เข้าสู่ระบบ
Paula tiene veintitrés años.
Esta sola. Desde hace años.
Vive en Buenos Aires, una ciudad excesivamente grande para alguien que ya no tiene a nadie en el mundo. No le queda familia. Los pocos amigos que tiene se cansaron de verla llegar con una mochila, de prestarle un colchón en el piso. De escuchar siempre la misma frase: “Ya voy a salir de esta.”
Al final, también ellos la dejaron atrás.
Hoy, su mundo es un auto viejo. Ahí guarda todo lo que tiene. Un par de mudas de ropa. Una mochila gastada. Nada más.
Duerme donde puede. En estacionamientos vacíos, en calles donde intenta pasar desapercibida. Cuenta cada peso para cargar un poco de nafta y poder seguir moviéndose. Vive con lo justo.
Siempre cansada.Siempre alerta.
Paula quiere salir adelante.
Está buscando trabajo de lo que sea. Limpieza, ayudante, cualquier cosa. Pasa por varios lugares, restaurantes preguntando.
Un día, en un supermercado, escucha algo que llama su atención.
Dos chicas, vestidas con uniforme de limpieza, hablan sin bajar la voz. Dicen que una empresa muy grande está buscando personal. Una multinacional. Pagan bien. Es una oportunidad real.Paula no compra nada.
Solo escucha.
Y memoriza cada palabra.
Le pide a una amiga que le arme un currículum sencillo, casi improvisado.
Lo deja en la empresa sin esperar nada. Pero el teléfono suena. La llaman. Tiene una entrevista.Otra amiga le presta ropa. Un vestido negro formal
No es ajustado, pero tampoco suelto. La ayuda a peinarse, maquillarse, verse mejor Paula agradece, pero se siente profundamente incomoda.El edificio está en Puerto Madero.
Es gigante. Vidriado. Moderno. Impersonal.
De esos que parecen sacados de otro mundo.
Paula se detiene frente a la entrada y siente el peso del lugar sobre el pecho.
Demasiadas personas. Demasiadas miradas.En la puerta le piden que se presente. Nombre.
Documento. Motivo de la visita. Todo es frío. Automático. Tecnológico. Pantallas enormes. Mármol. Vidrio por todos lados.La empresa es un unicornio. Una de esas compañías que crecen sin parar.
Demasiado grande para alguien como ella. Cuando llegó al sector de entrevistas se sorprendió. Hay unas veinte mujeres esperando.Son más grandes.
Más arregladas. Más seguras.Paula mira su vestido y entiende. No encaja.
Nunca encajó. Aun así, se sienta y espera.
Lo que no sabe es que no va a tener la entrevista que piensa.
No va a conseguir ese trabajo.
No de la manera que imagina.
Sin embargo, ese momento va a cambiar su vida para siempre.
Paula seguía esperando en la fila, fingiendo volver a leer su currículum. Lo sostenía con las dos manos, aunque ya se lo sabía de memoria. Solo son tres hojas.
