LOGINMaximilian von Weber
El sonido de la puerta al cerrarse a sus espaldas dejó un vacío denso y eléctrico en mi despacho. Me quedé inmóvil detrás del escritorio de caoba, con los músculos de la mandíbula tensos hasta el punto del dolor. El eco de su voz infantilizada, burlona y cargada de una malicia deliberada retumbaba en las paredes de la habitación «Nos vemos en casa, papi». Una maldición sorda escapó de mis labios mientras mis manos se cerraban con tanta fuerza sobre el borde de la madera que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí un golpe seco, caliente y violento directo en la ingle. Esa maldita chiquilla, con su melena pelinegra, sus ojos azules ardiendo en rebeldía y esa insolencia descarada, me había provocado una reacción física inmediata, brutal y completamente fuera de mi control. Tenía el miembro dolorosamente erecto, prisionero dentro de la tela de mi traje, latiendo con una urgencia que hacía meses no experimentaba. —Scheiße... —mascullé en alemán, pasándome una mano temblorosa por la nuca mientras mi cerebro intentaba procesar el nivel de estupidez en el que había caído. Me regañé a mí mismo con ferocidad, sintiendo una mezcla de asco y frustración quemándome la garganta. Era un maldito estúpido. ¿Cómo demonios había permitido que una mocosa de veinte años me alterara el pulso de esa manera? Valery era la hija de la mujer que había sido mi esposa. Una chiquilla que apenas acababa de abandonar la infancia y a la que le llevaba exactamente veinte años de diferencia. Todo esto carecía de maldito sentido. Era una locura ética y moral. Me puse de pie con brusquedad, arrastrando la silla hacia atrás, y caminé de lado a lado por la oficina. Necesitaba vaciar la mente. Me acerqué al mueble bar, serví dos dedos de bourbon puro en un vaso de cristal pesado y me lo tomé de un solo golpe, sintiendo cómo el líquido quemaba mi pecho sin lograr calmar el fuego real que me consumía por dentro. Intenté obligarme a revisar los informes financieros que parpadeaban en la pantalla del ordenador, leer las cláusulas de las adquisiciones trimestrales, enfocarme en los millones que movía mi empresa... pero era absolutamente imposible. Su rostro desafiante se interponía entre las letras. Cada vez que parpadeaba, la veía exigiendo su herencia con esa barbilla en alto. El aire en el despacho se volvió irrespirable. La idea de que estuviera de camino a mi mansión, recorriendo los pasillos que yo había mandado a diseñar con absoluta sobriedad, me encendió la sangre de una forma enfermiza. No podía quedarme allí sentado fingiendo que una hora más de trabajo iba a borrar su rastro. Salí del despacho a zancadas, con el traje impecable pero la paciencia completamente rota. Al cruzar la zona de secretaría, mi asistente levantó la vista de inmediato, deteniéndome con una tableta en las manos. —Señor von Weber, recuerde que a las seis de la tarde tiene la videoconferencia con el grupo de inversión de Italia, y... —Cancélala —le corté con una voz seca, áspera e inapelable, sin detener mi marcha hacia el ascensor privado—. Cancélalo todo para el resto del día. No estoy disponible para nadie. —Pero, señor... —intentó replicar, pero mi mirada de hielo la hizo callar al instante. Presioné el botón del elevador con furia. Las puertas se abrieron de inmediato y me hundí en ese cubículo de metal que descendió a toda velocidad hasta el estacionamiento subterráneo. Subí a mi vehículo, un todoterreno negro de alta gama, y puse en marcha el motor pisando el acelerador con más fuerza de la necesaria. Mientras conducía hacia la mansión, mi mente era un campo de batalla. Me repetía que al llegar la ignoraría por completo, que la casa era lo suficientemente grande para no cruzarnos en todo el fin de semana, que ella estaría encerrada en su ala y yo en la mía. Pero en el fondo de mi conciencia, esa lógica fría sabía que era una mentira. Estaba hambriento de ella. No se trataba de simple sexo, la quería a ella, quería doblegar esa rebeldía, arrancarles las capas de inocencia protegida y comprobar hasta dónde era capaz de resistir bajo mi mando. Al llegar a la propiedad, crucé las verjas de seguridad y estacioné el auto. Entré en silencio por la puerta principal. La mansión estaba envuelta en un lujo imponente, con ese silencio pulcro y sofisticado que solía darme paz, pero que esta tarde se sentía cargado con su presencia invisible. Decidí subir directamente a mi