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Narrado por Brienna Clarks
El correo llegó con el sonido del anuncio en la pantalla, justo cuando intentaba concentrarme en un informe que llevaba horas estancado.
El asunto tenía ese tono rígido que solo usaba el señor Cavendish cuando algo lo sacaba de su calma habitual. “Urgente”. Nada más.
Ese tipo de mensajes siempre me tensaban, pero este me heló por dentro porque él estaba a más de tres mil kilómetros, disfrutando sus vacaciones de Navidad, lejos de oficinas, juntas y responsabilidades.
No esperaba que me necesitara, y tampoco esperaba que esa necesidad cayera sobre mí justo ahora, cuando faltaba una semana para Navidad y tenía la ilusión de pasarla tranquila, sin pensar en él más de lo que ya pensaba a diario.
Abrí el correo con las manos frías. Dadas las fechas, algo me decía que mis vacaciones podrían verse afectadas.
“Clarks. La necesito en North Ridge hoy. Asunto confidencial. Confirme de inmediato.”
Era escueto, directo, sin detalles que me permitieran imaginar qué podría haber ocurrido. Era tan propio de él que casi pude escuchar su voz, esa manera en que pronunciaba mi apellido como si lo evaluara cada vez o dictara una sentencia.
Tres meses trabajando para Lucan Cavendish y aún no conseguía manejar del todo la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía. No era miedo, nunca lo había sido, ni siquiera el día en que lo vi por primera vez y descubrí que en persona tenía una presencia que ninguna fotografía podía captar. Lo había admirado durante años, y aun así, cuando estaba frente a él, mis manos temblaban como si no encontraran un punto firme donde sostenerse. No era una sensación desagradable; era algo más complejo, una mezcla de tensión y calma que me afectaba sin avisar, como si su presencia tocara partes de mí que prefería mantener bajo control.
Respiré hondo antes de responder. Sabía que no podía decir que no, aunque lo deseara con todo mi corazón. Sabía que mi deber era acudir, pero también sabía que ese viaje me ponía en una situación peligrosa. Mis pastillas se estaban acabando. El paquete nuevo llegaría en dos días y mi cuerpo ya comenzaba a resentir la falta.
Las omegas en celo sin supresores eran un desastre. Una amenaza. Una exposición que no podía permitirme. Lucan no sabía nada de lo que yo era. Había trabajado muy duro para ocultarlo. Lo hice por necesidad, no por vergüenza. Ser omega significaba vulnerabilidad en manos equivocadas, y demasiados alfas en este mundo creían tener derecho sobre nosotras. Pero él no era así. Por esa razón acepté el trabajo. Por esa razón lo escogí a él entre todos. No me asustaba. Me hacía sentir vista, aunque él no lo supiera.
Respondí con rapidez. “En camino, señor Cavendish.” Apenas envié el mensaje, su respuesta apareció casi al instante.
Me quedé inmóvil, sin saber qué pensar. Él nunca respondía rápido. Nunca.
Era alguien que manejaba los tiempos a su manera, que respondía cuando quería, no cuando yo lo requería.
“El avión privado la espera en una hora. Puerta 12. No se retrase.”
Sentí el pulso acelerarse.
Una hora.
No tenía margen para nada. Ni para preparar equipaje, ni para volver a casa, ni para asegurarme de que tendría suficientes pastillas para mantener mi cuerpo bajo control y que no saliera a flote mi olor. Maldije en voz baja mientras recogía mis cosas y guardaba el portátil. No podía hacer nada. Si quería conservar el empleo —y más que eso, si quería conservar la seguridad de estar cerca de él sin arriesgarme a perder el control—, tenía que correr.
Tomé mi abrigo y caminé a paso rápido hacia la salida del edificio. Las luces del pasillo parecían más frías que de costumbre, o quizá era el peso de la noticia lo que hacía que todo se sintiera más distante. Mientras esperaba el ascensor, escuché a un par de compañeras hablar a mis espaldas con esa ligereza que siempre me daba envidia.
“¿Supiste lo de Cavendish? Parece que ya escogió novia.” Reí sin querer, una risa sin alegría que me arañó la garganta.
