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last update Fecha de publicación: 2026-03-13 22:14:46

POV de Nina

Seis años después

Sin darme cuenta, la amargura de mi pasado se ha ido desvaneciendo a lo largo de estos seis años. Y hoy, por fin puedo decir que realmente me he convertido en la mejor versión de mí misma.

Volví a mi camino como psiquiatra, sanando las heridas de otras personas mientras poco a poco reparo las mías, esas que aún me persiguen en ciertas noches.

Un golpe firme resonó en la puerta de mi consulta, el tipo de golpe propio de alguien acostumbrado a dar órdenes. Me acomodé la bata blanca, respiré hondo y me puse mi rostro de “doctora” más impenetrable.

—Adelante —dije con frialdad.

La puerta se abrió. Un hombre de casi 190 centímetros de altura entró, llevando consigo un aroma masculino de sándalo y poder que conocía demasiado bien.

Jose Vargas.

Al parecer, ni siquiera cinco años habían sido suficientes para borrar el trauma que provocaba su presencia. Mi corazón latía con fuerza, pero mi mano se mantuvo firme sosteniendo el bolígrafo sobre el escritorio de roble.

Jose se quedó inmóvil en el umbral. Sus ojos agudos recorrieron mi consulta—minimalista, elegante y absolutamente profesional—antes de detenerse finalmente en mi rostro.

—¿Nina? —su voz era baja y ronca, como si hubiera visto un fantasma.

No sonreí. Ni siquiera me levanté para recibirlo.

—Buenas tardes, señor Vargas. Por favor, tome asiento. Tengo treinta minutos antes de que llegue mi siguiente paciente.

No se sentó de inmediato. Su mirada se deslizó lentamente de mi cabeza a mis pies.

Ya no era la mujer que lo esperaba con un vestido casero y harina en la mejilla. Mi cabello estaba perfectamente recogido, mi maquillaje era mínimo pero definido… y mi mirada… mi mirada pertenecía a una extraña.

—Tú… ¿doctora De la Cruz? —Jose finalmente se sentó en el sofá de cuero frente a mí. Parecía incómodo, como si el asiento estuviera cubierto de clavos—. Te he estado buscando por todas partes, Nina. Desapareciste como si la tierra te hubiera tragado después de ese día.

—No desaparecí, señor Vargas. Simplemente me mudé a un mundo en el que usted no existe. Y resulta que el aire aquí es mucho más fresco —respondí, abriendo un expediente médico—. Ahora, hablemos como doctora y paciente. Mi secretaria me dijo que sufre de depresión e insomnio agudo. ¿Desde cuándo?

Jose se inclinó hacia adelante, ignorando mi pregunta.

—¿Por qué usas De la Cruz? Ese es el apellido de tu madre. Pensé que seguías usando Vargas.

—Tiré ese nombre a la basura junto con los papeles de divorcio que me entregó hace cinco años —lo miré fijamente, fría e inquebrantable—. Concéntrese, señor Vargas. Ahora soy su doctora. Si quiere hablar del pasado, busque un abogado. Si quiere curarse, responda mi pregunta.

Jose guardó silencio. Su mandíbula se tensó.

Puede que fuera un poderoso empresario en Madrid, pero en esta sala no era más que un hombre hecho pedazos.

—No puedo dormir —admitió al final, con la voz cargada de cansancio—. Cada vez que cierro los ojos, siento que me estoy ahogando. Veo sombras… tu sombra cuando saliste de esa casa. Y Rosalia… se fue hace dos años después de vaciar parte de mi fortuna, pero su partida no me dio paz. Solo lo empeoró todo.

Anoté con calma en mi libreta.

—Eso se llama “culpa crónica”, señor Vargas. Su cuerpo se niega a hacer las paces con la decadencia moral de sus acciones pasadas. No necesita pastillas para dormir, necesita redención. Lamentablemente, eso no lo receto aquí.

Jose me miró con una expresión difícil de descifrar. Había arrepentimiento… pero también algo más. Algo más oscuro. Una obsesión que empezaba a crecer.

—Te has vuelto más dura —dijo en voz baja—. Y… más hermosa.

—Sus cumplidos no son relevantes para su historial médico —lo interrumpí—. Le recetaré un antidepresivo de dosis baja para ayudar con su ansiedad. Pero el tratamiento real es la terapia conversacional. Nos veremos dos veces por semana.

De repente, se escuchó un fuerte golpe detrás de la puerta de mi sala privada.

¡Golpe!

Y luego, la risa de un niño pequeño.

Jose giró la cabeza de inmediato hacia el sonido. Sus cejas se fruncieron con fuerza.

—¿Hay alguien más aquí?

Mi corazón casi se detuvo.

Mateo.

Se suponía que debía quedarse en silencio allí dentro con su niñera.

Tenía que mantener la calma.

—Solo mi asistente organizando algunos libros. Por favor, no se distraiga, señor Vargas.

—Eso sonó como un niño —dijo Jose, entrecerrando los ojos. Su instinto de depredador empresarial estaba activándose. Se puso de pie, dispuesto a caminar hacia la puerta.

—¡Señor Vargas! —mi voz se elevó, firme y autoritaria—. Siéntese. No tiene derecho a inspeccionar cada rincón de mi consulta. Si no puede respetar la privacidad aquí, puede buscar otro psicólogo.

Se detuvo.

Miró la puerta durante unos segundos, como si estuviera calculando posibilidades, antes de volver a sentarse.

—Tú… ¿te volviste a casar? —preguntó, con la voz ligeramente inestable.

—Eso no es asunto suyo —respondí, arrancando una hoja de receta—. Aquí tiene su receta. Puede surtirla en la farmacia de abajo. La sesión de hoy ha terminado.

Jose tomó el papel, pero su mirada se detuvo en algo en el suelo: una pequeña pelota de béisbol debajo de la estantería. El juguete de Mateo. Había olvidado guardarlo.

Miró la pelota y luego a mí, con sospecha en los ojos.

—¿Desde cuándo te gusta el béisbol, Nina?

—Desde que decidí empezar un nuevo pasatiempo después de mi divorcio —mentí sin parpadear—. Puede retirarse, señor Vargas. Mi siguiente paciente está esperando.

Jose se puso de pie lentamente. No se fue de inmediato.

Me observó como si quisiera devorar toda mi existencia.

—Volveré pasado mañana, doctora De la Cruz. Y no me detendré hasta obtener respuestas a todas las preguntas que tengo en la cabeza.

En cuanto salió y la puerta se cerró, toda mi fuerza se desvaneció.

Apoyé la cabeza sobre el escritorio, respirando profundamente.

Mateo salió corriendo desde la habitación trasera y abrazó mis piernas, riendo.

—¡Mamá! ¿Quién era ese hombre? ¡Su voz daba miedo, como un monstruo de mis cuentos!

Lo cargué en brazos, besando su frente con protección.

—Solo un desconocido que se perdió, cariño. No te hará daño. Te lo prometo.

Pero en el fondo, sabía que Jose no me dejaría en paz.

Era el tipo de hombre que, si no podía tener algo, lo destruiría.

Y ahora… había empezado a percibir el rastro del secreto que me rodeaba.

Mi teléfono vibró. Un mensaje de Theo.

“Estoy fuera de la clínica con el coche. Mateo y yo te esperaremos en nuestro restaurante italiano favorito. No llegues tarde, amor.”

Una sonrisa amarga rozó mis labios.

Theo era ahora mi refugio. Un hombre amable que me aceptaba tal como soy.

Pero al ver a Jose a través de la ventana de mi oficina, supe que mi pasado no iba a permitir que mi futuro avanzara con facilidad.

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