habitación privada para ducharme, esperando que el agua helada lavara la obsesión estúpida que amenazaba con nublar mi juicio. Me despojé de la ropa de oficina, la arrojé a un rincón y entré en la ducha de mármol negro. Abrí las llaves al máximo, dejando que el chorro de agua caliente y luego fría golpeara mi espalda ancha, mis hombros marcados y la barba oscura. Cerré los ojos, pero fue el peor error que pude cometer. La imagen de Valery se proyectó en mi mente con una nitidez insoportable. Recordé sus ojos azules, limpios y a la vez llenos de una furia indomable cuando me plantó cara. Recordé el tono exacto de su voz susurrándome papi con esa burla deliberada. Mi respiración en la ducha se volvió pesada, un jadeo contenido mientras el agua resbalaba por mi pecho. No lo pude evitar. Mi mano derecha bajó por mi abdomen plano, recorriendo los músculos tensos hasta aferrarse a mi erección que seguía implacable, latiendo con furia. Comencé a estimularme allí mismo, bajo el agua de la ducha, con movimientos lentos, firmes y desesperados. Subía y bajaba mi mano con una fricción abrasadora mientras en mi cabeza imaginaba la peor de las traiciones a mi propia disciplina: cerraba los ojos y la visualizaba a ella, a Valery, despojada de esa ropa sencilla, mirándome con esos mismos ojos de desafío mientras yo la tenía bajo mi cuerpo, penetrándola lentamente, una y otra vez, escuchándola gemir mi nombre mientras perdía el control en mi cama. El ritmo de mi mano se aceleró, guiado por una necesidad salvaje, un impulso primario que superaba cualquier código moral o lógica empresarial. El placer acumulado en mi columna subió como una marea incontenible hasta estallar de golpe en un rugido ahogado dentro de la ducha. —Verdammt... maldita sea —gimí contra los azulejos, apretando los dientes con fuerza mientras liberaba toda la tensión contenida, derramándome bajo el agua caliente. Me quedé unos segundos apoyado contra la pared, respirando con dificultad, con el corazón golpeando mis costillas. Me lavé con rapidez, eliminando cualquier rastro físico de ese momento de debilidad mental, y salí envuelto en una toalla. Sabía perfectamente que una ducha no iba a solucionar nada. Mi mente seguía alterada, mis nervios vibraban y la única forma de purgar el veneno de esa fantasía era someter mi cuerpo al cansancio absoluto. No había duda alguna Valery Cooper iba a ser una maldita tentación constante bajo mi techo. Una tentación que, de una u otra manera, tenía que exterminar antes de que me destruyera a mí primero. Me cambié de ropa con movimientos mecánicos. Me puse un mono deportivo gris oscuro, de tela suave y flexible, acompañado de una camiseta negra de algodón de manga corta que se ajustaba perfectamente a la anchura de mis hombros y a mi torso musculoso. Salí de mi habitación, crucé el pasillo en silencio y bajé las escaleras principales hacia la planta baja. Mis pasos me condujeron automáticamente hacia el ala este, directo al gimnasio privado de la mansión. Abrí la puerta con un empujón seco, dispuesto a levantar pesas hasta romperme los brazos, pero me detuve en seco en el umbral. El aire se me atoró en la garganta. Allí estaba ella. Valery se había cambiado de ropa. Llevaba el pelo largo recogido en una coleta alta y desordenada que se mecía sobre su espalda. Vestía un conjunto deportivo diminuto: unos shorts negros extremadamente cortos que dejaban al descubierto unas piernas largas, torneadas y de piel impecable, y un top deportivo gris muy escotado que ceñía con crueldad la curva perfecta de su cintura y el contorno de sus pechos. En ese preciso instante, ella estaba haciendo una serie de sentadillas con una barra de pesas apoyada en los hombros. Con cada flexión hacia abajo, el esfuerzo hacía que los músculos de sus muslos se tensaran y, al levantarse, la curvatura de sus nalgas redondas y firmes quedaba peligrosamente expuesta bajo la tela del short. Una fantasía oscura cruzó por mi mente en milisegundos: me imaginé exactamente cómo se vería ese cuerpo arqueado bajo mis manos, azotando esas nalgas por su insoportable insolencia.