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last update Fecha de publicación: 2026-03-26 06:54:05

POV de José

Apreté el volante de mi Bentley con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mis ojos permanecían fijos en la salida del edificio de la clínica—De la Cruz Psychology Center—como si apartar la mirada aunque fuera un segundo hiciera que todo desapareciera.

Mi mente era un caos.

Esa sesión de terapia debía darme paz. En cambio, desató una tormenta para la que no estaba preparado.

Nina.

La esposa a la que tiré hace cinco años como si no valiera nada… ahora estaba frente a mí como la mujer que sostenía en sus manos los frágiles hilos de mi cordura.

Se veía… perfecta.

Demasiado perfecta.

—Nina De la Cruz —murmuré en voz baja, su nombre deslizándose por mi lengua como una maldición deliciosa.

Antes, ella era solo Nina: la mujer de voz suave que me esperaba en casa, recibiéndome con una sonrisa tímida y el aroma reconfortante de comida casera.

Ahora era la doctora De la Cruz.

Fría. Brillante. Intocable.

Y esos ojos… esos ojos parecían capaces de dejarme al descubierto, de exponer cada uno de mis pecados con tan solo una mirada.

Y luego estaba ese sonido.

La risa.

La risa de un niño.

Resonaba una y otra vez en mi mente, negándose a desaparecer. Eso no era una asistente. Sabía distinguirlo. Era un niño. Y la pelota de béisbol debajo de su estantería…

A Nina no le gustaban los deportes. Odiaba el polvo. Evitaba cualquier cosa que implicara actividades al aire libre.

Entonces, ¿de quién era esa pelota?

Las puertas de la clínica se abrieron.

Contuve la respiración.

Nina salió.

Llevaba un abrigo color crema que envolvía su cuerpo con elegancia, y un bolso de trabajo de cuero colgaba de su hombro. Se veía poderosa. Independiente. Totalmente en control.

Tan diferente de la mujer que una vez se arrodilló en el suelo de mi habitación, llorando y suplicándome que no la divorciara.

Algo se apretó dolorosamente en mi pecho.

No era la depresión de la que me había estado quejando.

Era algo peor.

Una realización amarga.

Ya no me necesitaba.

Un SUV negro y elegante se detuvo frente a ella. Un hombre bajó del asiento del conductor.

Alto. Atlético. Con una sonrisa cálida que me irritó al instante.

Se acercó a Nina como si perteneciera a su mundo, como si tuviera todo el derecho de estar allí. Su mano se posó con naturalidad en la cintura de Nina y besó su frente con suavidad.

La sangre me hirvió.

Una oleada de ira, como nunca antes había sentido, recorrió mis venas.

¿Quién demonios era él?

¿Cómo se atrevía a tocar lo que era mío?

Sabía que estábamos divorciados. Sabía que fui yo quien la alejó. Pero ver la mano de otro hombre donde antes estaba la mía hizo que algo primitivo dentro de mí se rompiera.

Entonces vi a Nina sonreír.

Una sonrisa real.

Amplia. Brillante. Sincera.

El tipo de sonrisa que nunca me dio, ni una sola vez durante nuestro corto y miserable matrimonio.

Se veía… feliz.

Y esa verdad me golpeó como una puñalada directa al corazón.

El hombre le abrió la puerta del coche, como si fuera lo más natural del mundo.

Pero antes de que Nina pudiera subir, un niño pequeño saltó del asiento trasero y se lanzó directamente a sus brazos.

Entrecerré los ojos y me incliné hacia adelante, tratando de ver a través del vidrio polarizado de mi coche.

El niño… llevaba una gorra de béisbol.

Se reía—una risa inocente y despreocupada—y el hombre lo levantó en el aire antes de volver a sentarlo dentro del SUV.

—No… —susurré para mí mismo.

Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que me zumbaban los oídos.

El niño parecía tener unos cuatro… quizá cinco años.

Si Nina estaba embarazada cuando se fue…

Si ese niño era mío—

Casi abrí la puerta del coche en ese mismo instante. Quería ir hacia ellos, exigir respuestas, arrancarle la verdad.

Pero la voz de Nina resonó en mi mente.

“Si rompes una sola de estas reglas, no volverás a ver mi rostro.”

Me quedé inmóvil.

Mi mano temblaba sobre el volante.

Yo—José Vargas—un hombre capaz de derribar empresas enteras con una sola orden… ahora paralizado por el miedo a perder el acceso a una mujer cuya vida yo mismo había destruido.

Esperé.

Y luego los seguí.

A distancia.

Lo suficiente para no ser visto.

Se detuvieron en un restaurante italiano de lujo. Me quedé en mi coche, observando desde el otro lado de la calle cómo tomaban una mesa junto a la ventana.

Parecían una familia perfecta.

El hombre.

Nina.

Y el niño.

Reían juntos.

El hombre cortaba la comida del niño en trozos pequeños, paciente y atento, mientras Nina se inclinaba para limpiar con ternura una mancha de salsa de la mejilla del pequeño.

La escena retorció algo dentro de mí.

Ese debería haber sido yo.

Yo debería estar sentado ahí.

Yo debería haber visto crecer a ese niño.

Un recuerdo me golpeó sin previo aviso.

La noche en que le entregué a Nina los papeles de divorcio.

No me quedé en casa.

Salí a celebrar, con Rosalia.

Champán. Risas. Libertad.

Recuerdo haber alzado una copa, brindando por mi “nueva vida”, burlándome de la mujer a la que acababa de desechar como si fuera un peso muerto.

No me importaba a dónde fue Nina.

No me importaba si tenía dinero.

Si tenía comida.

Si siquiera tenía un lugar donde dormir.

Entonces Rosalia me preguntó, casi con indiferencia:

—¿Y si está embarazada?

Y yo me reí.

Arrogante. Descuidado.

—No es lo suficientemente inteligente como para atraparme con un hijo.

Ahora, esas palabras se sentían como veneno extendiéndose por mis venas.

Saqué mi teléfono y marqué el número de mi secretario personal.

—Carlos.

—Sí, señor.

—Quiero todo sobre la doctora Nina De la Cruz en los últimos cinco años —ordené, con voz fría y afilada como una navaja—. Todo. Quiero saber quién es ese hombre, cuándo dio a luz y quién es el padre de ese niño. Quiero un informe completo en mi escritorio mañana por la mañana.

Hubo una pausa.

—Y Carlos… mantén esto completamente confidencial. Ella no debe enterarse de que la estoy investigando.

—Entendido, señor.

Colgué y volví a mirar hacia la ventana del restaurante.

El niño se había subido a su asiento, riendo mientras se inclinaba para besar la mejilla de Nina… y luego la del hombre.

Los celos ardientes dentro de mí cambiaron—endureciéndose en algo más oscuro.

Algo peligroso.

Si ese niño era mío… lo recuperaría.

Sin importar el costo.

Y Nina…

Si tenía que destruir la vida de ese hombre para hacer que volviera a mí—si tenía que hacerlo pedazos todo para obligarla a mirarme otra vez—

Entonces que así fuera.

No me importaba si me odiaba.

El odio era mejor que la indiferencia.

Mejor que no ser nada.

—¿Crees que puedes huir de mí, Nina? —murmuré mientras encendía el motor.

—Te equivocas.

Porque ahora sabía una cosa con certeza—

No iba a dejarla ir.

No otra vez.

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