Llevaba semanas escuchando ese rumor. Que si era una empresaria del norte, que si era una alfa poderosa, que si por fin sentaría la cabeza.
Me molestaba más de lo que admitiría jamás. No tenía derecho a sentir celos, pero estaban ahí, golpeando justo donde más dolía.
Él era mi jefe. Nada más. Un crush absurdo que no llevaba a ninguna parte. Y aun así, me dolía pensar que algún día otra mujer compartiría lo que yo jamás tendría.
El ascensor llegó y entré sin mirar a nadie. Cuando las puertas se abrieron, salí disparada. Necesitaba llegar a casa y recoger lo mínimo indispensable
Intentaba no pensar demasiado en el viaje ni en lo que significaba salir de la ciudad con tan poco aviso. Él estaba lejos, disfrutando sus vacaciones, y la idea de que me necesitara en ese lugar sin explicación alguna me dejaba inquieta. No imaginaba qué podía requerir de mí, ni cuánto tiempo tendría que quedarme, ni si alcanzaría a volver para Navidad como había planeado. Solo sabía que debía llegar, hacer mi trabajo y regresar antes de que mi cuerpo empezara a fallar por la falta de pastillas.
El invierno siempre volvía todo más difícil. No solo por el celo, también por la forma en que cualquier omega podía intensificarse sin querer, incluso con supresores. Yo llevaba años manejándolo de la única manera que me daba tranquilidad: aislándome en diciembre, alejándome de reuniones, fiestas y espacios cerrados, evitando a los alfas tanto como podía. Era una rutina que me había funcionado, un sistema discreto para sobrevivir sin llamar la atención. Pero esta vez no tenía opción. Las pastillas estaban por agotarse y el viaje me obligaba a moverme justo en la época en la que más vulnerable me sentía.
Corrí hacia la parada del taxi y levanté la mano con desesperación. El tráfico estaba denso, como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para entorpecer mi día. Cuando por fin uno se detuvo, me lancé al asiento trasero y le pedí al conductor que me llevara a mi apartamento lo más rápido posible. Iba mirando el reloj cada pocos segundos, intentando calcular si alcanzaría a cambiarme de ropa, a recoger mis documentos, a revisar si quedaba alguna pastilla escondida en algún cajón.
Llegamos a mi edificio y subí las escaleras casi sin aliento. No había tiempo para elegancia ni para orden. Tomé una maleta pequeña y metí lo básico. Ropa térmica, un par de suéteres, lo necesario para sobrevivir a unos días de trabajo en un clima que yo detestaba, aunque él lo amara tanto.
Busqué desesperada el frasco de pastillas.
Solo quedaban dos. Dos.
No alcanzaban para todo el viaje si algo se complicaba. No quería admitir que me temblaron las manos, pero lo hicieron. Guardé el frasco y cerré la cremallera de la maleta, sintiendo una presión incómoda en el estómago.
Por favor… que esto sea algo rápido, no puedo estar al lado de un Alfa sin mis pastillas… Debo ser positiva, quizás es algo de un día para otro, a lo mejor… es de ir y venir de una vez. ¡Pero decía urgente!
Mientras bajaba de nuevo al taxi, intenté convencerme de que todo estaría bien. Que sería un asunto rápido, que él no estaría demasiado cerca, que podría mantener la calma. Pero otra parte de mí sabía que no sería tan simple. Él nunca pedía ayuda sin motivo. Si me requería en North Ridge, debía ser por algo serio
Quise odiarlo por arruinar mis planes, por poner en riesgo lo que había logrado mantener oculto durante años. Pero no podía. La simple idea de verlo de nuevo hacía que mi pecho se calentara, y ese era el problema. Yo era una mujer que debía esconder su naturaleza. Él era un alfa que jamás tendría una razón para mirar a una asesora como algo más que una pieza funcional en su agenda. Y aun así, el solo hecho de imaginar su voz al otro lado de la puerta de esa cabaña me hizo desear que el viaje no fuera tan corto.
