LOGINLa tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas en la habitación les dio la bienvenida. Layla no se atrevió a mirar a Nathan como no lo hizo mientras la arrastraba por el pasillo. Al principio, la sorpresa no le dejó reaccionar, pero ahora era distinto. Estaba sola en la habitación de un hotel con el padre de su prometido.
Pronto ex prometido.
¿Qué era lo que quería? ¿Acaso iba a limpiar el desastre de Parker como Hanna lo había insinuado? ¿O sería capaz de arruinar su reputación para salvar la de su hijo?
No sabía qué esperar, no podía confiarse. Aunque ella era una reconocida actriz, el verdadero poder estaba en manos de la familia Coleman. Una palabra suya podía arruinar su vida y su carrera para siempre.
No era un secreto para nadie que el poderoso magnate del cine había vetado a más de una artista en Hollywood. Después de eso, ninguno volvió a las pantallas, ni siquiera en televisión cerrada.
Ella tragó saliva, levantó la mirada, pero apenas pudo divisar la sombra que se movía como un fantasma por la habitación. Layla tembló; no era de frío, era una mezcla de miedo y de furia.
Nathan tenía el poder, pero ella la verdad. Era Parker quien deseaba arruinarla y de la peor manera, ¿por qué debía callarse?
—Bebe. —La voz profunda de Nathan le hizo experimentar un escalofrío en la columna; los vellos de la nuca se le erizaron.
Layla miró con desconfianza el vaso delante de ella; los dedos de Nathan se cerraban sobre el cristal como si quisiera romperlo. ¿Estaba enojado con ella?
—Lo necesitas, Layla —agregó y la manera en que pronunció su nombre le hizo sentir un vacío en el estómago.
—¿Escuchaste? —preguntó ella, aceptando el vaso de whisky, pero sin beberlo. Layla movió el vaso con elegancia, miró los hielos agitándose dentro del líquido ambarino—. ¿Le has puesto algo a la bebida?
—Tendrás que arriesgarte a beber para descubrirlo —respondió Nathan, empujando la mano temblorosa de Layla hacia los labios.
Ella tragó saliva y obedeció. Tomó un sorbo que no le quemó la garganta como esperaba, dejó el vaso sobre la mesa y levantó la mirada. Las luces se encendieron; Nathan se había alejado lo suficiente. Su expresión era ilegible, sus ojos verdes eran dos pozos inescrutables, su cabello castaño platinado y su barba le hacían lucir peligroso y hermoso a la vez.
Layla no era ciega; Nathan Coleman, a sus cincuenta años, aún levantaba pasiones. Era viudo y uno de los hombres más poderosos de la industria.
Layla lo conocía desde hacía mucho tiempo, había trabajado para él durante los últimos cinco años, pero su relación no pasó de jefe a empleada hasta que conoció a Parker y se hizo novia de él.
Y, aun así, su relación era casi inexistente. Nathan la evitaba tanto que nunca se habían quedado solos en una habitación. Layla creía que la razón era porque no venía de una familia poderosa, ni era heredera de ningún emporio económico. Su fortuna había sido amasada con sudor, sangre y lágrimas.
Quizá consideraba que no era lo suficientemente buena para Parker. No como Hanna.
—¿Qué piensas hacer?
La pregunta fue repentina, cortando el hilo de los pensamientos de Layla. Tragó el nudo en su garganta y apartó la mirada por un segundo.
—¿Qué se supone que debo hacer? —contraatacó ella, poniéndose de pie para no estar en desventajas—. Lo más sensato era enfrentarlos en ese momento, ¿por qué no me permitiste hacerlo?
Nathan bebió del vaso en su mano, sintió el líquido quemarle la garganta, pero no solo era el whisky, había algo más profundo, más oscuro. Un sentimiento que no debía existir.
Un resentimiento que no debía sentir.
—Enfrentarlos, ¿para qué? —cuestionó con los ojos encendidos con algo que Layla no identificó.
—¿Para qué? ¿Eres tonto o te haces? ¡Era mi oportunidad para dejar al descubierto su sucia traición! ¡Pero tú me lo impediste! —gritó, perdiendo la compostura.
Nathan dejó el vaso y la miró como si la viese por primera vez. Aunque de alguna manera era así. Antes solo la observó en silencio.
—No podía permitir que ese par te humillara…
Layla sonrió sin alegría.
—Parker es tu hijo, ¿tratas de convencerme de que te preocupas por mí y no por él?
