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Capítulo 3

Autor: Cocojam
Dorian desapareció por tres días. Fue como si la tierra se lo hubiera tragado.

Pero los mensajes de Liliana no dejaron de llegar.

Primer día: un video. Dorian sentado junto a su cama del hospital, dándole la medicina con cuidado. Sus manos eran tan delicadas, como si ella fuera lo más preciado del mundo.

Segundo día: otro video. Dorian cargaba a Aria, con una expresión de amor paternal. La niña reía entre sus brazos, y él la miraba con ternura.

El tercer día fue el que me destrozó. Un retrato familiar en el jardín. Dorian empujaba la carriola mientras Liliana se aferraba a su brazo.

La familia perfecta.

Mi loba aulló de agonía.

Lo había visto miles de veces, pero verlo ahora, herida como estaba, se sentía como una puñalada.

Cuando estaba a punto de bloquearla de una vez por todas, apareció un nuevo mensaje.

“¿Quieres recuperar tu collar? Ven a la clínica”.

Me temblaron los dedos al aferrarme al aparato.

Mi collar. La última marca de la Manada Crescent Moon.

Tenía que recuperarlo.

En la clínica, Liliana estaba recostada en un sofá, jugando con el collar de piedra lunar.

—Viniste —dijo con una sonrisa petulante.

—Devuélveme mi collar.

—Por supuesto. —Se levantó despacio—. Pero hay una pequeña condición.

Todas mis alarmas internas se dispararon.

—¿Qué condición?

—Transfórmate para mí —ronroneó—. Muéstrame esa forma primitiva y salvaje. Sométete ante tu futura reina.

La humillación me inundó.

Quería que me inclinara ante ella en mi forma más vulnerable.

Pero era lo último que mi manada me había dejado.

Apretando los dientes, me dejé caer de rodillas lentamente.

Mis huesos comenzaron a crujir y a reacomodarse. Pelaje plateado brotó de mi piel.

Segundos después, una loba plateada gigante se erguía en la habitación.

Bajé la cabeza en gesto de sumisión.

—Bien. —Liliana aplaudió, con placer cruel en la mirada—. Los lobos son una especie inferior. Se quiebran tan fácil.

Caminó hacia mí, balanceando el collar justo frente a mi cara.

—Vamos. Tómalo con el hocico.

Me acerqué y abrí las fauces.

Cuando mis dientes estaban a punto de cerrarse sobre él, Liliana apretó el puño.

CRACK.

El sonido de la piedra lunar haciéndose pedazos retumbó en la habitación. Fragmentos azules se esparcieron por el suelo.

—Ups —dijo Liliana, fingiendo sorpresa—. Se rompió muy fácil. Supongo que las cosas de lobos son solo basura.

Perdí el control. Se me nubló la mente. Me lancé sobre ella, una bestia de pura rabia.

—¡Ahhh! —Liliana gritó y cayó hacia atrás—. ¡Auxilio! ¡Está atacando a mi hija!

Pero ni siquiera la había tocado cuando Aria, en sus brazos, comenzó a llorar a gritos.

Marcas rojas, como rasguños de garras, aparecieron en la cara de la bebé.

—¿Qué está pasando?

Escuché a Dorian detrás de mí.

Giré la cabeza y lo vi a él, a Viktor y a varios ancianos apareciendo en la habitación.

—¡Dorian! —Liliana sollozó y se arrojó a sus brazos—. ¡Se transformó y atacó a Aria!

Dorian tomó a la niña, y su mirada cayó sobre los rasguños en el rostro de su hija. La furia se encendió en sus ojos.

—Freya, ¿qué significa esto?

—¡No fui yo! —Expliqué con desesperación—. Ella lo hi...

—¡Basta! —rugió Viktor. Levantó su bastón y me lo estampó contra el pecho.

Salí disparada hacia atrás, golpeé la pared y escupí sangre.

—¡Una bestia sigue siendo una bestia! —Tronó la voz de Viktor—. ¡Cómo te atreves a dañar el linaje Valkyrie!

—¡Llévenla a la Sala de Castigo! —ordenó—. ¡Treinta y tres latigazos. Con el látigo bañado en plata!

Dos vasallos me sujetaron y me arrastraron fuera.

—¡Dorian! —le grité, mi última esperanza—. Me crees, ¿verdad?

Dorian sostenía a su hija, que lloraba, con la mirada clavada en su cara arañada. No había nada en sus ojos más que dolor y decepción.

Apartó la cabeza, negándose a mirarme. Ya había tomado su decisión.

Una risa rota escapó de mis labios, con las lágrimas cayéndome por la cara.

¿Por qué llegué a creer en una eternidad entre especies? ¿Por qué llegué a creer en sus promesas?

No importa. Solo seis días más y podré irme.

En la Sala de Castigo, el látigo de plata cortó un arco cegador en el aire.

El primer latigazo me abrió la piel.

El segundo. El tercero...

La conciencia comenzó a abandonarme entre el dolor abrasador.

En la bruma, recordé las promesas de Dorian.

“Siempre te voy a proteger”.

“Eres la única a la que voy a amar”.

“Tendremos un futuro eterno juntos”.

Recordé la primera vez que me hizo el amor, besando cada centímetro de mi piel como si fuera algo sagrado.

Recordé la vez que tuve fiebre alta por buscar una hierba rara, y él me cuidó con tanta ternura, dándome la medicina de boca a boca.

“Freya, eres más importante para mí que mi propia vida”.

Todo fue mentira.

La conciencia se me nubló. Al principio, mi loba aulló de agonía, pero pronto enmudeció, replegándose en lo más profundo de mí.

Ya no sentía dolor. Solo entumecimiento.

Cuando el trigésimo tercer latigazo estaba a punto de caer, escuché un rugido desgarrador.

—¡DETÉNGANSE!

En el último segundo antes de que el mundo se volviera negro, vi a Dorian. Un borrón de movimiento lanzándose sobre mí, cubriéndome con su cuerpo del golpe.
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