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Capítulo 8 Viry

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-24 13:47:16

Total, que el día terminó y yo ya estaba lista para irme a mi departamento, ponerme mis pijamas de osito y ver un drama coreano hasta que el sueño me venciera. Pero entonces mi teléfono vibró. Y vi el nombre en la pantalla.

Javier.

No debí contestar. Lo sé. Pero tengo esa maldita costumbre de querer cerrar ciclos con mis propias manos, así sea a base de gritos. Deslicé la pantalla y lo escuché respirar al otro lado, con esa soberbia que le conozco tan bien.

—Ya vi que te pusieron a limpiar la suite presidencial. Qué triste, Viridiana. De mi señora a mucama. Sin mí, siempre terminas en el fondo.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Me llamaste nada más para recordarme que eres un patán con complejo de superioridad? —pregunté, apretando el teléfono con todas mis fuerzas—. Porque ya lo sabía, no necesito que me lo repitas.

—Solo digo que si hubieras sido más flexible, y comprensiva, estarías en una casa bonita con un esposo que te mantiene. Pero no, tú siempre quieres hacer las cosas a tu modo, y mira dónde estás.

—Estoy trabajando, Javier. Honestamente. Algo que tú no sabes hacer. Pero no te preocupes, que yo no necesito tu lástima ni tu dinero. Y para que sepas, no estoy en el fondo. Estoy empezando. Y eso es más de lo que tú hiciste en ocho años.

Colgué. Lo dejé con la palabra en la boca, porque sabía que eso le ardía. Pero cuando el teléfono se apagó, sentí que las lágrimas me querían traicionar. No de tristeza, sino de coraje.

Mariana, que había escuchado toda la conversación desde la puerta, entró con una botella de agua en la mano.

—Ya estuvo, Viri. —Dejó la botella en la mesa y me agarró por los hombros—. Esta noche vamos a bailar. Te invito, no acepto un no por respuesta. Vamos a un lugar con música bien fuerte y luces de colores, y vamos a bailar hasta que se te olvide hasta tu nombre.

—No tengo ganas, Mariana. Quiero llegar a mi casa y...

—¿Y qué? ¿Llorar por ese idiota? ¿Dejarlo que te gane? No, señora. Te voy a llevar a un antro donde nadie te conozca, donde nadie te juzgue, y donde tú puedas ser esa mujer feroz que le prendió fuego a las camisas de su exmarido. ¿O ya se te olvidó quién eres?

Me quedé callada. Tenía razón. No había llegado hasta aquí para derrumbarme por Javier. Me sequé los ojos con el dorso de la mano, me puse de pie y asentí.

—Está bien. Pero si me pongo a llorar en medio de la pista, me sacas de ahí.

—Trato hecho. —Mariana sonrió con picardía—. Y si te pones a bailar como si no hubiera un mañana, te compro un trago más.

—¿Dos tragos?

—Tres. Pero no te pases.

Dos horas después estábamos en una discoteca con luces que giraban como carrusel y música que vibraba hasta los huesos. El lugar estaba lleno de gente bailando, riendo y chocando sus vasos. Mariana me agarró de la mano y me llevó directo a la pista, sin darme tiempo para pensarlo.

Y bailamos.

Dios, si alguien nos hubiera visto, habría pensado que éramos dos locas escapadas de un hospital. Movíamos los brazos como aspas, girábamos sin control, saltábamos al ritmo de la música como si no hubiera un mañana. El calor nos subía por las mejillas, el sudor nos pegaba el cabello a la frente, y por primera vez me olvidé de Javier, de la suite y de ese cuerpo de infarto que había visto sin querer.

Después del tercer trago, me apoyé en la barra y señalé a Mariana con el dedo.

—¿Sabes qué, Mari? Javier piensa que no puedo tener un hombre. —Mi voz salió un poco más alta de lo que pretendía—. Que estoy destinada a estar sola porque soy muy difícil, muy necia y muy berrinchuda. Y lo que él no entiende es que no tengo un hombre porque NO QUIERO lidiar con inmaduros. ¿Me explico?

Mariana se rió y me pasó un brazo por los hombros.

—Pues entonces demuéstralo, mi Viri. —Su voz era un susurro cómplice cerca de mi oído—. Demuestra que puedes tener a cualquier hombre que quieras. Sin compromiso, sin drama, solo para que te sientas viva. Mira a todos estos tipos. ¿Cuál te gusta?

Me giré lentamente, con la cabeza un poco pesada y la vista bailándome por el exceso de luces. Había hombres de todos los tamaños, colores y estilos. Pero entonces Mariana me dio un codazo y señaló hacia la derecha.

—Mira a aquel. El de la camisa azul, sentado en la barra. —Apretó los ojos y sonrió—. Está guapísimo, Viri. Tiene buena espalda y se ve elegante. Ve y conquístalo.

Miré hacia donde señalaba. Efectivamente, había un hombre de camisa azul, con el pelo bien peinado y una postura recta que delataba seguridad. No era mi tipo, o al menos no el tipo que imaginaba, pero en ese momento, con el alcohol recorriéndome las venas y la rabia aún caliente, me pareció el desafío perfecto.

—Ahí voy —dije, ajustándome el vestido rojo que me había prestado Mariana—. Voy a conquistar a ese hombre y le voy a demostrar a Javier que no necesito a nadie, pero que si quiero, puedo tener a cualquiera.

Me separé de la barra y caminé hacia él. Mis pasos no eran los más firmes. El piso parecía moverse un poquito, y tuve que agarrarme de una silla para no tambalearme. Pero no importaba. Yo era una mujer con una misión.