Layla no se fue por las ramas, no iba a permitir que Nathan la envolviera con sus palabras. Como todo padre, iba a defender a su hijo, así fuera un idiota como Parker.
—Aunque no lo creas —dijo Nathan, sin apartar la mirada—. No estoy orgulloso de lo que escuché. Ese no es el hijo que yo críe.
Layla se movió hacia el ventanal, corrió la cortina solo un poco para ver las luces que iluminan la ciudad. Tan magnífica y tan ajena a lo que le sucedía.
—¿Esperas que lo crea? —preguntó, cruzándose de brazos, girándose para enfrentarlo de nuevo.
—No, pero si quieres vengarte de Parker… Yo puedo ayudarte, Layla. Solo tienes que aceptar.
Los ojos de Layla se abrieron de par en par, ¿no estaba escuchando bien? ¡Era imposible que Nathan hablara en serio! ¡Tenía que ser una burda broma o una maldita trampa para dejarla como la única loca!
¡Por Dios, no podía ni debía caer en su juego!
—¿Ayudarme…?
—Sí. Soy madera disponible si decides llegar a la iglesia en el día y en la fecha acordada.
—¿Quieres que te use para vengarte de tu propio hijo? —Layla se rio—. No voy a caer en tu juego, Nathan. No me importa convertirme en el tema predilecto de la sociedad durante unos días, pero lo haré con la cara limpia. Jamás permitiré que Parker me humille frente a millones de personas. No va a arruinarme.
—No estoy jugando, Layla —dijo, acercándose a ella lenta y peligrosamente. Como un león que asecha a su presa—. Parker necesita una lección.
—Solo tratas de ganar tiempo para arreglar las cosas a tu manera —refutó Layla, dando un paso atrás. La cercanía de Nathan no era buena, su aroma varonil se filtró a sus pulmones, olía delicioso, olía a hombre; pero…
Layla tropezó con el sillón; se habría caído de no ser por las fuertes manos de Nathan sosteniéndola de los brazos.
—Ten cuidado —musitó él y Layla no sabía si era una amenaza.
—Piénsalo, Layla.
—No tengo nada que pensar, bajaré al salón y daré por terminada esta relación.
Nathan negó.
—Si Parker no te quiere como esposa, ¿por qué no te conviertes en su madrastra?
24. Huele a ti«Ya nos hemos casado.»Un corto silencio llenó la sala; Jennifer miró a su hijo sin sorprenderse con la noticia, quizá lo esperaba. Kevin era atolondrado cuando de decisiones importantes se trataba.Fue por eso que dejó a Layla cuando eran novios, porque creyó que era lo mejor para ella. Claro que mucho tuvo que ver Aria en su decisión. Desde que habló con ella, Kevin no fue el mismo y terminó marchándose al extranjero para terminar sus estudios cuando podía hacerlo perfectamente en el país.Ahora se trataba de Gemma y de sus hijos; nada de lo que hiciera sería sorpresa o exagerado si era para protegerlos, y vaya que cada acción era necesaria con ese padre que tenía la joven.—Supongo que solo me resta felicitarlos por su tan apresurada boda —dijo.Gemma se mordió el labio.—Era necesario hacerlo así —musitó sin ver a Hazel—. Mis padres no sabían que la boda con Bryden era falsa, así que tuvimos que actuar antes que el teatro se nos viniera abajo. Armar otro circo para
23. Qué locosUn pesado e innecesario silencio se instaló entre ellos, intercambiando miradas. Claire tragó saliva, apretó el cuerpo de Jessica contra su pecho, sintiendo un profundo alivio.Era ilógico desde cualquier punto de vista, pero del suyo era más que razonable. No tenía que ser un genio para saber que aquella pelirroja era la mujer que Kevin había esperado por años. La razón por la que se mantuvo soltero y lejos de los escándalos.Y si su intuición no le fallaba, la niña que venía entre sus brazos y el niño que dormía entre los de la hermosa peligrosa eran sus hijos.Ella había creído que, durante el viaje a Nueva York, Kevin terminó descubriendo su secreto; fuera de Layla, nadie más sabía lo que había hecho unos meses atrás. Nadie tenía conocimiento de la estupidez que hizo por ayudar a su madre. Se arrepentía, aunque era un poco tarde.De lo único que no podía renegar era de la niña que dormía entre sus brazos. Jessica se había convertido en su mundo y, si le había dado un