—¿Qué demonios crees que haces aquí? —le espeté con una voz ronca, autoritaria y cortante que retumbó en las paredes del gimnasio. El impacto de mi voz la sobresaltó tanto que perdió el equilibrio por completo. Valery dio un tropiezo violento, las rodillas le cedieron y el peso de la barra casi la derriba al suelo en una caída fea. —¡Mierda! —exclamó con un grito ahogado. Me moví con la velocidad de un exmilitar, cruzando el amplio espacio en un par de zancadas largas. Alcancé a sostener la barra de metal justo antes de que cayera sobre ella, arrebatándosela de las manos con una fuerza brutal y arrojándola a los soportes de seguridad. Al mismo tiempo, mis manos grandes la rodearon con firmeza por los costados para evitar que se golpeara contra el suelo. Valery dio un par de pasos tambaleantes hacia atrás, con el rostro encendido de adrenalina y los ojos azules muy abiertos por el susto, pegando la espalda contra la pared de espejos.—Me... me asustaste —respiró agitadamente, llevándose una mano al pecho mientras intentaba estabilizar el pulso—. No sabía que vendrías tan pronto a la casa... Disculpa si estoy invadiendo tu espacio. La miré de arriba abajo, con la mandíbula apretada y la sangre hirviéndome en las venas ante su cercanía. Mi voz salió con una brusquedad glacial, cargada de una irritación que apenas podía contener —¿Qué haces aquí? Esto es un gimnasio privado, un área restringida de la casa. No puedes entrar y ponerte a entrenar como si estuvieras en el parque de tu pueblo. Valery alzó el mentón, recuperando esa chispa de desafío instantáneo a pesar de la culpa fingida que intentaba reflejar en su expresión. Sus labios se curvaron en una sonrisa cínica, peligrosa, mientras me miraba fijamente a los ojos. —Lo siento... papi —murmuró con una dulzura exagerada, inclinando ligeramente la cabeza—. Haré lo que tú digas. Como tú mandes ese fue el acuerdo ¿No? Al escuchar de nuevo esa maldita palabra saliendo de sus labios rojos, directo en la intimidad del gimnasio y con ese cuerpo semidesnudo frente a mí, mi autocontrol se rompió en mil pedazos. Sin pensarlo, con un movimiento rápido y posesivo, la agarré fuertemente del brazo, tirando de ella hacia mi cuerpo y acorralándola contra la pared fría del espejo, invadiendo por completo su espacio vital. —Ya te dije que no me digas así —le advertí en un susurro grave, un gruñido áspero que brotó desde lo más profundo de mi pecho, rozando sus labios. Para mi absoluta sorpresa y la delatación de mi propio cuerpo, en el preciso instante en que la frase salió de mi boca, el miembro que creía haber calmado bajo la ducha volvió a responder de inmediato, poniéndose dolorosamente erecto contra la suave tela de mi mono deportivo al sentirla tan cerca Valery bajó la mirada por pura inercia. Sus ojos azules cayeron hacia la zona de mi ingle, deteniéndose en la evidencia física e indiscutible de lo que su simple presencia y su voz me provocaban. Un destello de asombro, seguido de una mezcla de triunfo y pánico, cruzó por su rostro. Se quedó completamente paralizada, con los labios entreabiertos, sin atreverse a decir una sola palabra más. El aire entre los dos se volvió denso, eléctrico y absolutamente pecaminoso.Valery Cooper —Tú eres mía. Únicamente mía. Y ni tu abuelo, ni Damián, ni ningún otro imbécil va a cambiar eso jamás. Las palabras de Maximilian no sonaron a una promesa ni a una confesión;ñ fueron una sentencia brutal, una marca de propiedad clavada a fuego y escupida con la voz áspera de un hombre completamente ciego de furia. No me dio tiempo de procesar el veneno que llevaba el nombre de Damián en sus labios, ni de entender por qué los celos lo estaban devorando de esa manera tan salvaje. No me dio tiempo ni siquiera de tomar una bocanada de aire. Antes de que pudiera formular una sola pregunta, sus manos grandes y duras me sujetaron con fuerza implacable de la cintura, elevándome en el aire como si mi cuerpo no pesara absolutamente nada. Mi espalda impactó contra la superficie helada de caoba de mi propio escritorio, desordenando a su paso los informes, carpetas y hojas que meticulosamente había organizado durante la mañana. El chasquido de las carpetas cayendo al piso de m
Maximilian von Weber La puerta del despacho se cerró tras los pasos de Valery, dejando en el ambiente una estela sutil de su perfume que me oprimió la garganta. Respiré hondo para recuperar la compostura y clavé la mirada en el hombre que temblaba al otro lado del escritorio. —Bien, Morales —comenzé, con una voz helada que resonó como un látigo en el silencio de la oficina—. Explíqueme detalladamente de dónde salieron esas notas de crédito y por qué los fondos no ingresaron a las arcas principales. El contador se reajustó los anteojos con dedos torpes, trago saliva con dificultad y dejó caer las manos sobre las piernas. —Señor von Weber... le juro que hay una explicación técnica —balbuceó, con el rostro pálido—. Los proveedores de insumos suelen aplicar fluctuaciones de mercado... Yo solo asenté los valores que me llegaron desde la gerencia de compras... —No me tome por imbécil —sentencié, poniéndome de pie lentamente y apoyando las palmas de las manos sobre la caoba. Me inc
