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Capítulo 4

Author: Cocojam
Cuando desperté, el dolor familiar y abrasador había vuelto.

Cada nervio gritaba. El veneno de plata seguía recorriéndome las venas.

Sonreí con amargura. Yo, una sanadora, había dejado que mis propias capacidades regenerativas se degradaran hasta casi desaparecer.

La ironía era brutal.

—¿Freya?

Una voz familiar.

Abrí los ojos despacio. Dorian estaba sentado junto a mi cama, con preocupación en la mirada.

—¡Despertaste! —Se acercó de prisa y me ayudó a incorporarme con cuidado—. ¿Cómo te sientes? ¿Quieres un poco de caldo?

Era la misma expresión preocupada, pero esta vez se sentía distinta a todas las veces que me había cuidado antes.

Porque esta vez, se había quedado mirando mientras me herían.

Me aparté. Su mano se quedó suspendida en el aire.

—Freya... —le tembló la voz—. Sé que estás enojada conmigo.

—No estoy enojada —dije con la voz ronca—. Solo tomaste la decisión que tenías que tomar.

—No —dijo, desesperado—. Lo permití para salvarte la vida. Si los hubiera detenido en ese momento, Viktor habría encontrado una excusa para ejecutarte.

Lo miré con los ojos vacíos.

—¿Entonces todavía crees que yo lastimé a Aria?

Se quedó en silencio.

—Contéstame, Dorian. —Me incorporé, clavándole la mirada—. Entonces júralo —lo desafié, con la voz temblorosa—. Jura por nuestro vínculo que me crees.

Si de verdad me creía, esa era la prueba definitiva.

Pero solo me devolvió la mirada, callado.

—No te atreves. —Me reí, y una lágrima me resbaló por la mejilla—. Porque en el fondo, sigues creyendo que soy la loba salvaje que la lastimó.

—Freya, no es así...

—No. —Giré la cabeza—. Por favor, vete.

—No voy a dejarte. —Intentó tomarme la mano, pero retiré la mía.

Entonces, alguien tocó la puerta.

—Su Alteza —dijo un vasallo desde afuera—. Lady Liliana está muy alterada. Se niega a comer y no para de llorar.

La expresión de Dorian se tensó al instante.

—Está embarazada. Tiene que comer. —Se levantó y me miró por encima del hombro—. Ya vuelvo.

Las mismas palabras. Las mismas promesas vacías.

La puerta se cerró con un clic, dejándome encerrada.

Cerré los ojos y esperé.

Pero esa noche nunca volvió.

Cuando me dieron de alta al día siguiente, vi el auto de Dorian en la entrada.

Liliana iba en el asiento del copiloto. Aria estaba en la silla para bebé en la parte de atrás.

—Freya. —Dorian se acercó, incómodo—. Sube.

Liliana me lanzó una mirada aterrada, con la voz temblorosa.

—Dorian, me da miedo estar en el mismo auto que ella.

—Liliana...

—Me aterra —gimió—. Es una bestia, Dorian. ¿Y si intenta hacerle daño a nuestra bebé otra vez?

Dorian me miró a mí, luego a ella. Tomó su decisión.

—Freya, espera aquí. Primero los llevo a casa y luego vuelvo por ti.

—Está nevando —dije sin inflexión.

—Lo sé, pero... —Miró a la bebé en los brazos de Liliana—. No puedo arriesgarme.

Observé los copos de nieve caer y asentí.

—Está bien. Espero.

El auto desapareció tras la cortina de nieve.

Me quedé en la entrada del hospital mientras los copos se acumulaban en mi cabello y mis pestañas, hasta derretirse en agua helada que me escurría por la piel.

Esperé mientras el día se convertía en atardecer, y el atardecer se desangraba en la noche cerrada.

La nieve se transformó en ventisca. Mi cuerpo empezó a temblar sin control.

Intenté comunicarme con él a través de nuestro enlace mental, el canal más íntimo entre compañeros vinculados.

Antes, sin importar dónde estuviera, él sentía el latido de mi corazón en cuanto lo llamaba.

La primera vez que lo usé, se había puesto eufórico.

“Así, sin importar lo que pase, siempre podré llegar a ti”, había dicho.

Pero ahora, lo único que sentí fue un vacío.

Me había bloqueado.

La nieve era cada vez más profunda. Tenía las piernas entumecidas.

Al fin, emprendí el largo camino de vuelta al castillo, con el cuerpo débil.

El camino era traicionero bajo la ventisca. Me caí varias veces, me despellejé las rodillas, y la sangre me empapó las vendas blancas.

Para cuando llegué al castillo a tropezones, empapada y congelada, no podía ni hablar del frío.

Cuando empujé la puerta, escuché los sollozos suaves de Liliana desde el piso de arriba.

—Dorian... tengo tanto miedo... —Su voz era un susurro frágil y tembloroso—. El sanador acaba de estar aquí. Dijo que... mi cuerpo es demasiado estrecho para el bebé.

Me quedé helada.

—¿Qué significa eso? —Dorian sonaba tenso.

—Sabes que los partos de vampiros son... difíciles. Nuestros cuerpos no ceden con facilidad. Casi muero con Aria. Este bebé es más fuerte. —A Liliana se le quebró la voz, a punto de hacerse pedazos—. ¡Va a quedar atrapado, Dorian! ¡No va a poder salir! ¡Nuestro hijo va a morir dentro de mí!

Subí las escaleras sigilosamente, con un nudo en el pecho.

—No tengas miedo. Encontraremos la manera —dijo Dorian con urgencia.

—La única manera eres tú. —La voz de Liliana bajó a una súplica ardiente y grave—. El sanador dijo que mi pareja necesita... ayudarme. Todas las noches. Con tus dedos. Para ayudarme a... dilatar. Si no, todo lo que hemos hecho habrá sido en vano.

Llegué a la puerta y espié por la rendija. Se me fue el aire de los pulmones.

Liliana estaba medio reclinada en la cama, con el camisón de seda bajado hasta la cintura. Su vientre hinchado quedaba a plena vista, junto con sus piernas largas y perfectas.

—Pero Liliana, esto es... —Dorian sonaba indeciso, en conflicto.

—¡Por el niño, Dorian! —Sollozó Liliana, cortándolo en seco. Abrió las piernas aún más, una invitación descarada y humillante—. Sé que es difícil. ¡Pero le estás salvando la vida! Ayúdame... por favor... No quieres que le pase nada, ¿verdad?

Me tapé la boca con la mano, ahogando un sollozo.

En ese instante, a través de la rendija de la puerta, los ojos de Liliana encontraron los míos.

Una diminuta sonrisa triunfal le rozó los labios.

Y Dorian, el que había jurado que yo era su única, su eternidad, apenas resistió un momento antes de hincarse junto a la cama.

Agachó la cabeza, como si ejecutara algún ritual sagrado y doloroso. Luego extendió la mano y la deslizó entre las piernas de Liliana.
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