MasukEmpujé la puerta de madera del patio, esperando que el aire fresco de la tarde me devolviera la cordura. Pero el alivio duró apenas un segundo. Al final del callejón que bordeaba la parroquia, una silueta inconfundible se recortaba contra la luz de los faroles que empezaban a encenderse. Era mi padre. Estaba de espaldas, hablando por teléfono con gestos violentos, pero su postura irradiaba una furia que podía olerse desde la distancia.
Me quedé helada. El patio no era una salida; era una ratonera.
Cerré la puerta de golpe, apoyando la espalda contra la madera vieja, con el corazón martilleando contra mis costillas. No podía salir. Si ponía un pie fuera de estos muros, me arrastrarían de vuelta al altar o a algo mucho peor.
Me giré y me encontré con la mirada gélida del padre Lucio. Seguía allí, en el mismo lugar, como si fuera una estatua más. Sus ojos oscuros recorrieron mi figura temblorosa, deteniéndose en el abrecartas que aún apretaba en mi mano.
—El mundo exterior no parece tan acogedor ahora, ¿verdad, Atenea? —dijo con esa voz suya, profunda y carente de emoción.
—Está afuera —susurré, dando un paso hacia él, buscando inconscientemente su sombra—. Mi padre está en el callejón. Si salgo, me verá. Por favor... necesito quedarme aquí. Solo por esta noche.
Lucio arqueó una ceja. Su rostro recuperó esa distancia profesional, esa máscara de mármol que los años de seminario debieron grabarle a fuego.
—No —respondió con una sequedad que me dolió—. Te dije que te fueras. La Iglesia ofrece refugio espiritual, Atenea, pero esto no es un hotel. Lo que pides es imposible.
—Es asilo —insistí, acercándome más, ignorando la barrera invisible que él intentaba levantar—. El derecho de asilo es algo sagrado, ¿no? Usted mismo dijo que no quería ser cómplice de una mentira.
—Una cosa es no denunciarte y otra muy distinta es ocultarte bajo mi techo —su mandíbula se tensó, y por un momento, vi un destello de irritación en sus ojos—. No soy un ingenuo. Sé quién es tu padre y sé quiénes son los Lombardi. Traer sus problemas dentro de esta parroquia no solo es imprudente, es peligroso. Nadie lo aprobaría. Si el obispado se entera de que escondo a la novia fugitiva de la familia más poderosa en mis dependencias...
—Nadie tiene por qué saberlo —le corté, mi voz subiendo de tono por la desesperación—. Solo será hasta que amanezca. En cuanto la prensa y mi padre se retiren, me iré. Se lo juro.
Lucio dio un paso hacia mí, acortando la distancia de una manera que me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Tus promesas no valen nada en este momento, Atenea —murmuró, y vi cómo sus ojos descendían apenas un milímetro hacia mis labios antes de volver a clavarse en los míos—. Eres un incendio andante. Y yo no tengo ningún interés en quemarme por ti. Vete por la puerta trasera del jardín, hay una salida que da a la calle lateral...
—¿Y si me atrapan? —le pregunté, mi mano rozando accidentalmente la tela negra de su manga. Sentí una chispa eléctrica, un calor súbito que me hizo retirar los dedos como si me hubiera quemado—. Si me atrapan, Julián me obligará a casarme con él esta misma noche. ¿Es eso lo que quiere? ¿Bendecir esa unión aunque sea una condena?
Se hizo un silencio sepulcral. Lucio no se movió, pero su respiración se volvió un poco más pesada. Podía ver la lucha interna en él. La rigidez de sus hombros decía más que cualquier sermón. Yo era exactamente el tipo de problema que un hombre como él llevaba años intentando evitar.
—Eres una manipuladora —dijo finalmente, aunque su voz no sonaba enfadada, sino extrañamente resignada.
—Soy una mujer que intenta no morir por dentro —respondí con firmeza.
