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Capítulo 4

Author: Hyacinth
—¿Dónde está Elena? —preguntó Mara antes de que Adrián pudiera saludarla—. Le envío mensajes desde anoche y no respondió ni uno.

La expresión de Adrián cambió.

—¿No fue a tu casa?

—No. —La mirada de mi madre se agudizó—. ¿Qué pasó?

Selena apareció en la entrada del comedor, todavía con la camisa de la Manada Blackwood. Los ojos de Mara bajaron hasta el escudo sobre su pecho.

No llamó a Selena rompe hogares. No levantó la voz. Solo miró a Adrián y le preguntó:

—¿Por qué otra loba lleva el escudo de tu familia y está sentada en el lugar de mi hija?

—Estás malinterpretando la situación. —Adrián frunció el ceño—. Selena se quedó porque Noah estaba alterado.

—Entonces, ¿dónde está Elena?

—Hizo una escena durante el espectáculo de cumpleaños y se marchó furiosa. Está escondida hasta que vaya a buscarla.

El rostro de Mara cambió.

—¿Qué espectáculo?

Selena le explicó con una voz cautelosa y dolida. Dijo que me negué a salir de la caja, luego escapé por la compuerta inferior y me fui sin avisarle a nadie.

Adrián cruzó los brazos, todavía molesto por lo ocurrido la noche anterior.

—Quiere que me preocupe. En cuanto empiece a buscarla, creerá que ganó.

Mi madre lo observó durante un largo momento.

—Mi hija jamás desaparecería toda la noche sin comprobar que Noah estuviera bien.

—No sabes cómo se comporta últimamente.

—No —respondió Mara en voz baja—. Eres tú quien no la conoce.

Unos pasos pequeños bajaron por las escaleras.

Noah entró al vestíbulo abrazando contra el pecho un viejo zorro de peluche gris.

—Abuela, ¿mami sigue enfadada?

Mara se agachó frente a él.

—¿Por qué estaría enfadada, cariño?

—No dejaba de llamar a papá desde dentro de la caja, pero él dijo que estaba fingiendo. —Frunció el ceño mientras intentaba recordar—. Luego salió mucha cosa roja. Papá dijo que era sangre falsa.

La casa quedó en silencio.

Mara se levantó muy despacio y miró a Adrián.

—¿Estaba sangrando?

Por primera vez, una verdadera incertidumbre apareció en sus ojos.

—Todo el escenario estaba cubierto de sangre falsa. Formaba parte de la ilusión.

—¿Abriste la caja para asegurarte?

No respondió.

Mi madre perdió todo el color del rostro y se volvió hacia la puerta.

—Llévame de regreso a ese teatro. Ahora.

Adrián la sujetó del brazo.

—Mara, no dejes que Elena también te manipule. Ella…

Mara se soltó y se volvió hacia él.

No había furia en su rostro.

Solo una decepción tan profunda que incluso Adrián se quedó inmóvil.

—Mi hija te dio siete años de su vida. ¿Así se lo pagas?

La mano de Adrián cayó a un costado.

Quince minutos después, varios vehículos avanzaban a toda velocidad hacia el salón.

El equipo de limpieza ya había comenzado a desmontar los escenarios de la noche anterior. Mara pasó junto a todos los trabajadores sorprendidos y fue directamente hacia la zona tras bastidores.

A diferencia de Adrián, ella no creyó que hubiera desaparecido para castigarlo.

Sabía lo que siempre llevaba conmigo cuando salía de casa.

Y sabía qué objeto jamás abandonaría.

Encontró mi teléfono detrás de una estación de maquillaje.

La batería estaba descargada.

Una mancha oscura, del color del óxido, cubría un borde de la funda.

Después vio una pulsera rota de cuero azul marino cerca del lugar donde estuvo la caja de ilusión.

Me la regaló el día en que Mooncrest me reconoció como Luna.

En el interior del cuero estaban grabadas cinco palabras:

“Nunca dejes que te silencien.”

Los dedos de Mara comenzaron a temblar.

—Ella nunca dejaría esto aquí.

Adrián miró la pulsera y algo en su expresión por fin se quebró.

Buscó en el vínculo de compañeros por instinto.

«Elena».

No recibió respuesta.

Volvió a intentarlo y envió más poder de Alfa a través del vínculo.

«Elena, respóndeme».

Del otro lado solo encontró un silencio muerto.

Incluso después de nuestras peores discusiones, incluso cuando bloqueaba mis emociones para que no pudiera sentirlas, Adrián siempre percibía el débil latido de mi existencia.

Ahora no había calor. Ni resistencia. Ni el menor rastro de mí. Su respiración se volvió irregular.

—Pudo cortar el vínculo de alguna forma. Ya amenazó con irse antes.

Habló demasiado rápido, como si decirlo con suficiente rapidez pudiera convertirlo en verdad.

Mara lo ignoró y llamó a los agentes de la manada.

—¿Adónde llevaron la caja de ilusión?

El encargado del lugar revisó el registro de desechos y palideció.

—A la planta de procesamiento industrial. Límite este.

Durante un terrible segundo, nadie se movió. Luego Adrián fue el primero en salir por la puerta.

El sol apenas asomaba sobre los árboles cuando la caravana llegó a la planta.

La trituradora hidráulica comenzaba a ponerse en marcha.

Los agentes ordenaron al supervisor cortar la energía segundos antes de que la trituradora se activara.

Encontraron la caja negra en una zona de chatarra metálica.

Estaba cerrada desde afuera.

Había sangre seca incrustada en las uniones, y el aire apestaba a acónito, humo químico e inhibidor de aroma.

Adrián se detuvo a varios pasos de distancia.

Se enfrentó a renegados, ataques fronterizos y desafíos por su título de Alfa sin vacilar.

Ahora parecía incapaz de recorrer los últimos metros que lo separaban de la caja.

Uno de los agentes se puso unos guantes y forzó el panel lateral de mantenimiento.

Mi cuerpo estaba encogido en el estrecho espacio entre los mecanismos.

La sangre empapaba la tela bajo mis costillas y alrededor de mi abdomen.

Una de las cuchillas de plata seguía atascada en su riel, atravesándome el costado.

Mis ojos continuaban abiertos.

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