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Capítulo 4

Autor: Fernanda Paz
Por un momento pensé que el vendedor quería estafarme. Sin embargo, tiró los billetes sobre el mostrador y enseguida se juntó un grupo de curiosos. Alguien los miró a contraluz; otro frotó el papel entre los dedos. Nadie lo dudó.

—Son falsos.

Aquella noche me quedé sentada frente a la entrada del centro comercial con el fajo de billetes en las manos, sin moverme hasta que amaneció.

En cuanto la heladería abrió a la mañana siguiente, entré furiosa y tiré el dinero sobre la barra.

—¿Me pagó con billetes falsos? ¡Esto es un fraude! ¡Voy a llamar a la policía!

El dueño ni se inmutó.

—Ese dinero no es de acá. Tu mamá vino ayer a cobrar por ti y me dejó ese sobre para que te lo entregara. Dijo que era para darte una lección y que vieras que cuesta ganarse la vida.

Los oídos comenzaron a pitarme. Tomé el autobús a casa con las manos y los pies entumecidos. En cuanto crucé la puerta, miré a mamá con los ojos enrojecidos.

—¿Te quedaste con mi sueldo?

Mamá ni se inmutó. Al contrario, hasta parecía orgullosa de lo que había hecho.

—Ya viste que el dinero no cae del cielo, ¿verdad? Entiende que tu papá y yo somos los únicos con los que cuentas de verdad. Cuando tengas un problema, lo primero que tienes que hacer es venir a buscarnos. O a Callum, que para eso está.

Comencé a temblar y a llorar sin control. Hablaba como si no lo hubiera intentado antes. Pero cuando unos tipos me siguieron de camino a casa, me escondí en una tienda y los llamé muerta de miedo.

Papá solo me dijo: “¿Y por qué te persiguen? Algo habrás hecho”.

Cuando el aire acondicionado del apartamento solo echaba aire caliente y no me dejaba dormir, les rogué que lo cambiaran. Sin embargo, mamá respondió: “No seas tan quisquillosa. Si te vas a quejar por una tontería como esa, ¿cómo pretendes salir adelante?”.

La semana previa a los exámenes, tuve una fiebre de casi cuarenta grados y llamé a Gary medio aturdida. Lo único que me dijo fue: “Blythe anda de mal humor hoy. Tómate una pastilla y deja el drama”.

En otra ocasión se cortó la luz a mitad de la noche. Me quedé en un rincón y le mandé muchísimos mensajes a Callum. Tardó en contestar, pero cuando por fin lo hizo, solo dijo: “Ponle seguro a la puerta. Le estoy dando clases a Blythe, deja de escribirme”.

Cada vez que los necesité, ¿dónde se metieron? No aguanté más.

—¡Devuélveme mi dinero! —exigí—. ¡Es mi sueldo! ¡Me lo gané yo sola!

Papá se puso furioso. Se me vino encima, me agarró del brazo con fuerza y me arrastró hacia la entrada.

—¡Lo único que te interesa es el dinero! ¡No sabes hablar de otra cosa cuando vienes! ¿Tienes idea de lo que costó criarte? ¡Trescientos dólares no son nada! —Abrió la puerta de un tirón y me empujó al pasillo—. ¡Pensé que eras inteligente, pero eres una interesada! ¡Para ti todo es plata!

Me cerró la puerta en la cara. Llorando, me di media vuelta justo cuando se abrieron las puertas del ascensor. De él salieron Gary, Callum y Blythe. Ella sostenía un pequeño broche para el cabello y arrugó la nariz.

—¿Algo tan chiquito cuesta trescientos dólares?

Gary soltó una risa.

—Si a ti te gusta, lo vale. Así costara tres mil dólares no sería nada.

Callum añadió con tono suave:

—¿Tu mamá no te acaba de dar cincuenta mil? Te los dio para que los uses, gástalos sin miedo.

Me quedé parada, llorando con más amargura. Me mataba cada fin de semana y cada tarde libre pasando horas bajo el sol metida en ese disfraz. Los trescientos dólares que me costó un mes de trabajo eran lo que Blythe acababa de gastar en un simple broche para el cabello.

No quería que me vieran así, por eso bajé corriendo por las escaleras de emergencia y, para cuando llegué a la planta baja, ya había dejado de llorar.

Cuando salieron las calificaciones de los exámenes, varios padres me buscaron para pedirme que les diera clases a sus hijos. Acepté, pero con la condición de que me pagaran por transferencia. Aunque les pareció raro, dijeron que sí.

Después de aquella pelea, mis padres, Gary y Callum parecieron ponerse de acuerdo para no buscarme. Yo tampoco los busqué. Dejé de sentirme triste por eso y simplemente me dediqué a preparar mis clases, enseñar a mis alumnos y ahorrar dinero.

El día que llegó mi carta de admisión, cociné algo especial para celebrar. Luego, por primera vez en mucho tiempo, volví a sacar los cuatro muñecos y los acomodé del otro lado de la mesa.

—Digamos que esta es nuestra cena de despedida antes de irme a la universidad —murmuré—. La última que vamos a tener.

Miré sus ojos redondos cosidos con hilo y sonreí con dulzura.

—Ya no hace falta que me acompañen. De aquí en adelante sigo sola.

Después de cenar, limpié el apartamento hasta dejarlo impecable. Tomé mi maleta y salí de ese lugar donde había vivido sola durante todo un año. No elegí Kingsgate, pero tampoco Crestfield, que era donde ellos querían mandarme. Me fui mucho más al sur, a la Universidad de Halford.

Justo antes de que el tren arrancara, apareció un mensaje en el grupo familiar que llevaba semanas en silencio. Mamá había mandado una foto de la carta de aceptación de mi hermana.

«¡Aceptaron a Blythe en Kingsgate! Darcy, me imagino que ya te llegó la de Crestfield, ¿no? Tenemos que hacer una cena para celebrar juntos.»

Gary escribió enseguida:

«Ya deja la tontería. Tenemos que estar todos.»

Luego, Callum mandó:

«Yo voy a buscarte.»

Me quedé mirando los mensajes un rato. No respondí. Me salí del grupo. Al otro lado de la ventanilla, el andén empezó a deslizarse despacio hacia atrás. Apagué el teléfono y me recosté en el asiento.

Me esperaba un viaje de miles de kilómetros y no pensaba mirar atrás.

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