LOGINValery Cooper
Mi corazón latía desbocado, golpeando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Tenía los ojos fijos en la zona de su ingle, sin poder creer lo que mis propios ojos veían. Estaba completamente erecto, duro y tenso contra la suave tela de su mono deportivo, y la única causa de esa reacción salvaje e inmediata había sido una sola palabra de mis labios papi. Un torbellino de sensaciones me recorrió de pies a cabeza. Jamás, en toda mi vida, había provocado una reacción física tan cruda y violenta en un hombre, y menos en un hombre mayor; un hombre imponente, sofisticado y maduro, que además cargaba con el título de ser el exesposo de mi difunta madre. Sin embargo, a pesar de la voz de alarma que debería haberme gritado que saliera corriendo, no pude evitar que una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujara en la comisura de mis labios. No era de risa era una mezcla de vértigo y un placer oscuro al percatarme de que un hombre tan sumamente atractivo, un depredador que parecía intocable, se sintiera irresistiblemente atraído por una chica como yo. Alcé la barbilla, desafiando el peligro con una osadía que me quemaba las entrañas, y lo miré fijamente a los ojos, dejando que el silencio cargado de tensión hablara por nosotros. —Así que... ¿por qué era que no querías que te dijera papi? —le pregunté con un hilo de voz que temblaba ligeramente por la adrenalina, pero cargado de una provocación deliberada. Maximilian endureció la mandíbula hasta el punto en que los músculos de su rostro se marcaron como piedra pura. Sus ojos marrones claros me taladraban con una furia contenida, una lucha interna feroz entre la disciplina que predicaba y el deseo que lo estaba carcomiendo por dentro. —Detente, Valery —ordenó con una voz ronca, profunda y temible, un eco que parecía salir desde lo más hondo de su pecho. Pero lejos de acatar la orden, mi cuerpo se inclinó un poco más hacia él. Lo miré con total intencionalidad, absorbiendo cada detalle de su rostro varonil, el sudor perlando su frente, y de vez en cuando, sin poder evitarlo, mis ojos bajaban un segundo hacia sus labios firmes y delineados antes de volver a chocar con su mirada. Una pregunta repentina cruzó por mi mente, haciéndome dudar por una milésima de segundo ¿De dónde demonios he sacado esta valentía para hablarle y retarle de esta manera? Toda mi vida me había considerado una chica tímida, una sombra protegida tras las paredes de la mansión de mis abuelos en el pueblo, alguien incapaz de alzar la voz. Y sin embargo, allí estaba, contemplando a un hombre que exudaba poder y dominio absoluto, no solo sobre los demás, sino supuestamente sobre sí mismo; un hombre que ahora parecía completamente desequilibrado, expuesto y vulnerable ante el simple influjo de mi presencia. Como él se quedó en un silencio rígido, analizando cada milímetro de mi rostro sin saber cómo contraatacar, volví a la carga con una inocencia fingida y letal —¿Qué pasa si te sigo diciendo papi? ¿Qué es lo que tanto te temes? La presión de su mano en mi brazo se intensificó de golpe. Maximilian apretó con tanta fuerza que el agarre se volvió doloroso, y un pequeño gemido de queja escapó de mis labios por la sorpresa. —¡Detente! —bramó él en un tono fuerte, áspero y cortante. Bajé la mirada hacia sus dedos aferrados a mi piel y, a pesar de que el dolor era real, alcé los ojos de nuevo para enfrentarlo con orgullo —. Entonces... deja de apretarme el brazo. Para mi absoluta sorpresa, lejos de soltarme o dar un paso atrás como dictaría la lógica para poner distancia, Maximilian hizo lo opuesto. Un gruñido animal y desesperado se le escapó de la garganta, y en un movimiento rápido, salvaje e impredecible, se lanzó hacia mí. Sus labios cayeron sobre los míos con una voracidad insaciable. Me besó con una fiereza que me dejó sin respiración. Al principio respondí a su ataque de manera un tanto torpe la verdad era que mi inexperiencia en terrenos tan intensos era evidente, pero puse todo mi empeño en imitar el ritmo de su boca, intentando que no se notara lo abrumada que estaba. Mientras sus labios devoraban los míos, una marea de pensamientos caóticos comenzó a chocar en mi cabeza como olas furiosas contra un acantilado. Una voz interna, la de la moralidad y las buenas costumbres, me gritaba una y otra vez que estaba haciendo algo mal, algo prohibido, que ese era el exesposo de mi madre, el hombre con el que ella compartió un pasado lejano. Pero de inmediato, otra voz dentro de mí, más fría y pragmática, replicaba con fuerza. 