เข้าสู่ระบบAl descubrir que mi compañero Alfa, Bruce, no podía superar a su excompañera, Fiona, ni a su cachorro, empecé a enseñarle a nuestro hijo que lo llamara “Alfa Bruce”. Cuando a nuestro hijo le dio fiebre, Fiona llamó y mi compañero se fue a mitad de la noche. Toqué la frente hirviente de mi pequeño y le pedí que dijera: “Adiós, Alfa”. Cuando dejó plantado a nuestro hijo en la fiesta de cumpleaños que le había prometido porque Fiona llamó llorando para decirle que su cachorro no tenía padre, no levanté ni la mirada. Me limité a pedirle al niño que les explicara a los invitados: “El Alfa tiene algo importante que hacer”. Una frase que nuestro hijo siempre pronunciaba tras dudar por un largo rato. Solo cuando Bruce comprendió lo mucho que nos había fallado, sugirió que nos tomáramos un retrato familiar. Pero ya en el estudio, Fiona volvió a llamar entre sollozos. —Bruce, ¿puedes venir a hacerte pasar por el papá de Tony, por favor? En la guardería los niños se burlan de él porque no tiene papá... Bruce dejó ver un asomo de culpa. Ya iba a arrodillarse para explicárselo a nuestro hijo. Pero esta vez el pequeño no necesitó mi seña. Se limitó a despedirse con la mano. —Está bien, Alfa Bruce. Vete con tu otro cachorro. Con mamá y conmigo basta para la foto familiar.
ดูเพิ่มเติมAntes, éramos mi hijo y yo los que corríamos detrás de él suplicando saber cuándo volvería a casa, si podía pasar tiempo con el niño o si siquiera nos quería; ahora, la situación se había invertido por completo.Ya no teníamos motivos para mirar atrás.Durante las vacaciones nos íbamos de viaje; fuimos a admirar auroras boreales en las llanuras del norte y también a surfear en la playa, demostrando que vivíamos con total plenitud.Bruce siempre averiguaba nuestro itinerario y nos seguía desde lejos.Se sentaba al otro extremo de la terminal del aeropuerto o unas mesas más allá durante el desayuno. Cuando Leo esquiaba, Bruce iba detrás de él, aterrado ante la idea de que su hijo se cayera.En una ocasión en que el pequeño tropezó y cayó al suelo, Bruce reaccionó al instante, acortando la distancia para auxiliarlo. Pero Leo ya estaba de pie, sacudiéndose la nieve.—No necesito ayuda, Alfa.Bruce se quedó con la mano extendida en el aire.—Claro —dijo en voz baja—. Lo haces muy bien, Leo.
Durante todos nuestros años juntos, él siempre había sido un Alfa orgulloso y sereno. Nunca lo había visto tan destrozado y desesperado. Pero no sentí compasión. Solo me pareció patético.—¿Apenas ahora te acuerdas de Leo?Bruce intentó hablar, pero no le salió ni una palabra. Escuché unos pasos ligeros detrás de mí. Leo estaba ahí, abrazado a su pequeño dinosaurio.Con expresión indescifrable, miró a su padre, quien continuaba de rodillas frente a la puerta. Bruce estiró la mano hacia él, como un náufrago desesperado que busca aferrarse a un salvavidas.—Leo, papi está aquí. ¿Me ayudas a convencer a tu mamá? Por favor. No quiero perderla.Bruce pensó que el niño se ablandaría. Después de todo, Leo siempre había andado pegado a él. Cada vez que llegaba a casa, el pequeño corría a abrazarle las piernas canturreando “papi, papi”, pero esta vez dio un paso atrás y se escondió detrás de mí.—Alfa, deberías ir con tu otro cachorro —dijo entonces con calma—. Déjanos en paz a mi mamá y a mí.
Esas palabras se le clavaron en el pecho a Bruce, manteniéndolo inmóvil con la mirada fija en la pantalla, mientras Fiona no dejaba de reírse con total descaro a su lado.—Ah, ¿no lo sabías? Bruce, das pena. Tu propia Luna y tu heredero te rechazaron, y tú sigues aquí jugando al papá de un cachorro ajeno.Bruce se dio vuelta de golpe y salió.—¿Adónde vas? —le gritó Fiona.No miró atrás. Fiona chilló:—¿Crees que te va a perdonar si vas tras ella ahora? ¡Ya terminó contigo!Bruce vaciló un segundo y aceleró el paso. Furiosa, Fiona agarró un vaso de agua de la mesita de noche y lo lanzó. El vaso se hizo añicos contra el marco de la puerta.Justo entonces, Tony empezó a convulsionar. Se le amorató la cara y jadeaba de forma espantosa.—¡El paciente tiene edema laríngeo! —gritó un enfermero—. ¡Traigan a un sanador, ya! ¡Reanímenlo!A Fiona le fallaron las piernas y se desplomó. Bruce manejó hacia el aeropuerto mientras ordenaba a sus hombres que le consiguieran un vuelo. Tenía que llegar
Bruce se levantó de un salto. Aunque en ese momento odiaba a Fiona, pensar que un cachorro estaba en peligro lo hizo salir corriendo.Frente a la sala de emergencias, Fiona iba y venía.Tony estaba cubierto de ronchas rojizas que se extendían por su rostro hinchado, revelando unos labios pálidos mientras mantenía una aguja de suero sujeta con cinta médica al dorso de la mano. Sin dejar de rascarse el cuello con desesperación, recibió un antídoto de manos de un enfermero que apenas terminaba de asistirlo.Bruce estaba a punto de empujar la puerta cuando escuchó la voz débil de Tony desde adentro.—Mami, me comí el veneno de lobo como me dijiste. ¿El Alfa va a venir a verme?Bruce se quedó paralizado, con la mano en la manija. Fiona bajó la voz, pero sonrió con triunfo.—Claro que vendrá. Él es un títere; con que llores un poquito y pongas carita tierna, llegará corriendo.Tony resolló.—Pero me duele. Mami, ¿me voy a morir?Fiona torció el gesto, fastidiada.—No digas estupideces. Es so






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