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Capítulo 3

Autor: Gatoburbuja
Levanté la vista. Junto a Julián, en la entrada, había una joven que parecía una flor delicada.

Era Camila. Nos miró, parpadeando.

—Julián me invitó a comer. Espero que no les moleste, señora.

Julián respondió por mí antes de que pudiera abrir la boca.

—Solo es un plato más. Ella no tiene problema.

Y sin siquiera mirarme, la guio hacia la sala.

Ya ni sabía si me ignoraba como siempre, o si seguía enfadado por mi actitud de la noche anterior.

Lucía los siguió, correteando. Tomó una partitura y se paró junto al sofá, mirando a su padre con los ojos llenos de expectación.

—Papá, aprendí una nueva pieza de piano. ¿Puedo tocártela?

Julián le acarició la cabeza, complacido.

—Claro.

Lucía, feliz, colocó la partitura. Camila se acercó.

—¡Oh, esa pieza! Yo también la aprendí. ¿Qué tal si la tocamos juntas para tu papá, pequeña?

Lucía frunció el ceño, pero antes de que pudiera negarse, Camila, entusiasmada, se sentó en el taburete del piano, desplazando a Lucía con un empujón.

En ese momento, al incorporarse, Camila golpeó sin querer un jarrón de la mesa con el codo. Los trozos de porcelana salieron volando por todas partes.

Lucía retrocedió instintivamente, pero un fragmento en el suelo le hizo un corte en el pie.

Julián, también por instinto, protegió a Camila, poniendo su cuerpo delante del suyo. Al interponerse, arrastró las partituras del piano, que cayeron esparcidas por el suelo.

Camila miró a Julián y las lágrimas brotaron de inmediato.

—Julián...

Él la tomó del brazo y comenzó a consolarla en voz baja.

Yo, al escuchar el estruendo del jarrón, salí corriendo de la cocina.

—¡Lucía! ¿Estás bien?

Me agaché. Tenía un corte en el pie que sangraba.

—Estás sangrando. Vamos a curarte eso.

—No hace falta, mamá. No me duele. Es solo un corte chiquito.

Lucía esbozó una sonrisa de obediencia y coraje. Después, se agachó a rescatar su pincel preferido de entre el desorden de las partituras.

Aquel pincel se lo había traído Julián de un viaje, y Lucía lo cuidaba como su tesoro más preciado, usándolo para cada uno de sus dibujos.

Ahora, el pincel estaba empapado por el agua del jarrón, y el mango tenía varios arañazos hechos por los fragmentos.

De pronto, las lágrimas de Lucía comenzaron a caer, goteando sobre el pincel.

—Papá me regaló este pincel. Dijo que dibujo muy bien, que con él pintaría cosas hermosas... y ahora... parece que se rompió...

Como era un regalo de Julián, mi hija lo cuidaba con especial esmero, usándolo con sumo cuidado. Que ahora su propio padre y Camila lo hubieran arruinado sin querer... para ella, era como si algo muy importante en su corazón se hubiera hecho añicos.

Sus lágrimas me quemaron el alma, dejándome sin aliento.

La abracé con fuerza.

—No pasa nada. Encontraré la manera de arreglarlo. Cuando lo arregle, funcionará tan bien como antes.

En ese momento, Julián y Camila se acercaron.

Al vernos, Camila dijo con tono de disculpa:

—Ay, ¡cuánto lo siento! Fue un accidente... ¿Lucía está bien?

Solo entonces Julián pareció recordar a su hija. Su expresión cambió de repente.

—Lucía, ¿te hiciste daño?

—Si le hubiera pasado algo, ya sería tarde para preguntar —dije, fría—. Puedes querer a quien quieras. Pero Lucía es tu hija. No hagas diferencias tan obvias.

Él me miró, con el ceño aún más fruncido.

—Estoy bien, papá —intervino Lucía, sonriendo y tirando suavemente de mi ropa—. Tengo hambre. Mamá, vamos a comer.

Quizás por culpa, fue Julián quien llevó a Lucía a la mesa en brazos. Ella estaba felicísima.

En la mesa solo había lo que a Lucía y a mí nos encantaba. Al ver a Camila mirar los platos sin saber por dónde empezar, Julián no pudo evitar decir:

—Valentina, Camila es alérgica al huevo y a la papa. Tampoco come picante ni cosas ácidas. Prepara un par de platos más, por favor.

Antes, yo habría accedido. Además, la mesa siempre se había organizado según los gustos de él y de Lucía.
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