'Ellos no están juntos hace más de quince años. Nunca conociste realmente a esa mujer, y jamás conociste a este hombre. Por más que las etiquetas sociales y las leyes digan que es el esposo de tu difunta madre y tu actual tutor legal, para ti solo es un hombre... un hombre que te desea." Me repetí eso último una y otra vez, aferrándome a esa idea como un salvavidas para calmar los escrúpulos de mi conciencia y entregarme por completo a lo que estaba ocurriendo. Las manos grandes, fuertes y callosas de Maximilian comenzaron un recorrido abrasador por cada rincón de mi cuerpo. Sentí sus palmas amplias deslizarse desde la curva de mi cintura, subiendo con lentitud hasta rozar y apretar con firmeza uno de mis senos a través del top deportivo. Un jadeo ahogado se perdió en su boca ante la intensidad de la caricia. Su mano continuó bajando, trazando la línea de mis caderas con una posesividad enfermiza, hasta llegar directamente a mis glúteos, donde se aferró con fuerza para pegarme aún más a su erección palpitante. Y entonces, sin previo aviso, sentí el impacto seco de su mano abierta. Un azote firme, resonante y certero sobre mi glúteo derecho. Un gemido agudo y escandaloso escapó de mi garganta. El ardor del golpe se mezcló instantáneamente con una descarga de calor tan intensa y repentina que sentí cómo mi parte íntima se humedecía de forma exagerada, inundando mis shorts y haciéndome temblar de una necesidad desbordada. Aquel castigo físico, lejos de asustarme, encendió un fuego salvaje en mi interior. Maximilian interrumpió el beso en los labios para deslizar su boca caliente y demandante hacia la curva de mi cuello. Sus dientes mordisquearon suavemente la piel sensible de mi garganta, provocando que yo soltara un gemido mucho más alto, arqueando la espalda de manera instintiva contra su cuerpo. Con una avidez desesperada, bajó ligeramente la tela de mi top deportivo y se instaló en uno de mis pezones, succionándolo con una fuerza cálida y húmeda que me hizo perder la noción del tiempo y del espacio. Mis uñas se clavaron en sus hombros, buscando un punto de apoyo mientras mis piernas amenazaban con fallarme. Estaba tocando el cielo, perdiéndome en una espiral de deseo puro, cuando, de la nada, como si un rayo helado hubiera atravesado la habitación, Maximilian se detuvo en seco. Se apartó de mí. Como yo estaba aferrada a su cuello y a sus hombros por la inercia del momento, su retirada repentina provocó que perdiera el equilibrio y cayera de rodillas sobre la suave alfombra del gimnasio. Me quedé allí, agachada, con la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando desbocado, el cabello revuelto y los labios hinchados, mirándolo con una estupidez absoluta reflejada en el rostro. Maximilian retrocedió dos pasos, pasándose ambas manos temblorosas por el cabello alborotado, con el pecho agitando la tela de su mono deportivo. Su expresión era un cuadro de terror y negación absoluta. —Esto... esto es una maldita locura —masculló para sí mismo, con la voz rota y los ojos oscurecidos por el pánico de haber cruzado una línea de la que ya no había retorno. Sin decir una sola palabra más, sin dignarse a mirarme a los ojos ni a ofrecerme una mano para levantarme del suelo, se dio la media vuelta sobre sus talones. Lo vi alejarse a zancadas pesadas y furiosas, cruzando el umbral de la puerta del gimnasio y desapareciendo por el pasillo en penumbra. Me quedé sola en el enorme espacio silencioso. El corazón me latía en los oídos con furia. Tenía la piel encendida, el cuerpo ardiendo en fiebre, la zona baja completamente húmeda y palpitando de un vacío insoportable, y la mente hecha un completo laberinto de confusión. ¿Qué acababa de pasar? ieValery Cooper —Tú eres mía. Únicamente mía. Y ni tu abuelo, ni Damián, ni ningún otro imbécil va a cambiar eso jamás. Las palabras de Maximilian no sonaron a una promesa ni a una confesión;ñ fueron una sentencia brutal, una marca de propiedad clavada a fuego y escupida con la voz áspera de un hombre completamente ciego de furia. No me dio tiempo de procesar el veneno que llevaba el nombre de Damián en sus labios, ni de entender por qué los celos lo estaban devorando de esa manera tan salvaje. No me dio tiempo ni siquiera de tomar una bocanada de aire. Antes de que pudiera formular una sola pregunta, sus manos grandes y duras me sujetaron con fuerza implacable de la cintura, elevándome en el aire como si mi cuerpo no pesara absolutamente nada. Mi espalda impactó contra la superficie helada de caoba de mi propio escritorio, desordenando a su paso los informes, carpetas y hojas que meticulosamente había organizado durante la mañana. El chasquido de las carpetas cayendo al piso de m
