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Capítulo 7 Alejandro

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-24 13:46:32

Me quedé en medio de la suite, escuchando el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido un maratón. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que no sentía desde hacía años.

Era ella.

La mujer del pasillo. La que bailaba con la escoba. La que se había metido en mi cabeza sin permiso y se había instalado allí como si fuera su casa.

Y ahora había estado aquí, en mi habitación, había visto mi cuerpo desnudo, había tocado mi pierna, había jalado mi toalla, y había dicho que llevaba más de un año sin sexo mientras se ruborizaba como una adolescente.

No pude evitar sonreír. A pesar de todo, a pesar del ridículo, a pesar de que había quedado como un idiota con la toalla en el suelo y la mirada perdida, no pude evitar sonreír.

—Era ella —murmuré en voz alta, y mi voz sonó ronca y extraña, como si no fuera la mía.

Caminé hacia la mesa donde había dejado mi teléfono. Necesitaba un baño de agua fría. No, necesitaba dos baños de agua fría. Quizá un mes entero de agua fría. Porque esa mujer había encendido algo en mí.

En el suelo, junto al zapato que había provocado su caída, vi un pequeño rectángulo de plástico. Lo recogí y lo giré entre mis dedos. Era su identificación de empleada. Tenía una foto suya, seria, con el uniforme bien puesto y el pelo recogido. Pero yo ya sabía cómo era cuando no estaba seria. Ya sabía cómo se movía, cómo se reía, cómo se ruborizaba.

—Viridiana Mendoza López —leí en voz alta, y su nombre sonó como una canción en mis labios—. Viridiana.

Guardé la tarjeta en el bolsillo de mi bata y tomé la toalla del suelo. Me la até a la cintura, tratando de recobrar la compostura. Tenía que salir. Tenía que buscarla. Tenía que decirle algo, cualquier cosa, para que no pensara que era un pervertido que se quedaba desnudo esperando a que entraran las mucamas.

Abrí la puerta y asomé la cabeza. El pasillo estaba vacío. Ya no estaba ella.

—¿Su Alteza? —la voz de Iñigo llegó desde el ascensor—. ¿Qué hace en toalla en medio del pasillo? ¿Se ha vuelto loco?

Cerré la puerta de golpe y me apoyé contra ella.

—No estoy loco.

Iñigo entró, porque claro, él tiene llave de todo. Me miró de arriba abajo con esa expresión de "este hombre va a terminar en un manicomio".

—Está en toalla. Mojado. Respirando como si acabara de correr los cien metros. Y con una sonrisa que no le había visto en meses. ¿Qué pasó aquí?

—Nada.

—¿Nada? ¿Con esa cara? Su Alteza, llevo quince años conociéndolo. Sé cuándo pasa algo.

—Pues no pasó nada. —Me pasé la mano por el pelo, todavía mojado—. Solo... una mucama entró mientras me bañaba.

—¿Y eso le causa esa felicidad? ¿Que una mucama entre a su habitación?

—Iñigo.

—¿Qué?

—Cállate.

Me fui al baño y abrí la regadera. El agua fría me golpeó el pecho y sentí que mi cerebro empezaba a funcionar de nuevo. Pero la imagen de ella no se iba. Sus ojos, su boca abierta, su mano en mi pierna, el momento en que la toalla cayó y ella lo vio todo.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra la pared de azulejos.

—Esto no puede estar pasando —murmuré.

Cuando salí, Iñigo estaba sentado en el sofá con una bolsa de ropa en las manos.

—Tengo una idea —dijo, con esa sonrisa de "te va a encantar"—. Vamos a salir esta noche. He planeado una distracción para la guardia. Podemos pasar desapercibidos, ir a un bar, tomar algo y divertirnos.

—No tengo ganas de salir.

—Pues va a tener que tenerlas. Ya está programado su vuelo a España. Nos vamos en tres días y tiene una agenda llena de compromisos. Esto es su última oportunidad de hacer algo que no sea firmar documentos y asistir a reuniones.

—Iñigo...

—No me diga que no. —Dejó la bolsa en la mesa—. Le he traído ropa casual. Ropa de verdad. Nada de trajes ni corbatas. Solo usted, un bar, y el anonimato.

—¿Anonimato? Soy el rey de España. Todo el mundo me conoce.

—No en México. Y si se pone una gorra, un poco de barba de dos días, y habla con acento mexicano, nadie lo va a reconocer.

—¿Acento mexicano? ¿Estás loco?

—Puede practicar. Diga "qué onda" y "no manches". Aunque siendo sincero, con lo español que es usted, mejor finja que es un turista europeo.

Solté un suspiro.

—No tengo intención de salir.

—Tiene intención de divertirse. Y yo sé que lleva meses sin hacerlo. Desde que su padre falleció, solo ha trabajado y sufrido. Mézquese un poco, Su Alteza. Por favor.

Me quedé callado un momento. Luego miré la bolsa de ropa y, contra todo mi instinto, asentí.

—Una hora. Solo una hora.

—Lo que usted diga.

Tres horas después estábamos en un bar. Un lugar pequeño, con luces tenues y música a todo volumen. Llevaba una camisa negra, unos pantalones oscuros y una gorra que me cubría medio rostro. Iñigo se sentó a mi lado, pidió dos cervezas y me miró con satisfacción.

—¿Ve? No es tan difícil. Nadie lo reconoce.

—Porque nadie mira a un tipo con gorra en un bar cualquiera.

—Exacto... Relájese y disfrute.

Pero no podía relajarme. La música era demasiado alta, la gente demasiado ruidosa, y yo seguía pensando en ella. En Viridiana. En su nombre. En la forma en que había dicho "más de un año sin relaciones" como si fuera un secreto que no podía guardar.

—Oye tú, ¿estás bien? —preguntó Iñigo, usando el "tú" para mantener la farsa.

—Sí, claro. Perfectamente.

—Pareces un robot.

—Soy un robot.

Pedí otra cerveza y traté de fingir que me divertía. Intenté hablar con el acento mexicano, pero se me escapaban palabras como "vale" y "hostia" y "tío", y la gente me miraba raro. Iñigo se reía a escondidas.

—Diga "qué padre" —me susurró—. O "está chido".

—Está chido —repetí, y sonó tan forzado que hasta yo me reí.

Pasó otra hora. Estaba aburrido, listo para irme, cuando sentí un peso en mis piernas. Alguien se había sentado sobre mí.

Levanté la mirada y la vi.

Era ella. Viridiana.

Llevaba un vestido rojo, ajustado, que le llegaba a media pierna. El pelo suelto, los labios pintados de un rojo oscuro y los ojos brillantes.

Y entonces, sin previo aviso, inclinó el rostro y me besó.

Su boca era suave y cálida. Sus manos se enredaron en mi nuca y yo, sin pensar, sin razonar, la sujeté por la cintura y devolví el beso.

★Gracias por sus lecturas!!

¿Cómo llegó nuestra Viri a las piernas de nuestro rey de talla grande?

Los invito. seguirme en F******k como Itha León escritora

I*******m: ITHALEONESCRITORA

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