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Capítulo 5

Author: Cocojam
Me quedé clavada en el sitio. Mi mundo se hizo pedazos.

Un gemido bajo y satisfecho salió de la habitación.

—Ah... sí, ahí... Dorian... un poco más profundo... por nuestro hijo...

Su voz era un látigo que me azotaba con cada palabra.

Por la rendija de la puerta, la vi poner su propia mano sobre la de Dorian, guiando sus movimientos.

Su sonrisa era pura crueldad.

Y sus ojos, ardiendo de lujuria, no se apartaban de la rendija. Estaban fijos en mí.

Dorian estaba en silencio. No dijo nada. La línea rígida de su espalda era la única señal de la agonía que sentía.

Pero no se detuvo.

Las manos que alguna vez habían acariciado cada centímetro de mi piel ahora estaban dentro de otra. Abriendo camino para un hijo que no era nuestro.

No podía respirar. Di la vuelta y salí corriendo, tropezando fuera del castillo como un animal herido.

La ventisca me golpeó con toda su fuerza, pero no era nada comparada con el hielo en mi corazón.

Los copos de nieve se sentían como navajas en la cara, pero yo ya estaba entumecida.

Mi corazón estaba muerto.

El recuerdo de una noche de hacía tres años afloró en mi mente.

La primera vez que hicimos el amor, Dorian me sostuvo la cara entre las manos, con devoción en la mirada.

—¿Sabes, Freya? —susurró, besándome los labios—. Serás la única para mí, por toda la eternidad.

—No me importa que seas una mujer lobo. No me importa lo que piense el mundo —entrelazó sus dedos con los míos—. Solo me importas tú.

—¿Lo juras? —le pregunté.

—Lo juro —prometió, y el poder de nuestro vínculo de sangre selló sus palabras—. Por el resto de mi vida, eres mi único amor.

Mi única. Mi eternidad. Mentiras tan hermosas y tan venenosas.

Caminé en la ventisca hasta que dejé de sentir los pies.

Solo cuando las luces del castillo empezaron a apagarse, bien entrada la noche, volví a mi habitación como un fantasma.

Estaba empapada. La combinación del veneno de plata y el frío me provocaba escalofríos por todo el cuerpo.

Pasada la medianoche, la fiebre me arrasó. Ardía por dentro, y mi consciencia se hacía pedazos.

Entonces, un tarareo suave llegó desde la recámara principal de al lado.

Era la canción vampírica ancestral. Dulce y llena de amor.

Desperté.

Esa canción. Era la que Dorian había prometido cantarle a nuestro hijo.

—Cuando tengamos un bebé —me había dicho, abrazándome—, le cantaré esta canción todas las noches.

Ahora se la cantaba al hijo de otra.

Las lágrimas me rodaron por la cara y se evaporaban con el calor de la fiebre.

Un rato después, la puerta se abrió con un chirrido.

—¿Freya? —Dorian habló desde la entrada.

Mantuve los ojos cerrados, fingiendo estar inconsciente.

Se acercó y me puso la mano en la frente ardiente.

—Estás ardiendo en fiebre... —murmuró con un hilo de preocupación en la voz.

Pensé que se quedaría a cuidarme, como antes.

Pero al segundo siguiente se puso de pie.

—¡Alfred! —llamó al vasallo—. Que un sirviente le traiga hierbas a la señorita Freya. Y la comida que necesite.

—Sí, Su Alteza.

—Y —su voz se volvió plana, fría—muévanla al Ala Este. La quiero lejos hasta que se recupere. Liliana está embarazada. Necesita un ambiente... limpio.

—Dorian... —susurré, abriendo los ojos apenas.

—Descansa —dijo sin voltear—. Hablaremos cuando estés mejor.

La puerta se cerró. Escuché el sonido del cerrojo girando.

Las lágrimas volvieron a caer, calientes e inútiles.

Sus votos de protegerme habían desaparecido. Lo único que quedaba era su miedo de que yo pudiera hacerle daño a su nueva familia.

Era una prisionera.

Durante los siguientes días, por alguna razón, nadie me traía comida a tiempo.

Cuando algún sirviente venía, se limitaba a aventar un tazón de sangre sintética echada a perder en el piso y se iba.

Sin hierbas medicinales. Sin sanador. Ni siquiera agua limpia.

Soy licántropa. ¿Qué se supone que hiciera con sangre sintética?

Lo único que podía hacer era escuchar los sonidos de su vida feliz del otro lado de la pared.

El primer día, escuché la risa cristalina de Liliana mientras se recargaba en él.

El segundo día, escuché el tintineo de los cubiertos. Estaban cenando a gusto.

El tercer día, el sonido que terminó de matarme.

—Si es niño, ¿qué te parece el nombre Lucian? —preguntó Liliana con suavidad.

—¿Lucian? —La voz de Dorian sonó pensativa.

—“Luz” —explicó Liliana—. Quiero que nuestro hijo traiga luz a nuestras vidas.

—Nuestro hijo —repitió Dorian, con voz alegre—. Lucian Valkyrie. Me gusta cómo suena.

—Entonces está decidido —dijo Liliana, contenta—. Lucian. Nuestro pequeño príncipe.

Algo dentro de mí se quebró. Lo había olvidado. Había olvidado todas las noches en que me abrazaba y me susurraba que nuestro hijo se llamaría Lucian.

Me hice bolita en la cama, mordiendo la cobija con fuerza para no gritar.
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