Él suspiró, un sonido que salió de lo más profundo de su pecho. Se frotó las sienes con una mano, cerrando los ojos un segundo, como si estuviera pidiendo paciencia a un dios que, en ese cuarto, parecía estar muy lejos.
—Hay una habitación pequeña en el piso superior de la casa parroquial —dijo sin mirarme, su voz recuperando esa frialdad disciplinada—. Está detrás de la biblioteca. Es húmeda, incómoda y no tiene cerradura.
Sentí que el alma me volvía al cuerpo.
—Gracias... padre.
—No me agradezcas —me interrumpió, volviéndose hacia la puerta del pasillo con un movimiento fluido—. Si alguien llama a la puerta, no respires. Si escuchas mi voz, no respondas. Mañana, antes de que suene la primera campana de las seis, estarás fuera de aquí. ¿Entendido?
Asentí frenéticamente, recogiendo los restos de mi vestido destrozado para no tropezar. Él empezó a caminar y yo lo seguí, manteniendo una distancia prudencial, observando la línea recta de su espalda bajo la sotana. Había ganado una batalla, pero al ver la rigidez de su cuello y la forma en que sus manos se cerraban en puños a los costados, supe que quedarme allí no era solo una cuestión de seguridad.
Subimos las escaleras de piedra en silencio. El eco de nuestros pasos era lo único que llenaba el pasillo oscuro. Al llegar a la pequeña puerta de madera detrás de la biblioteca, él se detuvo y se hizo a un lado para dejarme pasar.
—Quédate aquí —ordenó, y por primera vez, su voz vaciló apenas un segundo—. Y reza, Atenea. Rezamos los dos para que esta noche pase rápido.
Cerró la puerta sin añadir más, dejándome sola con el olor a libros viejos, el sonido de mi propio corazón y la certeza de que el asilo que acababa de conseguir tenía un precio que aún no sabía si estaba dispuesta a pagar.
##Lucio##Atenea permaneció inmóvil junto al ventanal. A pesar de la firmeza con la que había pronunciado sus últimas palabras, la firmeza de una mujer dispuesta a arder con tal de hacer justicia, pude ver la grieta. La sombra de su madre no solo la impulsaba; la consumía por dentro.Sentí una punzada extraña en el pecho, un impulso impropio de mi hábito que me exigió sacarla de esa penumbra.—Atenea —llamé con suavidad, dando un paso hacia ella—. Hablar de esto te ha dejado un sabor amargo. Se nota en tus ojos.Ella parpadeó rápidamente, como si intentara recomponer la armadura que se le había agrietado por un instante, y me miró intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus labios.—Estoy bien, Lucio. Es solo... el cansancio.—No, no lo estás —repliqué con firmeza serena—. Y no tiene sentido que te quedes encerrada en esta oficina rumiando fantasmas. Dijiste que querías ver a los niños del hogar. La tarde aún no termina. Acompáñame ahora. Ver la inocencia de esos pequeños te har
##Atenea##El silencio en mi oficina de la Corporación Rossi no era un vacío pacífico; era una pared invisible que se levantaba entre Lucio y yo, densa y cargada de intenciones no dichas. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse al otro lado del ventanal, tiñendo el cristal de tonos azulados y plateados. Lucio estaba de pie, cerca del escritorio, con esa postura erguida que parecía su única defensa contra el mundo exterior. Su presencia en mi espacio de trabajo seguía resultándome contradictoria: un hombre de fe rodeado por el frío cristal de la ambición empresarial.—Aprecio que hayas venido —comencé, rompiendo el hielo mientras caminaba hacia el mueble de bar para servirme un vaso de agua. Mis manos estaban firmes, pero mi mente operaba a marchas forzadas—. Creo que va siendo hora de que hablemos con sinceridad, Lucio. Sin evasivas ni sermones.Él me observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos oscuros parecían intentar descifrar qué había detrás de mi voz tranquila.—L
##Lucio##En el despacho del padre Tomás siempre olía a madera vieja, cera de velas consumidas y a ese incienso denso que se me pegaba en la garganta y me dificultaba respirar.Me quedé de pie un segundo, ajustándome el abrigo antes de sentarme frente a él. Tenía las manos frías, heladas por el viento que se filtraba por las rendijas de los ventanales de la parroquia, pero mi mente estaba trabajando a mil por hora. Había aceptado esa reunión porque necesitaba respuestas claras, pero con cada minuto que pasaba en esa habitación, con cada segundo que el reloj de pared marcaba con un eco metálico y seco, sentía que solo estaba juntando más preguntas, más dudas y una red de desconfianza que comenzaba a asfixiarme.—¿Por qué me pidió que trabaje junto a la corporación Rossi? —solté sin rodeos, mirando fijamente sus ojos cansados, ocultos tras esos lentes de marco grueso que le daban un aire distante y desapegado de las miserias humanas.El padre se acomodó en su sillón de cuero desgastado.