Valery Cooper Cerré la puerta tras de mí con delicadeza, dejando el ruido del pasillo afuera. —¿Cómo estuvo tu noche, Valery? —preguntó Maximilian de inmediato, rompiendo el hielo con una voz grave, densa, que llevaba una carga peligrosa de recuerdo y advertencia sobre lo que habíamos hecho. Me ericé por completo, pero mantuve la distancia. Avancé dos pasos sosteniéndole los documentos contra el pecho y le hablé de manera estrictamente formal. —Estuvo bien, señor von Weber. Sin embargo, la razón por la que estoy aquí es porque he estado revisando los documentos financieros del nuevo proyecto urbanístico. Encontré ciertas discrepancias contables que me parece que están completamente fuera de lugar y que requieren su atención inmediata. Maximilian arqueó una ceja, sorprendido por mi frialdad profesional. Mantuvo la mirada fija en la mía unos segundos antes de señalar con un gesto de la mano el asiento frente a su escritorio. —Toma asiento y explícate —ordenó con voz serena. Me s
Valery CooperAbrí los ojos de golpe y la luz radiante de la mañana me cegó por un instante. Parpadeé confundida, sintiendo la cabeza pesada y el cuerpo envuelto en un cansancio profundo. Miré hacia el reloj de mesa y ahogué un maldito chillido de frustración.Me había pasado de largo.—¡Maldita sea! —murmuré entre dientes, tirando las cobijas a un lado con desesperación.No estaba teniendo una buena entrada en la empresa. Ayer me había ido antes de tiempo tras el altercado en la sala, ¡y hoy llegaba escandalosamente tarde! Me puse de pie y un punzadas aguda me recorrió la cadera. Al dar el primer paso hacia el baño, cada músculo de mi cuerpo protestó en un dolor sordo y abrasador. Tenía la piel sensible, la entrepierna me dolía brutalmente y, sin embargo, al sentir esa molestia física, un latido caliente y húmedo me palpitó en el centro del vientre.En la ducha, dejando que el agua hirviendo me cayera sobre los hombros, me apoyé contra los azulejos y fue imposible no pensar en Maxim
Maximilian von weber —Ayer envié a Damián Ferrero a la mansión —comenzó Toribio tras dar un pequeño sorbo a su taza, manteniendo un tono de conversación maduro y cercano—. Quería que se encontrara con Valery en un entorno neutral, lejos del formalismo de las reuniones familiares. Damián es un joven de una familia tradicional impecable, posee un apellido intachable, una posición sólida en el mundo de los negocios y, para serte del todo sincero, ha mantenido un afecto muy profundo por ella desde hace años. Es un prospecto extraordinario, Maximilian. Es el hombre indicado para ella y por eso he venido a pedirte que me ayudes a allanar el camino, a respaldarme para que ellos dos vayan acercándose sin tanta resistencia por parte de Valery.En el fondo de mi estómago, una punzada amarga, ácida y abrasadora se encendió de inmediato. La imagen de Damián parado en el pórtico de mi casa, reclamando a la chica que apenas un par de horas más tarde estaría gimiendo mi nombre desenfrenadamente e
Maximilian von WeberDesperté en la penumbra helada de mi propia habitación, con el cuerpo tenso, la mandíbula apretada y la mirada fija en el techo de escayola. Al estirar la mano, la sábana a mi lado estaba lisa, intacta, fría. Ella no estaba allí. Tras la tormenta desencadenada en la sala, la había tomado una y otra vez quería que ella supiera que era mia, quería que me sintiera incluso sin estar dentro de ella.Al finalizar la había cargado en brazos escaleras arriba, sintiendo el peso liviano de su figura contra mi pecho, y la había depositado con extrema firmeza sobre su cama, exhausta, despeinada y completamente rendida al cansancio. No me quedé a su lado. No volví a compartir la cama con nadie ni a permitir que una mujer durmiera sobre mi brazo desde la muerte de Sarah. Era una frontera moral que me negaba rotundamente a cruzar, una especie de trinchera invisible que mantenía levantada para convencerme de que aún conservaba un ápice de decencia.Sin embargo, estar a unos po







