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Capítulo 3

Author: Hyacinth
Era casi medianoche cuando terminó la celebración.

Adrián regresó a la casa de la manada con Noah y Selena. En cuanto cruzó la puerta principal, llamó hacia el vestíbulo silencioso:

—Elena, sal. Tenemos que hablar.

Solo escuchó el eco de su propia voz.

Volvió a llamarme y después una tercera vez. Con cada intento sin respuesta, fruncía más el ceño. Noah se quedó cerca de las escaleras.

—¿Mami sigue enfadada?

—Probablemente fue a casa de su madre —dijo Selena en voz baja—. Es mi culpa. Debe pensar que pasaste toda la noche defendiéndome.

Adrián sacó el teléfono y me llamó.

Mi teléfono no sonó dentro de la casa. Seguía tirado en un rincón oscuro detrás del escenario, con la funda manchada de mi sangre.

Nadie respondió la llamada.

La preocupación apareció en el rostro de Adrián, pero solo duró unos segundos antes de que la irritación habitual la reemplazara.

—Ya hizo esto antes —dijo—. Desaparece y espera que vaya corriendo detrás de ella.

Selena lo observó.

—Quizás deberías hacerlo.

—No. —Adrián guardó el teléfono—. Si cree que marcharse me obligará a ponerme de su lado, esta vez puede regresar por su cuenta.

Llamó al mayordomo de la casa.

—Lleva las pertenencias de Elena a la habitación de invitados del ala este. Cierra con llave su habitación en el piso del Alfa por ahora y retira la placa de Luna de su lugar en la mesa del Consejo.

El mayordomo lo miró fijamente.

—Alfa, ¿está seguro?

—Quiere espacio. Dáselo.

Desde la escalera, observé al personal entrar en la habitación que Adrián y yo compartimos durante siete años.

Sacaron mis vestidos del armario y los guardaron en fundas. Mi peine de plata, el difusor de ámbar del baño, la lámpara de cristal azul que elegí para mi mesita de noche... todo lo familiar fue trasladado al ala este.

No tiraron nada.

Aun así, cada objeto que salía de la habitación principal transmitía el mismo mensaje silencioso: una Luna podía ser apartada y el lugar de compañera podía quedar disponible para otra.

Por último, el mayordomo desatornilló de la puerta de la habitación la placa de madera con mi nombre.

Adrián observó desde el final del pasillo sin cambiar de opinión. Creía que todo esto era una forma de medir fuerzas entre nosotros.

No sabía que no necesitaba echarme de nuestra habitación porque yo nunca volvería a casa.

Noah se negó a dejar que Selena se marchara. La abrazó de la pierna con ambos brazos y confesó que tenía miedo de que mami siguiera enfadada y nunca regresara.

Adrián le dio a Selena la habitación de invitados del segundo piso.

A la mañana siguiente, ella apareció en el desayuno con una camisa negra que le habían prestado, bordada con el escudo de los Blackwood. Después se sentó en la silla reservada para la Luna en la mesa del Alfa y se llevó mi taza de cerámica a los labios.

Adrián la vio.

Su mirada se detuvo primero en la taza y luego en el escudo bordado que colgaba holgado sobre sus hombros.

Por un momento, esperé que le pidiera que se cambiara de lugar.

Aquella silla había pertenecido a cada Luna de Mooncrest durante generaciones. Incluso después de nuestras peores discusiones, nunca permitió que otra loba se sentara allí.

Esta vez no dijo nada.

Sonó el timbre.

Una expresión de convicción cruzó el rostro de Adrián.

—Por fin decidió volver.

Se dirigió a la puerta como si ya tuviera preparada la disculpa que esperaba escuchar de mí.

Pero yo no estaba al otro lado.

Era mi madre.

Mara Hart sostenía un recipiente con panecillos de naranja y arándanos rojos recién horneados. La nieve cubría ligeramente los hombros de su abrigo y la preocupación marcaba cada rasgo de su rostro.

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