22. Ya no eres una mujer libreHazel terminó cayendo sobre el sillón, mirando a su hija como si le hubieran salido dos cabezas. Se tocó la frente, un gesto inconsciente, como si quisiera comprobar que no tuviera fiebre.—No. No puedes hablar en serio —musitó apenas audible. Su tono había vuelto a ser pálido, como si el aire le faltara.Gemma respiró profundo, se sentó junto a su madre y, por primera vez desde que se descubrió todo, tomó su mano con gentiliza.—Vamos, mamá —dijo—. Si papá no te hace feliz, si no quieres estar con él, ven conmigo —pidió en un intento de liberarla de las garras de Jeremiah—. Sé que eres muy capaz en el trabajo; juntas podemos levantar un emporio más grande que el de papá. Solo tienes que decidirte.Hazel se humedeció los labios; la propuesta de Gemma era muy tentadora. Si hablaba de talento, lo tenía. Su capacidad para negociar había llevado a las joyerías Rottman a lo más alto de la industria, pero cada uno de esos méritos se los había adjudicado Jeremi
21. Un matrimonio de aparienciasUn pesado silencio se instaló entre ellos mientras se enfrentaban en un duelo de miradas. Gemma era consciente de lo que su madre veía: su equipaje, Kevin y los mellizos.No tenía que darle ninguna explicación; sin embargo, ella lo esperaba.—Me estoy mudando con Kevin y los niños —respondió a la pregunta que parecía hecha hace mil años.Hazel negó.—No puedes irte con él, Gemma. ¡Sigues casada con Bryden! ¿Qué es lo que pretendes?Gemma suspiró; no pesaba tener esa conversación con los niños presentes. No deseaba que sus hijos se llevaran un mal recuerdo de su abuela.—Quédate con los niños, vuelvo enseguida —dijo Gemma, viendo a Kevin.—De ninguna manera —espetó él, frunciendo el ceño—. No te dejaré sola —advirtió con voz gélida.Hazel tragó en seco.—Por favor, Kevin, confía en mí —pidió, abriendo la puerta para que su esposo entrara.Kevin le dedicó una mirada que no supo cómo interpretar; sin embargo, terminó accediendo a su petición. Dejó a Keira
20. Lo quiero todoGemma ahogó un gemido cuando su cuerpo volvió a la blanda superficie, pero esta vez no lo hizo sola. Kevin se extendió sobre ella, acomodándose entre sus piernas, metiendo la cabeza en la curva de su cuello.—Ábrete para mí de nuevo —pidió con un tono seductor.Ella echó la cabeza atrás cuando él mordió sobre su yugular.—Kevin… Él gruñó, lamió la mordida que acababa de dejarle en el cuello a Gemma, consiguiendo que se estremeciera. El cuerpo de la joven se arqueó por completo, buscando el contacto entre sus pieles.—Eres irresistible —musitó Kevin antes de buscar la boca de la joven.El beso provocó una nueva espiral de deseo y de placer que ninguno pudo o quiso contener.Kevin saqueó la boca de Gemma con habilidad. Sus manos recorrieron el cuerpo desnudo de la joven. Acarició los pechos, jugó con los duros pezones mientras ella se retorcía bajo sus caricias.La fricción llevó a Kevin al borde; ya no podía continuar así. Sus testículos se apretaron, amenazando c
19. Desvestida y alborotada.«¿Quieres hacer el amor?»La garganta de Kevin se secó; miró a Gemma sin saber qué responder. Ella se veía muy dispuesta y necesitada de amo. Él… no quería confundir las cosas. Deseaba tener tiempo para conocerse mejor. Aunque tenían dos hijos preciosos y fueran marido y mujer… seguían siendo dos desconocidos.Por otro lado, no podía negar la atracción que sentía por Gemma. La joven lo había dejado flechado desde que la encontró en la fiesta hace tres años.Lo que pasó entre ellos sin duda había marcado sus vidas de maneras distintas; también tenía que reconocer que más de una noche soñó con ella. Con volver a verla y tenerla entre sus brazos sin que la situación fuera influenciada por sustancias indebidas.Lo había deseado tanto como el aire para respirar. Entonces, ¿por qué dudaba? ¿De qué tenía miedo? ¡Eran esposos! Y la tenía justo donde quería tenerla desde hacía tres años.Gemma, adivinando su debate interno y sus dudas, llevó sus manos al cuello de







