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Capitulo 4 Javier

Author: Itha León
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-22 23:51:15

Nunca pensé que firmaría esos papeles. Cuando lo hice, en el patio de la casa, con el humo de mis camisas quemadas subiendo al cielo, pensé que era un acto de cobardía. Que ella se había salido con la suya. Pero no. Fue estrategia. Porque yo sabía que, sin mí, Viridiana no duraría ni un mes.

Y no duró.

El primer trabajo que consiguió fue en una tienda de ropa. Una amiga de ella, Mariana, le consiguió la entrevista. Yo me enteré porque tengo contactos, porque siempre los he tenido. Una llamada al dueño, una pequeña mentira sobre su historial laboral, y listo. La tienda cerró a los dos meses. No fue casualidad. Fue planeado. Cada vez que ella conseguía algo, yo encontraba la manera de arrebatárselo. Porque ella tenía que volver. Tenía que darse cuenta de que sin mí no era nadie.

Ahora, verla en el hotel, con ese uniforme ridículo y ese carrito de limpieza, fue un golpe bajo. No esperaba encontrármela allí. No esperaba que, después de todo, ella siguiera peleando. Y lo peor es que me miró con esos ojos que yo conocía bien, esos ojos que decían "no me vas a quebrar". Me recordó a aquella noche en el patio, cuando me quemó la ropa y me obligó a firmar. Y por eso estaba molesto. Porque ella no se había rendido. Porque todavía no dependía de mí.

—Javier, ¿estás bien? —preguntó Cecilia desde la cama.

—Estoy bien —dije, sin mirarla.

—No te creo. Desde que viste a tu ex, estás como ausente.

—Dije que estoy bien.

Me senté en el borde de la cama y me pasé las manos por la cara. Ella se levantó y se puso detrás de mí, rodeándome el cuello con sus brazos.

—No entiendo por qué te afecta tanto. Ya están divorciados, ya no es tu problema. Además, la viste, está bien. Tiene trabajo, está en un buen hotel...

—No está bien —la interrumpí—. No está bien porque ella debería estar en casa. Conmigo. Pero se empeñó en irse, en hacer las cosas a su manera.

—¿Tú querías que se quedara? —preguntó Cecilia, y su voz sonó confundida—. Javier, tú me dijiste que ya no la querías, que ella era una carga...

—Y lo es —mentí—. Pero es mi carga. ¿Entiendes? Nadie más puede llevarla. Nadie más puede cuidarla. Ella no sabe cómo funciona el mundo real. Por eso sus trabajos duran tan poco... Por eso siempre termina fracasando.

Cecilia se separó de mí y se sentó a mi lado en la cama.

—¿Tú has tenido que ver con eso? —preguntó, con los ojos entrecerrados.

—No sé de qué hablas.

—Javier, he estado contigo estos meses. Te he visto hacer llamadas, te he visto hablar con gente. ¿Le has estado cerrando las puertas?

No respondí. No necesitaba hacerlo. Ella lo sabía. Cecilia era inteligente, por eso la elegí. Sabía cuándo callar y cuándo preguntar. Pero esta vez no se calló.

—¿Por qué? —insistió—. ¿Por qué le haces eso si ya no son nada?

—Porque ella no puede estar sin mí —dije, y la verdad salió más cruda de lo que esperaba—. Yo la construí. Yo la mantuve. Yo le di todo lo que tenía. Y ella me pagó quemando mis cosas y haciéndome firmar el divorcio.

—Tú le fuiste infiel, Javier. Tú empezaste todo esto.

—Eso no importa. Ella debería haberme perdonado. Las mujeres perdonan. Mi madre perdonó a mi padre. Mi abuela perdonó a mi abuelo. Pero ella no. Ella prefirió irse con sus sueños pendejos a trabajar de mucama en un hotel.

Cecilia suspiró y se levantó. Se puso el batín de seda que le había comprado y caminó hacia la ventana.

—¿Sabes qué creo? —dijo, sin voltear—. Creo que nunca la superaste. Creo que estás conmigo porque te da miedo estar solo, pero en tu cabeza sigues con ella.

—No digas tonterías.

—Entonces bésame.

—¿Qué?

—Bésame como si ella no existiera. Demuéstrame que estás conmigo.

Se dio la vuelta y caminó hacia mí. Yo la agarré por la cintura y la besé con fuerza. Quería borrar a Viridiana de mi mente. Quería que el cuerpo de Cecilia, su olor y su piel, me hiciera olvidar. Pero no funcionó.

Mientras besaba a Cecilia, veía la cara de Viridiana. Veía sus ojos clavados en los míos en el pasillo del hotel, veía el fuego reflejado en su mirada mientras quemaba mis camisas, veía su boca diciendo "firma" con una determinación que nunca antes le había visto.

La recosté en la cama y continué. Cecilia gemía, se aferraba a mi espalda, susurraba mi nombre. Pero yo no la veía a ella. Veía a Viridiana. Veía su pelo revuelto, su risa burlona y su manera de caminar como si el mundo le perteneciera. Maldita sea.

Cuando terminé, me quedé boca arriba, mirando el techo. Cecilia se acurrucó a mi lado, pero no me importó. Solo pensaba en una cosa.

—¿Todavía estás pensando en ella? —preguntó Cecilia, con la voz apagada.

—No —mentí.

Se levantó y se fue al baño. Cerró la puerta con un golpe. Yo me quedé allí, solo, escuchando el agua correr. Y en mi cabeza, un solo nombre.

Viridiana.

No podía dejar que siguiera trabajando en ese hotel. No podía dejar que se sintiera libre, que se sintiera independiente. Porque si ella lograba salir adelante, entonces todo lo que hice, todas las mentiras, todas las trampas, todo fue en vano.

Me levanté y tomé mi teléfono. Busqué el contacto de don Arturo. No era necesario hablar con él, ya había hecho mi parte. La había puesto en la suite presidencial, el lugar más difícil, donde cualquier error sería fatal. Solo esperaría.

Pero mientras esperaba, algo en mi interior se retorcía. Una parte de mí quería que ella fallara. Y otra, la más pequeña, la que no quería admitir, quería que ella triunfara. Porque si triunfaba, quizá...

Pero era demasiado tarde para eso. Ya había cruzado la línea. Y no había vuelta atrás.

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