Crucé la pista de baile, esquivando parejas y mesas, con la mirada fija en la camisa azul. Ya casi llegaba. Ya casi estaba frente a él. Solo necesitaba dar dos pasos más y tocar su hombro.

Pero entonces, el destino decidió jugarme una mala pasada.

Mi pie tropezó con algo. No sé si fue una bolsa, un zapato o una pierna mal colocada. Pero el caso es que perdí el equilibrio, solté un gritito ahogado y caí hacia un costado, directo a las piernas de otro hombre.

Sentí sus muslos firmes bajo mis manos, y el calor de su cuerpo a través de la tela de su pantalón. Levanté la mirada, aturdida, y me encontré con un par de ojos oscuros que me miraban con sorpresa. Tenía la mandíbula marcada, la barba de medio día y una boca que se curvaba en una sonrisa apenas insinuada. Y olía a algo fresco, como a menta y a bosque después de la lluvia.

No dijo nada. Solo me sostuvo por los brazos para que no me fuera de nuevo al suelo. Y en ese gesto, en esa firmeza, sentí que algo me conocía, que aquella mano ya la había sentido antes. Pero mi cabeza daba vueltas y no podía pensar con claridad.

El alcohol, la música y la rabia se mezclaron en un cóctel peligroso. En lugar de disculparme y levantarme, me quedé allí, en sus piernas, mirándolo como si fuera el hombre más interesante del mundo. Y entonces, sin saber muy bien cómo, incliné el rostro y lo besé.

Sí. Besé a un completo desconocido en medio de una discoteca, en sus piernas, como si eso fuera lo más normal del mundo.

Su boca era suave, y al principio se quedó quieto, sorprendido. Pero luego, respondió. Me sujetó por la cintura con una mano y me devolvió el beso con una intensidad que me dejó sin aire. Y yo, que había ido a conquistar al de la camisa azul, estaba besando a este desconocido de piernas firmes y mirada profunda.

Cuando me separé de él, sentí que me faltaba el aire. Mi corazón latía tan rápido que creí que iba a salirse por la boca. Todo había sido tan rápido, tan inesperado, que mi cerebro no alcanzaba a procesar lo que acababa de hacer. Y entonces, como siempre me pasa cuando estoy nerviosa, mi boca se abrió y las palabras empezaron a salir sin control.

—Ay, no... es que yo no... yo venía a besar a otro, pero usted salió al paso, y el piso estaba resbaloso, y su pierna se atravesó, y no sé cómo explicarlo, pero sus manos se sienten muy... firmes. ¿Huele a menta? Sí, huele a menta. Y a bosque. ¿Por qué huele a bosque si estamos en una disco? Y sus ojos... tiene unos ojos que...

No pude terminar la frase. Él, sin mediar palabra, alzó una mano y la colocó en mi nuca. Con un movimiento suave, me atrajo hacia él y me dio otro beso. Este fue más largo y más profundo, como si quisiera callarme de la mejor manera posible. Y funcionó.

Pero entonces una mano me agarró del brazo y me separó de él con brusquedad.

—¡Amiga, te confundiste de galán! —gritó Mariana, con los ojos muy abiertos y la boca hecha una O—. ¡Ese no es el que te señalé! ¡Ese es otro! ¡Otro completamente diferente!

Parpadeé, aturdida. Miré al hombre de la camisa azul, que seguía sentado en la barra, tomando su copa sin inmutarse. Luego miré al hombre que acababa de besar, el de la mirada profunda, que me observaba con una sonrisa divertida y las manos aún extendidas como si quisiera atraparme de nuevo.

—¿Ah, no era él? —pregunté, sintiendo que el mundo se me tambaleaba—. Pero si estaba justo ahí... y él estaba aquí... y el piso resbaló...

—¡No, Viri! —Mariana me sacudió los hombros—. ¡Te equivocaste de persona!

Mariana estaba tan enfocada en regañarme que no vio la bolsa que tenía detrás. Dio un paso atrás, tropezó con ella y comenzó a caer hacia atrás con los brazos en alto, como si estuviera haciendo una coreografía de emergencia.

Pero no cayó al suelo. Cayó directo a los brazos del hombre de la camisa azul, que la atrapó con reflejos felinos. La sostuvo en el aire un segundo, como si fuera una bailarina, y luego la puso de pie lentamente.

El hombre de la camisa azul la miró con una ceja levantada y una sonrisa burlona.

—¿Y yo? —preguntó, señalándose a sí mismo con el pulgar—. A mí también me van a besar o solo es a él la promoción de hoy.

Mariana se quedó tan roja como mi vestido y tartamudeó algo que no se entendía. Yo, todavía con la mano del primer hombre en la nuca, miré a Mariana, luego al de la camisa azul, luego al que me había besado, y por último al techo, como pidiendo ayuda divina.

—Mariana —dije, con la voz temblorosa por la risa que ya no podía contener—, creo que me equivoqué de dirección. Pero creo que llegué a un lugar mejor.

El hombre que me seguía sujetando soltó una risa grave y baja, y su mano en mi nuca se tensó apenas, como si no quisiera soltarme. Yo, con el corazón en la garganta y la cabeza llena de preguntas, solo atiné a mirarlo fijamente y pensar: ¿Por qué tus manos me suenan tan conocidas?

Pero antes de que pudiera formular la pregunta, la música volvió a subir, y Mariana, todavía en los brazos del de la camisa azul, soltó una carcajada tan contagiosa que terminé riéndome también.

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