Llegué a la terminal con apenas minutos de margen. La puerta 12 estaba al final, solitaria y silenciosa, como si el mundo hubiera decidido apartarse para dejarme a solas con mi decisión. El avión esperaba encendido, elegante y discreto, como todo lo que él hacía. Caminé hacia la escalerilla sintiendo el peso de cada paso. No sabía cuánto tiempo estaría allí, no sabía qué necesitaba él realmente, pero sí sabía que mis pastillas no alcanzarían y que mi cuerpo ya daba señales de que el invierno estaba tocando fibras sensibles.
Subí al avión y me dejé caer en el asiento con algo de ansiedad.
Ya llevaba un par de días sintiendo esos avisos silenciosos que siempre intentaba ignorar. No llegaban de golpe, solo se instalaban en mi cuerpo con una paciencia incómoda.
Empezaba con una sensación tibia bajo la piel, algo que se movía despacio y me hacía consciente de cada respiración. Luego venía esa inquietud sutil en el pecho, como si me faltara un poco de aire cuando no había motivo para ello. Podía estar sentada trabajando y, de repente, la ropa me rozaba distinto, demasiado presente, demasiado cerca. A veces el pulso se aceleraba sin explicación, un ritmo que no obedecía a mis pensamientos, y entonces sabía que los supresores estaban perdiendo terreno.
También me costaba mantener la mente enfocada; las ideas se dispersaban con una facilidad que me molestaba, como si mi cuerpo marcara el ritmo y mi cabeza tuviera que seguirlo.
Lo peor era esa presión baja en el abdomen, suave y constante, una alarma de que diciembre siempre me alcanzaba, aunque intentara esconderme de él. Era un estado que no podía compartir con nadie y que solo yo entendía, porque la lucha era interna, callada, y cada año me dejaba con la sensación de que estaba perdiendo un poco más de control.
Capítulo 105Harlan llevaba una semana buscando el origen de las alteraciones de aquella omega. Había visitado dos clínicas, se había reunido con especialistas fuera de sus horarios habituales y había pagado por información que, hasta entonces, solo le había servido para confirmar lo que ya sabía. La mujer había sido modificada. Alguien había conseguido que dejara de responder a la dominancia alfa y que pudiera desplazarse entre otras personas sin ser reconocida por su condición.La había llevado consigo desde que abandonó la casa de Valeria. Ella quiso conservarla, pero Harlan se negó a dejar allí un rastro que podía conducir hasta Drex. Mandó preparar un vehículo y se marchó con la cautiva antes del amanecer. Desde entonces, permanecía bajo vigilancia en las habitaciones contiguas a las suyas.La investigación de su vida anterior tampoco avanzaba. Sus hombres encontraron el comercio donde Valeria la reconoció, un alojamiento pagado en efectivo y un empleo que había conseguido presen
Capítulo 104BriennaDrex tuvo que pedirme que dejara de mirar el anillo para poder abrocharme el cinturón. Había subido al coche con el ramo entre los brazos y seguía girando la mano, sonriendo cada vez que la piedra quedaba de frente.—Puedes seguir mirándolo en casa —dijo, acomodando las flores sobre mis piernas.Le sujeté la cara antes de que se apartara y lo besé. Él apoyó una mano junto a mi asiento, aceptando el beso hasta que terminé acariciándole la nuca.—Voy a hacerlo durante toda la noche —le advertí.Drex miró el anillo y después mis labios.—Tenía otros planes, pero podemos encontrar tiempo para las dos cosas.Me reí mientras él cerraba la puerta. Durante el regreso dejé una mano sobre su pierna. Había querido avisarle a su hermana, contarle que nos casaríamos y enseñarle el anillo, pero guardé el teléfono. Podía esperar hasta mañana. Aquella noche todavía quería tenerlo para mí.Al llegar, Drex recogió el ramo y me ayudó a bajar. Caminamos abrazados hasta la puerta. Le