Maximilian von Weber La puerta del despacho se cerró tras los pasos de Valery, dejando en el ambiente una estela sutil de su perfume que me oprimió la garganta. Respiré hondo para recuperar la compostura y clavé la mirada en el hombre que temblaba al otro lado del escritorio. —Bien, Morales —comenzé, con una voz helada que resonó como un látigo en el silencio de la oficina—. Explíqueme detalladamente de dónde salieron esas notas de crédito y por qué los fondos no ingresaron a las arcas principales. El contador se reajustó los anteojos con dedos torpes, trago saliva con dificultad y dejó caer las manos sobre las piernas. —Señor von Weber... le juro que hay una explicación técnica —balbuceó, con el rostro pálido—. Los proveedores de insumos suelen aplicar fluctuaciones de mercado... Yo solo asenté los valores que me llegaron desde la gerencia de compras... —No me tome por imbécil —sentencié, poniéndome de pie lentamente y apoyando las palmas de las manos sobre la caoba. Me inc
Valery Cooper Cerré la puerta tras de mí con delicadeza, dejando el ruido del pasillo afuera. —¿Cómo estuvo tu noche, Valery? —preguntó Maximilian de inmediato, rompiendo el hielo con una voz grave, densa, que llevaba una carga peligrosa de recuerdo y advertencia sobre lo que habíamos hecho. Me ericé por completo, pero mantuve la distancia. Avancé dos pasos sosteniéndole los documentos contra el pecho y le hablé de manera estrictamente formal. —Estuvo bien, señor von Weber. Sin embargo, la razón por la que estoy aquí es porque he estado revisando los documentos financieros del nuevo proyecto urbanístico. Encontré ciertas discrepancias contables que me parece que están completamente fuera de lugar y que requieren su atención inmediata. Maximilian arqueó una ceja, sorprendido por mi frialdad profesional. Mantuvo la mirada fija en la mía unos segundos antes de señalar con un gesto de la mano el asiento frente a su escritorio. —Toma asiento y explícate —ordenó con voz serena. Me s
Valery CooperAbrí los ojos de golpe y la luz radiante de la mañana me cegó por un instante. Parpadeé confundida, sintiendo la cabeza pesada y el cuerpo envuelto en un cansancio profundo. Miré hacia el reloj de mesa y ahogué un maldito chillido de frustración.Me había pasado de largo.—¡Maldita sea! —murmuré entre dientes, tirando las cobijas a un lado con desesperación.No estaba teniendo una buena entrada en la empresa. Ayer me había ido antes de tiempo tras el altercado en la sala, ¡y hoy llegaba escandalosamente tarde! Me puse de pie y un punzadas aguda me recorrió la cadera. Al dar el primer paso hacia el baño, cada músculo de mi cuerpo protestó en un dolor sordo y abrasador. Tenía la piel sensible, la entrepierna me dolía brutalmente y, sin embargo, al sentir esa molestia física, un latido caliente y húmedo me palpitó en el centro del vientre.En la ducha, dejando que el agua hirviendo me cayera sobre los hombros, me apoyé contra los azulejos y fue imposible no pensar en Maxim
Maximilian von weber —Ayer envié a Damián Ferrero a la mansión —comenzó Toribio tras dar un pequeño sorbo a su taza, manteniendo un tono de conversación maduro y cercano—. Quería que se encontrara con Valery en un entorno neutral, lejos del formalismo de las reuniones familiares. Damián es un joven de una familia tradicional impecable, posee un apellido intachable, una posición sólida en el mundo de los negocios y, para serte del todo sincero, ha mantenido un afecto muy profundo por ella desde hace años. Es un prospecto extraordinario, Maximilian. Es el hombre indicado para ella y por eso he venido a pedirte que me ayudes a allanar el camino, a respaldarme para que ellos dos vayan acercándose sin tanta resistencia por parte de Valery.En el fondo de mi estómago, una punzada amarga, ácida y abrasadora se encendió de inmediato. La imagen de Damián parado en el pórtico de mi casa, reclamando a la chica que apenas un par de horas más tarde estaría gimiendo mi nombre desenfrenadamente e
Maximilian von WeberDesperté en la penumbra helada de mi propia habitación, con el cuerpo tenso, la mandíbula apretada y la mirada fija en el techo de escayola. Al estirar la mano, la sábana a mi lado estaba lisa, intacta, fría. Ella no estaba allí. Tras la tormenta desencadenada en la sala, la había tomado una y otra vez quería que ella supiera que era mia, quería que me sintiera incluso sin estar dentro de ella.Al finalizar la había cargado en brazos escaleras arriba, sintiendo el peso liviano de su figura contra mi pecho, y la había depositado con extrema firmeza sobre su cama, exhausta, despeinada y completamente rendida al cansancio. No me quedé a su lado. No volví a compartir la cama con nadie ni a permitir que una mujer durmiera sobre mi brazo desde la muerte de Sarah. Era una frontera moral que me negaba rotundamente a cruzar, una especie de trinchera invisible que mantenía levantada para convencerme de que aún conservaba un ápice de decencia.Sin embargo, estar a unos po