Notó enseguida que varias de las chicas se conocían entre sí. Se saludaban con confianza, hablaban de trabajos anteriores, de turnos, de lugares por los que ya habían pasado. La mayoría eran más grandes que ella. Cada vez estaba más nerviosa. Pero bueno. Nada que perder. Como mucho, era volver al auto y buscar otro lugar donde dormir.El avión despegó con una suavidad que contrastaba demasiado con lo que llevaba adentro. Paula apoyó la cabeza contra el respaldo apenas el cuerpo se acomodó en el asiento. Eligió la ventana sin pensarlo demasiado, más por reflejo que por decisión, como si necesitara una referencia externa para no perderse del todo en lo que estaba sintiendo. Las luces de la pista comenzaron a alejarse, reduciéndose a líneas que se disolvían en la distancia, hasta quedar cubiertas por una capa espesa de nubes. El mundo quedó atrás en cuestión de segundos, y esa velocidad le resultó brutal. Todo había pasado demasiado rápido. Y al mismo tiempo, demasiado profundo. Cerró los ojos. Las imágenes aparecieron sin orden, superpuestas, cargadas de una intensidad que el cuerpo todavía no terminaba de procesar. No eran recuerdos suaves. Eran escenas que se imponían, que tomaban espacio, que exigían ser sentidas otra vez. Las manos. Las miradas. La forma en que cada uno ocupaba su lugar. Leo con esa est
El silencio en la habitación no se rompió en mucho tiempo.Paula permaneció sentada sobre la cama, con la espalda apenas inclinada hacia adelante y las manos apoyadas sobre las piernas, respirando de manera irregular mientras el cuerpo intentaba acomodarse después del impacto, como si todavía no hubiera terminado de entender del todo lo que acababa de perder.El llanto ya había pasado.Quedaba otra cosa.Un vacío más seco, más pesado, más difícil de atravesar.Se llevó una mano a la cara y cerró los ojos un instante, sosteniendo ese lugar interno en el que la decisión seguía intacta, firme, pero ahora completamente expuesta al costo real que implicaba.Golpearon la puerta.No fuerte.Dos veces.Seco.Paula abrió los ojos.El cuerpo reaccionó antes que el pensamiento, tensándose apena
El silencio del parque se tensó hasta volverse casi insoportable cuando Paula levantó la mirada y, con la respiración todavía desordenada y el pecho subiendo y bajando con fuerza, dejó caer las palabras que sabía que iban a romper todo.—No puedo elegir… y no voy a hacerlo.Los dos la miraron al mismo tiempo, como si en ese instante algo dentro de ellos todavía esperara que corrigiera, que se explicara, que retrocediera un paso antes de cruzar ese límite.Pero Paula no retrocedió.Se puso de pie.El cuerpo le temblaba, las manos le vibraban apenas a los costados, los ojos húmedos, brillantes, pero sostenidos con una firmeza que no había tenido nunca antes.—Quiero seguir con los dos —agregó, ahora más alto, más claro, dejando que la frase se instalara entre ellos sin ningún tipo de protección.El imp
La puerta de la camioneta se abrió.El aire frío le golpeó la cara, limpio, directo, casi violento después de todo lo que había atravesado. Paula apoyó un pie en el suelo y bajó.Y los vio.Los dos.Mike avanzó.Leo también.El impulso surgió al mismo tiempo, instintivo, como si el cuerpo reaccionara antes que cualquier pensamiento. Se detuvieron a la vez.Algo en la mirada de Paula los frenó.Ella caminó hacia ellos.Despacio.Sosteniéndose en cada paso, como si el mundo todavía estuviera acomodándose bajo sus pies. Los ojos le brillaban. Había emoción, pero también decisión.Se detuvo a unos metros.Los miró a los dos.—Tenemos que hablar.El silencio cayó entre ellos.La duda apareció en el gesto de los dos. El cuerpo p
La camioneta avanzaba sin sobresaltos sobre la ruta húmeda, como si el mundo hubiera decidido calmarse justo cuando ella ya no lo necesitaba, como si todo afuera encontrara un orden que ya no tenía nada que ver con lo que estaba pasando adentro de su cuerpo, de su cabeza, de ese lugar más profundo donde ya no había espacio para dudas simples ni decisiones cómodas.Paula miraba por la ventana, pero no veía el paisaje.Veía escenas.Fragmentos.Versiones de sí misma que ya no encajaban entre sí, como piezas de algo que había funcionado antes pero que ahora, después de todo lo que había atravesado, ya no podía volver a armarse de la misma manera.La Paula que había llegado.La que había firmado sin entender.La que había obedecido sin cuestionar.La que había
Paula sostuvo la mirada de la Chamana.La información todavía estaba acomodándose en su cabeza. Parte de lo que había escuchado tenía sentido. Otra parte quedaba flotando, difícil de ubicar en algo concreto.Apoyó las manos sobre la mesa.—Entonces, lo que me estás diciendo es que tengo que ir a hablarles de vidas pasadas, de vínculos, de cosas que no entiendo.La pregunta salió directa.Sin rodeos.La mujer a su lado tradujo sin alterar el tono.La Chamana negó suavemente.—Eso es para vos.La respuesta llegó inmediata.—Es tu marco. Ellos no necesitan eso.Paula frunció apenas el ceño.—¿Entonces qué les digo?La Chamana la miró con claridad.—Deciles qué querés para esta vida.La frase quedó susp







