LOGINValeria tiene diecinueve años y una forma urgente de vivir. Actúa antes de pensar, ama con el cuerpo y no se protege de sentir. Nadie lo sabe, pero su cuerpo guarda un diagnóstico irreversible: una enfermedad degenerativa que avanza sin avisar. Mientras puede, Valeria decide vivir como si hoy fuera garantía. Una noche cualquiera conoce a Daniel, un hombre seguro de sí mismo, silencioso y magnético, cuya sola presencia desarma su aparente invencibilidad. Él no la persigue ni intenta salvarla; simplemente observa, y esa distancia la descoloca más que cualquier promesa. Entre una normalidad engañosa, relaciones que evitan mirar de frente y un padre que ama desde la ausencia emocional, Valeria continúa negando el límite hasta que el cuerpo comienza a cobrar lo suyo. Cuando la verdad emerge, ya es tarde para corregir lo que no se quiso ver. Una historia de amor, negación y deseo, donde el cuerpo habla antes que la mente y el tiempo nunca concede treguas.
View MoreCuando el auto se detiene frente a mi casa, el cielo ya está oscuro. Las luces del jardín iluminan la fachada con ese tono cálido que siempre me hace sentir que estoy regresando a un lugar seguro.Daniel apaga el motor, pero ninguno de los dos se mueve de inmediato.El día se pasó demasiado rápido.Entre el desayuno, las bromas, el paseo improvisado por la ciudad y ese extraño placer de no tener que correr a ningún lado, las horas simplemente se deslizaron.Lo miro.Él ya me está mirando a mí.—¿Qué? —pregunto, cruzando ligeramente los brazos, fingiendo sospecha.Daniel sonríe de lado.—Nada… solo estaba pensando que debería darte más días libres.—Abuso de poder otra vez.—Ventajas de salir con el jefe.Ruedo los ojos, pero no puedo evitar reír.Antes de que abra la puerta del auto, su mano se desliza hacia la mía y tira suavemente de mí. Me inclino hacia él y sus labios encuentran los míos en un beso breve, cálido, tranquilo. Nada ap
Cuando finalmente dejamos de movernos y el silencio se instaló en la habitación, mi cuerpo estaba tan agotado que apenas podía mantener los ojos abiertos.La noche había sido larga.No fue solo una vez. Ni dos.Entre besos, risas cansadas y esa necesidad que parecía no querer soltarnos, volvimos a encontrarnos una y otra vez hasta que la energía simplemente se nos acabó. Recuerdo haber reído contra su hombro en algún momento, completamente sin fuerzas, mientras Daniel murmuraba algo divertido sobre que yo era peligrosa para su autocontrol.Ahora estoy recostada sobre su pecho.Las sábanas apenas nos cubren. Mi pierna descansa sobre la suya y su brazo rodea mi espalda con naturalidad, como si hubiera terminado ahí sin que ninguno de los dos lo pensara demasiado. Su piel todavía conserva el calor de la noche, y cada vez que respira siento cómo su pecho se mueve bajo mi mejilla.Daniel está despierto.Lo sé porque sus dedos trazan círculos lentos sobre mi br
Sus dedos se deslizan lentamente por mi brazo, dejando una estela que me eriza la piel.Volvemos al interior. El recorrido continúa por un pasillo largo con cuadros abstractos en las paredes. Me habla de viajes, de decisiones, de momentos en los que estuvo a punto de vender la casa y no lo hizo.Cada recuerdo que comparte me hace sentir más dentro.Más cerca.Finalmente, se detiene frente a una puerta doble al final del pasillo.Me mira antes de abrirla.Hay algo distinto en su expresión ahora. No es solo deseo. Es una especie de vulnerabilidad contenida.Abre la puerta.—Y este es mi cuarto.El espacio es amplio, elegante, con ventanales que también dan al jardín. La cama ocupa el centro, impecable, con sábanas claras que contrastan con la madera oscura del mobiliario. Hay una armonía en todo.Entro despacio.Siento el peso del momento.No me resulta extraño. No del todo.La primera vez que crucé este umbral fue aquella noche en l
La ciudad se desliza detrás de las ventanas. Las luces dibujan reflejos fugaces en el parabrisas. Dentro del coche el aire parece más tibio, más cerrado. —Podría llevarte a casa —dice finalmente. No me mira del todo. No suena convencido. Giro el rostro hacia él. —¿Quieres hacerlo? No es una pregunta inocente. Es un desafío suave. Aprieta ligeramente mi mano. —No estoy seguro de que sea buena idea que termine la noche todavía. Mi corazón late con más fuerza. No por miedo. Por anticipación. Yo tampoco quiero que termine. No después de ese beso. No después de la manera en que mi cuerpo respondió al suyo. Reduce la velocidad en una intersección. Duda. Lo veo. Lo siento. Me mira. No lo dice, pero está ahí. Suspendido entre nosotros. La invitación. No suplico. No exijo. Solo me inclino un poco hacia él, lo suficiente para que note mi cercanía. —No quiero estar sola esta noche. Lo digo sin dramat
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