LOGIN—Su Alteza, de verdad, no entiendo por qué insistió en venir a México. Tenemos compromisos en Lisboa, en París, el consejo está preguntando por usted. Y si no muestra interés en encontrar una esposa pronto, Diego va a aprovechar cada minuto de su ausencia.
—Ya lo sé —dije, sin mirarlo—. Lo sé, lo sé y lo sé. —Entonces, ¿por qué estamos aquí? Esta conferencia pudo haberla atendido el ministro de Asuntos Exteriores. Usted no tiene nada que hacer en un hotel de lujo en Bucama. —Porque necesito respirar, Iñigo. ¿Entiendes eso? Necesito un lugar donde nadie me mire como si fuera un pedazo de carne que hay que vender al mejor postor. —Con todo respeto, Su Alteza, en España lo miran como su rey. Y los reyes se casan. Los reyes tienen herederos. Los reyes no se pasan las noches en bares ni huyendo de sus guardias. —¿Quieres que te destituya? —No puede, soy su único amigo. Sonreí a pesar de todo. Iñigo tenía razón. Era mi único amigo, el único que se atrevía a decirme las cosas a la cara sin importarle el protocolo. Su padre había sido consejero de mi padre, y él heredó el puesto con la misma lealtad y la misma lengua afilada. Salimos del ascensor y cruzamos el pasillo del piso presidencial. Iñigo seguía hablando, pero su voz se fue haciendo un murmullo de fondo porque mis ojos se detuvieron en algo que no esperaba ver. Una mujer. Una mujer morena, de pelo revuelto y uniforme azul, bailaba en medio del pasillo con una escoba. No, no bailaba. Flotaba. Se movía como si la música solo existiera para ella, como si el mundo entero se hubiera detenido y ella fuera la única persona viva. Movía la escoba como si fuera un compañero de baile, la giraba, la abrazaba y se reía mientras daba vueltas. Y cantaba. Cantaba algo en español, una canción que no reconocía, pero su voz era ronca y alegre, como si no le importara quién la escuchara. Me quedé clavado en el suelo. —Nunca había visto a alguien que ame tanto su trabajo —dijo Iñigo, y su voz llegó desde muy lejos. —¿Qué? —pregunté, sin apartar la vista. —Que nunca había visto a una mucama tan feliz. Mire, hasta baila con la escoba. ¿No le parece curioso? No respondí. No podía. Estaba hipnotizado por la manera en que se movía, por la forma en que su cabello saltaba con cada giro, por la sonrisa que le iluminaba el rostro. Era una sonrisa sin filtros, sin protocolo y sin máscaras. Era una sonrisa de esas que no se ensayan. Ella se detuvo de repente. Se quedó quieta, con la escoba en alto y la mirada perdida en el techo. Luego soltó una risa, una risa genuina, y se pasó la mano por la frente. No nos había visto. Estaba tan metida en su mundo que no se dio cuenta de que dos hombres con traje la observaban desde el final del pasillo. Iñigo seguía hablando. Decía algo sobre la agenda, sobre la reunión con los inversionistas mexicanos y sobre la cena de gala. Pero sus palabras eran solo ruido blanco. Yo no podía despegar los ojos de ella. —...y luego tendremos que recibir al embajador, aunque no sé si será necesario porque ya confirmó su asistencia. También habrá que revisar los informes de seguridad, porque la prensa anda muy activa estos días... —Iñigo. —...y no me gusta la idea de que haya tantos civiles en el hotel. La seguridad es un tema delicado, ya sabe cómo se ponen los servicios de inteligencia... —Iñigo. —...y además tenemos que hablar con el gerente del hotel, dicen que es un hombre de confianza pero no me fío... Una mano pasó frente a mis ojos. La aparté con impaciencia. —¿Qué decías? —pregunté, tratando de sonar normal. Iñigo me miró con una ceja levantada. Luego siguió mi mirada hasta el final del pasillo, donde la mujer seguía inmóvil con su escoba. —Ah —dijo, y en ese "ah" cabía todo su escepticismo—. ¿Le interesa la mucama, Su Alteza? —No digas tonterías. —No dije nada. Solo pregunté. —Pues no me interesa. Estaba distraído. —Por supuesto. Distraído. Con la mucama que baila y canta en medio del pasillo. Muy normal, sí. Lo fulminé con la mirada, pero él no se inmutó. Sonrió con esa sonrisa de "ya te descubrí" que tanto me saca de quicio. —Es hora de irnos —dijo, consultando su reloj—. La reunión es en quince minutos y no podemos llegar tarde. Ya sabe cómo se ponen los inversionistas si los hacen esperar. —Vamos. Comencé a caminar, pero no pude evitar voltear una vez más. Ella seguía allí, ahora apoyada en la escoba, mirando por la ventana del pasillo. El sol de la tarde le daba en el rostro y sus ojos se entrecerraban con pereza. No tenía idea de quién era yo. No tenía idea de que un rey