiciones, ambos iniciarán una alianza tan peligrosa como prohibida. Pero mientras la verdad comienza a salir a la luz, la tentación entre ellos amenaza con consumirlos por completo. Porque hay pecados que ni siquiera Dios puede perdonar.
View More##Lucio##Atenea permaneció inmóvil junto al ventanal. A pesar de la firmeza con la que había pronunciado sus últimas palabras, la firmeza de una mujer dispuesta a arder con tal de hacer justicia, pude ver la grieta. La sombra de su madre no solo la impulsaba; la consumía por dentro.Sentí una punzada extraña en el pecho, un impulso impropio de mi hábito que me exigió sacarla de esa penumbra.—Atenea —llamé con suavidad, dando un paso hacia ella—. Hablar de esto te ha dejado un sabor amargo. Se nota en tus ojos.Ella parpadeó rápidamente, como si intentara recomponer la armadura que se le había agrietado por un instante, y me miró intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus labios.—Estoy bien, Lucio. Es solo... el cansancio.—No, no lo estás —repliqué con firmeza serena—. Y no tiene sentido que te quedes encerrada en esta oficina rumiando fantasmas. Dijiste que querías ver a los niños del hogar. La tarde aún no termina. Acompáñame ahora. Ver la inocencia de esos pequeños te har
##Atenea##El silencio en mi oficina de la Corporación Rossi no era un vacío pacífico; era una pared invisible que se levantaba entre Lucio y yo, densa y cargada de intenciones no dichas. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse al otro lado del ventanal, tiñendo el cristal de tonos azulados y plateados. Lucio estaba de pie, cerca del escritorio, con esa postura erguida que parecía su única defensa contra el mundo exterior. Su presencia en mi espacio de trabajo seguía resultándome contradictoria: un hombre de fe rodeado por el frío cristal de la ambición empresarial.—Aprecio que hayas venido —comencé, rompiendo el hielo mientras caminaba hacia el mueble de bar para servirme un vaso de agua. Mis manos estaban firmes, pero mi mente operaba a marchas forzadas—. Creo que va siendo hora de que hablemos con sinceridad, Lucio. Sin evasivas ni sermones.Él me observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos oscuros parecían intentar descifrar qué había detrás de mi voz tranquila.—L
##Lucio##En el despacho del padre Tomás siempre olía a madera vieja, cera de velas consumidas y a ese incienso denso que se me pegaba en la garganta y me dificultaba respirar.Me quedé de pie un segundo, ajustándome el abrigo antes de sentarme frente a él. Tenía las manos frías, heladas por el viento que se filtraba por las rendijas de los ventanales de la parroquia, pero mi mente estaba trabajando a mil por hora. Había aceptado esa reunión porque necesitaba respuestas claras, pero con cada minuto que pasaba en esa habitación, con cada segundo que el reloj de pared marcaba con un eco metálico y seco, sentía que solo estaba juntando más preguntas, más dudas y una red de desconfianza que comenzaba a asfixiarme.—¿Por qué me pidió que trabaje junto a la corporación Rossi? —solté sin rodeos, mirando fijamente sus ojos cansados, ocultos tras esos lentes de marco grueso que le daban un aire distante y desapegado de las miserias humanas.El padre se acomodó en su sillón de cuero desgastado.
Habían sido demasiadas emociones para una sola noche. Con Regina decidimos alejarnos del salón en busca de un poco de aire fresco. Apenas doblamos la esquina hacia una de las terrazas privadas, lejos del alcance de los faroles principales y del murmullo de la gente, mi amiga no pudo contenerse más y soltó una carcajada que rompió por completo el silencio de la noche.—¡Es que sencillamente no puedo con esto, Atenea! —exclamó, llevándose una mano al abdomen mientras intentaba recuperar el aliento—. ¡El destino tiene un sentido del humor absolutamente perverso! Te juro que, si alguien estuviera escribiendo esta historia, diría que se está burlando en tu propia cara. «Me voy a alejar del padre Lucio, Regina. Es lo correcto». Y al segundo siguiente: ¡bum!, nombrados directores del mismo comité, obligados a verse las caras todo el tiempo.Al principio intenté mantener la compostura, cruzando los brazos sobre el pecho con expresión severa, pero la absurdidad de la situación terminó por romp












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