Habían sido demasiadas emociones para una sola noche. Con Regina decidimos alejarnos del salón en busca de un poco de aire fresco. Apenas doblamos la esquina hacia una de las terrazas privadas, lejos del alcance de los faroles principales y del murmullo de la gente, mi amiga no pudo contenerse más y soltó una carcajada que rompió por completo el silencio de la noche.—¡Es que sencillamente no puedo con esto, Atenea! —exclamó, llevándose una mano al abdomen mientras intentaba recuperar el aliento—. ¡El destino tiene un sentido del humor absolutamente perverso! Te juro que, si alguien estuviera escribiendo esta historia, diría que se está burlando en tu propia cara. «Me voy a alejar del padre Lucio, Regina. Es lo correcto». Y al segundo siguiente: ¡bum!, nombrados directores del mismo comité, obligados a verse las caras todo el tiempo.Al principio intenté mantener la compostura, cruzando los brazos sobre el pecho con expresión severa, pero la absurdidad de la situación terminó por romp
##Atena##Llegué nerviosa al imponente salón mientras descendía las escaleras. El murmullo de la multitud, el tintineo de las copas de cristal y la melodía suave del violín en vivo parecieron esfumarse en un instante. El salón entero retenía el aliento, pero entre todas las miradas curiosas y admiradas que se posaban sobre mí, solo había un par que realmente me importaba.Nuestros ojos se encontraron, rompiendo cualquier distancia. Allí estaba él.Lucio.Verlo con su traje sobrio, con esa postura erguida y aquella mirada cargada de una devoción contenida que podía sentirse a metros de distancia, provocó una sacudida violenta en mi pecho. Fue como si el aire me faltara por un segundo. Sentí una punzada eléctrica recorriéndome la columna, una calidez abrasadora que amenazaba con derretir la armadura de hielo que tan cuidadosamente había construido para esta noche. En su mirada no había la lujuria vulgar de los hombres de la alta sociedad; había un torbellino de admiración, asombro y una
##Lucio##En el gran salón encontraba lujo dondequiera que mirase. Las personas más adineradas de la ciudad estaban presentes en este evento, no porque les interesara colaborar con los niños de la fundación, sino porque querían destacar. Dentro, la iluminación, proveniente de majestuosas arañas de luz que colgaban del techo abovedado, bañaba el mármol y las paredes en un tono dorado y cálido. Sin embargo, para mí, todo aquel despliegue de opulencia resultaba distante, casi superficial. Mi mente estaba en otra parte, buscando una calma que parecía escabullirse a cada segundo.Caminé entre la multitud manteniendo una postura erguida, la sobriedad de mi traje contrastando con el colorido desfile de vestidos de seda y joyas ostentosas. La gala benéfica incluía una exposición artística de alto nivel, y las paredes principales albergaban decenas de lienzos firmados por artistas renombrados y talentos emergentes.Me detuve frente a una pared un poco más alejada del barullo principal. Mis ojo







