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Un Amor en Tiempo prestado
Un Amor en Tiempo prestado
Author: Mayte

Capítulo 1

Author: Mayte
last update publish date: 2026-01-16 04:59:12

Mi nombre es Valeria.

Tengo diecinueve años y el tiempo no me trata como a los demás.

No es una metáfora.

Es una sensación física.

Lo siento en el pecho cuando camino rápido.

En la forma en que el aire se me acaba antes de lo esperado.

En cómo mi cuerpo me pide pausas que no siempre le concedo.

Mientras otros desperdician horas, yo las gasto con cuidado. No porque viva con prisa, sino porque quedarme quieta siempre me ha parecido peligroso.

Aprendí temprano que detenerse también es perder.

Y yo no tengo margen para eso.

La gente dice que soy intensa.

Que exagero.

Que vivo como si algo me persiguiera.

Tal vez.

Pero cuando el tiempo decida cobrar lo suyo —cuando lo haga sin avisar—, no quiero deberle nada.

Lo irónico es que todo empezó sin importancia.

Sin tragedias.

Sin advertencias.

Empezó con una fiesta cualquiera.

—¿Te vas a poner eso? —dice Miriam desde mi cama.

La ignoro. Me delineo los ojos frente al espejo. La línea me tiembla un poco, pero no la corrijo. Nunca me gustó parecer demasiado pulida.

—¿Qué tiene? —pregunto.

—Nada —responde, estirándose—. Solo parece que vas a pelear con alguien.

Sonrío sin mirarla.

—Siempre es una posibilidad.

Miriam se ríe. Es ese tipo de risa que ocupa espacio. Mi mejor amiga. Mi refugio. La única persona que conoce casi todas mis versiones y aun así se queda.

Ella piensa antes de actuar.

Yo actúo y luego veo qué hago con las consecuencias.

Funciona.

Me pongo la chamarra. El peso me da seguridad. No reviso el clima. No vuelvo al espejo. Dudar siempre me ha parecido una pérdida de tiempo.

—¿Lista? —le digo.

—Nací lista.

Salimos.

La noche está tibia. El aire huele a asfalto y alcohol viejo. La casa queda al otro lado de la ciudad, enorme, ajena, perfecta para no ser nadie.

Llegamos tarde. Como siempre.

La puerta está abierta. Nadie controla nada. Desde afuera no se escucha la música, pero sí el ruido: risas desordenadas, botellas, voces que se pisan.

—Clásico —murmura Miriam.

Entramos.

El lugar es justo lo que esperaba. Gente dispersa, conversaciones que no llegan a nada, cuerpos demasiado cerca sin tocarse de verdad. Algunos se besan sin mirarse. Otros beben como si eso bastara.

No hay pista de baile.

Hay salas ocupadas.

Alguien nos pasa vasos sin preguntar nombres. Aceptamos. El alcohol quema lo justo. Afloja el cuerpo sin apagarme la cabeza.

—¿Conoces a alguien? —me pregunta Miriam.

Niego.

—Perfecto.

Me gusta empezar de cero.

Nadie sabe quién soy. Nadie espera nada. No tengo que ser cuidadosa. No tengo que explicarme.

Me muevo entre habitaciones. Hablo con desconocidos. Ríen. Yo también. Digo cosas que no importan. Escucho historias que no recordaré. Mi cuerpo se adapta al ruido, al calor, al roce accidental de otros cuerpos.

Me apoyo en una pared. Observo.

Siempre observo.

Veo gente intentando gustar. Otros intentando olvidar. Seguridad fingida. Desinterés exagerado. Todos actuando para alguien que no está mirando.

Yo no quiero gustar.

No quiero prometer.

No quiero quedarme.

Solo quiero estar.

Dejo el vaso en cualquier superficie y empujo otra puerta. La música cambia. El pulso del lugar también.

Y entonces lo veo.

No es dramático.

No es inmediato.

Está de pie, apoyado en una barra improvisada. No habla mucho. No gesticula de más. No necesita hacerlo. Su presencia es tranquila, sólida, como si el espacio se acomodara alrededor de él sin pedir permiso.

Alto. Hombros anchos. Espalda recta. Mandíbula marcada. El tipo de rostro que no necesita expresión para imponer. La camiseta se le ajusta sin exagerar, marcando lo suficiente como para que la mirada se quede un segundo más de lo debido. Su piel no es pálida ni oscura; se ve viva, firme. Hay algo en su manera de estar ahí, de ocupar el lugar, que desarma.

No sonríe. Observa.

Siento algo incómodo en el pecho. No es emoción. Es reacción.

—Ese es Daniel —dice alguien a mi lado—. El dueño de la casa.

Asiento.

Eso explica la calma.

Eso explica por qué no parece perdido en su propia fiesta.

Nuestros ojos se cruzan.

Un segundo.

Nada más.

No hay invitación.

No hay interés declarado.

Solo un reconocimiento seco, humano.

Aparto la mirada primero.

No porque me intimide.

Porque no quiero quedarme ahí.

Sigo moviéndome. Hablo. Bebo. El tiempo se estira de una forma rara. No se borra, se vuelve espeso. Mi cuerpo está ligero, pero el pecho me aprieta apenas. Lo ignoro.

Daniel aparece de nuevo más tarde. No sé cuánto después. Está más cerca. Demasiado cerca.

No me toca.

No invade.

Pero ocupa espacio.

Su voz es baja. Segura. No intenta impresionarme. No pregunta demasiado. Yo tampoco. Hablamos de nada. De cosas que no importan. Y aun así, siento cada palabra en el cuerpo, como si algo se tensara sin permiso.

Me doy cuenta de detalles absurdos.

Sus manos.

La forma en que se queda quieto cuando escucha.

El silencio cómodo que no intenta llenar.

No me gusta.

Me atrae.

Y esa diferencia me incomoda más de lo que debería.

No sé cuánto tiempo pasó. La música cambió de ritmo. Las risas suenan más altas, más torpes. Mi cuerpo está tibio, ligero. No borroso. Presente.

Está más cerca esta vez. Demasiado cerca para no notarlo.

—¿Estás bien? —pregunta.

Asiento sin pensar.

No me gusta que se preocupe.

Pero tampoco me aparto.

El alcohol le aflojó un poco los hombros. No está borracho. Solo menos contenido. Su voz sigue firme, pero hay algo distinto en la forma en que me mira. No es descaro. Es atención.

Demasiada.

Su mano roza la mía al pasarme otra copa. No se disculpa. No se justifica. El contacto dura un segundo más de lo necesario.

Mi cuerpo reacciona antes que yo.

Un calor lento. Incómodo. Bajo la piel.

—No deberías aceptar otra —dice, mirándome como si la decisión fuera mía desde siempre.

—No deberías decirme qué hacer —respondo.

Sonríe apenas. No se ofende.

Nos quedamos así, frente a frente, rodeados de gente que no existe. El ruido se apaga un poco. O soy yo la que deja de escucharlo.

Cuando me inclino para decir algo que ni siquiera sé qué es, su mano aparece en mi cintura. Firme. Segura. Como si ese lugar le perteneciera desde antes.

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