Capítulo 103BriennaDrex me sujetó la mano cuando el camarero retiró nuestros platos. Habíamos salido a cenar después de pasar la tarde juntos en casa y yo todavía estaba decidiendo si pedir un postre. Él había rechazado la carta, aunque llevaba buena parte de la cena robándome comida.—He estado pensando en un anillo —dijo, acariciándome los dedos.Miré nuestras manos y después su rostro. Desde la charla con Harlan hace unos días, habíamos hablado de muchas cosas, pero seguíamos dejando la boda para otro momento. Me gustaba imaginarla. También me preocupaba que acabáramos organizándola porque su padre ya había decidido que era el siguiente paso.—Drex, no tenemos que aceptar solamente porque tu padre lo haya dicho. Podemos esperar. Ya tienes bastante con todo lo que estás decidiendo.Él acercó mi mano a su boca y me besó los nudillos.—Quiero casarme contigo, Brienna. Mi padre puede estar de acuerdo y seguir opinando cuanto quiera, pero esto te lo estoy diciendo yo. Quiero que seas
Capítulo 102Harlan se acercó a la omega antes de que terminara de entrar. Ella retrocedió y la cadena entre sus tobillos se tensó. Se quedó junto a la puerta, con las manos sujetas delante del cuerpo y la cabeza inclinada.Él reconoció el olor al llegar a su lado.Le agarró un brazo y la hizo avanzar. La omega levantó el rostro por primera vez. Tenía el labio partido y una herida casi cerrada junto a la ceja, pero Harlan apenas se detuvo en aquello. Acercó la cara a su cuello y respiró de nuevo.Drex.Su hijo había estado cerca de esa mujer. El olor era demasiado reconocible para equivocarse, aunque llevaba días sin verlo.—¿Conoces a Drex Holt?La omega volvió los ojos hacia Valeria. Harlan le sujetó la mandíbula y la obligó a mirarlo.—Te he hecho una pregunta. ¿Dónde viste a mi hijo?Ella apretó los labios. La cadena de las muñecas se movió cuando intentó apartar su mano. Harlan la soltó y le dio una bofetada. La mujer perdió el equilibrio, golpeó el marco de la puerta con el homb
101Harlan continuaba sentado frente al desayuno cuando sonó su teléfono. Reconoció el número y contestó.—¿Qué sucede?—Hay una investigación sobre tu hijo. Me enteré esta mañana y preferí avisarte antes de que recibas una notificación oficial.Harlan dejó la servilleta junto al plato.—¿A qué investigación te refieres?—El Consejo Internacional de Regulación Biológica recibió un informe del hospital donde estuvo ingresado. Incluye las alteraciones genéticas de Drex, su recuperación y un tejido que encontraron cerca del hígado. También hay registros de su compañera. Están investigando por qué no responde a la dominancia alfa.Harlan se levantó y cerró la puerta del comedor.—Prohibí que continuaran esas pruebas.—Presentaron resultados que ya tenían. Al principio enviaron los datos sin nombres. Después el Consejo exigió los expedientes completos.—Quiero que lo impidas. Habla con quien tengas que hablar y retira esos documentos.—Lo siento, Harlan. La situación ya ha escalado. El exp
Capítulo 100Brienna—Mi padre quiere que empiece a trabajar con él esta semana —dijo Drex—. Revisaremos los acuerdos pendientes y conoceré a quienes llevan los distintos negocios. Después empezará a pasarme responsabilidades. Pretende hacerlo poco a poco, aunque esta mañana ya tenía una lista bastante larga.Me acomodé frente a él, todavía sobre la cama. Hasta entonces, aceptar su lugar en la familia había sido una decisión que podíamos discutir en privado. Ahora había fechas, reuniones y personas esperando que se presentara.Drex se frotó la nuca y miró hacia la puerta.Le tomé la mano. Había hablado de las responsabilidades, de los negocios y de las expectativas de Harlan, pero todavía me preocupaba lo que él tendría que hacer para cumplirlas.—Drex, no quiero que aceptes una carga por mí. Si después te sientes atrapado, voy a recordar que tomaste esta decisión pensando en mantenerme a salvo.Él entrelazó nuestros dedos y me acercó hasta que mis rodillas tocaron las suyas.—Más o m