la estaba mirando como si fuera el primer amanecer que veía en años. Y quizá por eso me gustó tanto. Porque no me miraba. Porque no sabía que existía. Porque no me pedía nada. Entramos a la sala de juntas. El salón era enorme, con una mesa de caoba que reflejaba la luz de las lámparas. Hombres y mujeres con traje esperaban, todos de pie cuando entré. Hice una inclinación rápida y me senté en la cabecera, con Iñigo a mi derecha. El gerente del hotel, un hombre gordo y sudoroso llamado Arturo, empezó a hablar sobre los protocolos y las medidas de seguridad. Otro hombre, un inversionista, preguntó sobre mi estancia y mis planes. Yo asentía, respondía con frases cortas, hacía lo que se esperaba de mí. Pero en mi cabeza no estaba ninguno de ellos. En mi cabeza, ella seguía bailando. Seguía moviendo esa escoba como si fuera un cetro, como si el pasillo del hotel fuera un salón de baile y yo un espectador invisible. Seguía riéndose con esa risa que sonaba a libertad. —Su Alteza —dijo Iñigo, tocándome el brazo—. ¿Está bien? —Sí, perfectamente. —Lleva cinco minutos mirando la pared. Parpadeé. Todos los presentes me observaban con curiosidad. Enderecé la espalda y tosí. —Disculpen. Solo estaba reflexionando sobre los puntos que han mencionado. El inversionista sonrió, satisfecho. Iñigo, en cambio, me miró con incredulidad y diversión. —Muy bien —dijo el gerente, rompiendo el silencio—. Entonces, ¿confirmamos la visita al ala este mañana? —Confirmado —respondí, sin saber realmente a qué me estaba comprometiendo. La reunión continuó. Hablaron de presupuestos, de fechas, de invitados. Yo asentía en los momentos justos, hacía preguntas genéricas y firmaba documentos sin leerlos. Pero mi mente estaba en otro lugar. En esa mujer morena que bailaba como si el mundo no existiera. Cuando la reunión terminó, todos se levantaron y me estrecharon la mano. El gerente se deshizo en cortesías, los inversionistas me desearon una buena estancia, y yo sonreí como se esperaba de mí. Iñigo me tomó del brazo y me llevó hacia la salida. —¿La mucama? —preguntó, en voz baja. —No sé de qué hablas. —Claro que no. Usted nunca se distrae con mujeres. Usted es un rey serio y concentrado. —Cállate, Iñigo. —Como usted ordene. Pero sepa que voy a investigar quién es. Por seguridad, claro. —No hagas eso. —¿Por qué? ¿Le preocupa que se entere de quién es usted? No respondí. Caminé en silencio por el pasillo, tratando de no mirar hacia el lugar donde la había visto. Pero era inútil. Su imagen estaba grabada en mi mente, y no importaba cuánto caminara, no importaba cuántas reuniones tuviera, ella seguía ahí. Bailando y riéndose. Con una escoba que se movía al ritmo de su propia música. Y yo, el rey de España, el que nunca se había fijado en nadie, el que había tenido amantes por todo el mundo sin sentir nada, estaba obsesionado con una mucama que no sabía ni que existía. Iñigo me miró y negó con la cabeza. —Esto no va a terminar bien —dijo. —No empecé nada. —Eso es lo que más me preocupa. Porque cuando usted empieza algo, lo termina. Pero cuando no empieza... ahí es donde se vuelve peligroso.—Viridiana —dijo—. ¿Siempre besas a desconocidos así?—Solo cuando me caigo encima de ellos —respondí, y mi risa salió más alta de lo que quería—. Es un método infalible. ¿Nunca lo has intentado?—No, pero estoy considerándolo seriamente.Mariana, mientras tanto, seguía en los brazos del de la camisa azul, riéndose como si hubiera ganado la lotería.—¡Amiga! —gritó, señalándome con el dedo—. ¡Te confundiste de galán y ya van tres besos! ¡Tres! ¡Y yo que solo quería que te divirtieras!—¡Pues me estoy divirtiendo! —le grité de vuelta—. ¡Y tú también, no te hagas!El de la camisa azul soltó una risa y la giró como si estuvieran bailando un vals.—Creo que tu amiga tiene razón —dijo, mirándome—. Pero también creo que el destino tuvo algo que ver con esta confusión.—El destino o mis pies torpes —corregí.El hombre que me seguía sujetando de la nuca me soltó lentamente, como si le costara trabajo despegarse de mí. Se puso de pie y me extendió la mano.—¿Quieres bailar? —preguntó—. Pero es
Total, que el día terminó y yo ya estaba lista para irme a mi departamento, ponerme mis pijamas de osito y ver un drama coreano hasta que el sueño me venciera. Pero entonces mi teléfono vibró. Y vi el nombre en la pantalla.Javier.No debí contestar. Lo sé. Pero tengo esa maldita costumbre de querer cerrar ciclos con mis propias manos, así sea a base de gritos. Deslicé la pantalla y lo escuché respirar al otro lado, con esa soberbia que le conozco tan bien.—Ya vi que te pusieron a limpiar la suite presidencial. Qué triste, Viridiana. De mi señora a mucama. Sin mí, siempre terminas en el fondo.Sentí que la sangre me hervía.—¿Me llamaste nada más para recordarme que eres un patán con complejo de superioridad? —pregunté, apretando el teléfono con todas mis fuerzas—. Porque ya lo sabía, no necesito que me lo repitas.—Solo digo que si hubieras sido más flexible, y comprensiva, estarías en una casa bonita con un esposo que te mantiene. Pero no, tú siempre quieres hacer las cosas a tu m
Me quedé en medio de la suite, escuchando el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido un maratón. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que no sentía desde hacía años.Era ella.La mujer del pasillo. La que bailaba con la escoba. La que se había metido en mi cabeza sin permiso y se había instalado allí como si fuera su casa.Y ahora había estado aquí, en mi habitación, había visto mi cuerpo desnudo, había tocado mi pierna, había jalado mi toalla, y había dicho que llevaba más de un año sin sexo mientras se ruborizaba como una adolescente.No pude evitar sonreír. A pesar de todo, a pesar del ridículo, a pesar de que había quedado como un idiota con la toalla en el suelo y la mirada perdida, no pude evitar sonreír.—Era ella —murmuré en voz alta, y mi voz sonó ronca y extraña, como si no fuera la mía.Caminé hacia la mesa donde había dejado mi teléfono. Necesitaba un baño de agua fría. No, necesitaba dos baños de agua fría
Llevaba tres días limpiando la suite presidencial y el famoso rey de España seguía siendo un fantasma. Nunca lo veía. Solo sus cosas: trajes tirados por el suelo, zapatos en medio del pasillo, toallas mojadas encima de la cama. Un desastre. Para ser un monarca, el tipo era más desordenado que mi exmarido, y eso ya es decir mucho.Esa mañana toqué la puerta como siempre. Tres golpes secos y educados.—¿Señor? Servicio de limpieza.Silencio.Toqué otra vez, un poco más fuerte.—¿Señor? ¿Está ahí? Voy a entrar a limpiar.Nada. Ni una voz, ni un movimiento, ni un "pase adelante". Supuse que no estaba, como siempre. Seguro andaba en sus reuniones importantes. Total, a mí qué me importaba. Yo solo quería limpiar, cobrar mi quincena y largarme a mi departamento diminuto a ver mis dramas coreanos.Abrí la puerta y entré.La suite era enorme. Cortinas de terciopelo color vino, muebles de madera oscura que parecían antigüedades y un jacuzzi que cabía toda mi colonia. Pero también estaba hecha u
—Su Alteza, de verdad, no entiendo por qué insistió en venir a México. Tenemos compromisos en Lisboa, en París, el consejo está preguntando por usted. Y si no muestra interés en encontrar una esposa pronto, Diego va a aprovechar cada minuto de su ausencia.—Ya lo sé —dije, sin mirarlo—. Lo sé, lo sé y lo sé.—Entonces, ¿por qué estamos aquí? Esta conferencia pudo haberla atendido el ministro de Asuntos Exteriores. Usted no tiene nada que hacer en un hotel de lujo en Bucama.—Porque necesito respirar, Iñigo. ¿Entiendes eso? Necesito un lugar donde nadie me mire como si fuera un pedazo de carne que hay que vender al mejor postor.—Con todo respeto, Su Alteza, en España lo miran como su rey. Y los reyes se casan. Los reyes tienen herederos. Los reyes no se pasan las noches en bares ni huyendo de sus guardias.—¿Quieres que te destituya?—No puede, soy su único amigo.Sonreí a pesar de todo. Iñigo tenía razón. Era mi único amigo, el único que se atrevía a decirme las cosas a la cara sin i
Nunca pensé que firmaría esos papeles. Cuando lo hice, en el patio de la casa, con el humo de mis camisas quemadas subiendo al cielo, pensé que era un acto de cobardía. Que ella se había salido con la suya. Pero no. Fue estrategia. Porque yo sabía que, sin mí, Viridiana no duraría ni un mes. Y no duró. El primer trabajo que consiguió fue en una tienda de ropa. Una amiga de ella, Mariana, le consiguió la entrevista. Yo me enteré porque tengo contactos, porque siempre los he tenido. Una llamada al dueño, una pequeña mentira sobre su historial laboral, y listo. La tienda cerró a los dos meses. No fue casualidad. Fue planeado. Cada vez que ella conseguía algo, yo encontraba la manera de arrebatárselo. Porque ella tenía que volver. Tenía que darse cuenta de que sin mí no era nadie. Ahora, verla en el hotel, con ese uniforme ridículo y ese carrito de limpieza, fue un golpe bajo. No esperaba encontrármela allí. No esperaba que, después de todo, ella siguiera peleando. Y lo peor es que me







