FAZER LOGINEl vuelo en el jet privado sobre las oscuras aguas del Mediterráneo habría sido una experiencia inigualable para cualquier pareja de multimillonarios. Para Dante y Valeria, fue un ejercicio de noventa minutos de tortura psicológica y silencio asfixiante. No intercambiaron una sola palabra. Él aprovechó el tiempo para desarmar, limpiar y volver a ensamblar su pistola táctica diecisiete veces bajo la tenue luz de la cabina, el sonido metálico de las piezas encajando como un metrónomo letal. Ella, en el extremo opuesto del sillón de cuero blanco, repasó el expediente clasificado de Viktor Volkov con una frialdad matemática, memorizando cada rostro de su sindicato mientras giraba una copa de champán que no llegó a probar.
Cuando el helicóptero privado que los recogió en la pista de aterrizaje los dejó finalmente en el helipuerto de la mansión en la Costa Azul, el sol del atardecer ya teñía el mar de un naranja sanguinolento. La residencia era una fortaleza disfrazada de obra de arte moderno: muros de piedra blanca enclavados directamente sobre los acantilados, ventanales de cristal balístico que reflejaban el oleaje y un sistema de vigilancia perimetral que Dante reconoció de inmediato como tecnología militar de grado seis. Aquel lugar estaba diseñado para repeler un asalto armado, no para recibir invitados.
—Recuerda, cariño —murmuró Valeria, deslizando su brazo alrededor del de Dante justo antes de que las colosales puertas de caoba de la entrada principal se abrieran—. Eres un heredero arrogante, temperamental y despiadado, y me adoras casi tanto como a tu propio imperio de contrabando.
—Y tú eres la esposa trofeo letal que mataría a cualquiera que me mire de forma incorrecta —replicó él en voz baja, forzando una sonrisa de medio lado que parecía peligrosamente auténtica y posesiva—. Intenta no pisarme, querida.
Las puertas se abrieron de par en par. Un mayordomo de rostro inescrutable y postura rígidamente militar los esperaba en el inmenso vestíbulo de mármol, flanqueado por cuatro hombres de traje oscuro que no hacían el menor esfuerzo por ocultar los abultamientos de las armas bajo sus chaquetas. Hombres de Volkov, evidentemente, enviados para "proteger" a la distinguida pareja Moretti. En la práctica, eran sus carceleros, sus escoltas y sus verdugos si la tapadera fallaba.
—Señor y señora Moretti. Bienvenidos a la Costa Azul —saludó el mayordomo, con un áspero acento ruso que cortaba el aire como un cuchillo—. El señor Volkov envía sus más cordiales saludos y espera que nuestras instalaciones sean de su total agrado durante su estancia.
—Son pasables —respondió Dante, asumiendo su papel con una naturalidad y una altivez que le revolvió el estómago a Valeria. Apretó la cintura de ella sin previo aviso, atrayéndola bruscamente contra su costado como si fuera su posesión más preciada—. Aunque el viaje desde Sicilia nos ha agotado. Llévenos a nuestra suite de inmediato. No nos gusta que nos hagan esperar.
El mayordomo asintió sin mostrar ninguna emoción y los guio a través de pasillos interminables decorados con arte renacentista robado y esculturas invaluables. Cada paso que daban estaba siendo analizado y evaluado por las cámaras térmicas ocultas en las esquinas. Valeria apoyó la cabeza en el hombro de Dante, riendo suavemente ante un comentario inaudible, mientras sus dedos delineaban el borde de la chaqueta de él, buscando de manera imperceptible cualquier señal de tensión o debilidad. Dante era un muro de piedra impenetrable, pero su calor corporal traspasaba la tela de diseño, provocando una distracción irritante en la mente de la espía.
Llegaron a las puertas dobles de roble macizo al final del ala este. El mayordomo las abrió, revelando una suite principal del tamaño de un apartamento de lujo. Ventanales de piso a techo ofrecían una vista panorámica del océano oscurecido por la noche, y el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado resonaba como un trueno lejano.
—Su equipaje ha sido desempacado y organizado. La cena se servirá cuando lo deseen —anunció el hombre, haciendo una leve reverencia en el umbral—. Que descansen.
La pesada puerta se cerró con un clic metálico y el sonido de una cerradura electrónica asegurándose desde el exterior.
Durante diez segundos enteros, ninguno de los dos se movió. Se mantuvieron abrazados en el centro de la habitación, respirando el mismo aire tenso, escuchando los pasos del mayordomo alejarse por el pasillo. Luego, como si se hubieran quemado mutuamente con ácido, se separaron de un salto, rompiendo el contacto físico con repulsión.
Valeria no dijo una sola palabra. Caminó directamente hacia la ornamentada lámpara de cristal sobre la mesa de noche, extrajo un pequeño dispositivo negro del tamaño de un botón del mecanismo oculto en su anillo y comenzó a escanear la habitación en busca de lentes estenopeicas. Dante hizo lo mismo en el extremo opuesto, revisando los marcos de los cuadros, las rejillas de ventilación y los espejos del lujoso baño de mármol con un detector de radiofrecuencias que sacó de su reloj.
El barrido táctico duró seis minutos. Trabajaban en un silencio absoluto, con una sincronización perfecta y coreografiada, nacida de años de observar, estudiar y contrarrestar las tácticas del otro en el campo de batalla.
—Limpio —anunció Dante en un susurro apenas audible, desactivando su dispositivo—. Espejos regulares, sin fibra óptica en las paredes.
—Limpio —confirmó Valeria, dejando caer su bolso de diseñador sobre un sillón de cuero—. Tienen micrófonos direccionales en el pasillo y sensores de movimiento en la terraza, pero la habitación está blindada electromagnéticamente. Quieren que nos sintamos seguros aquí adentro para que bajemos la guardia y hablemos de más.
Dante asintió, aflojándose el asfixiante nudo de la corbata con un tirón seco. Sus ojos recorrieron la suite una vez más, evaluando instintivamente las salidas de emergencia y los puntos ciegos para una emboscada, hasta que su mirada se detuvo, clavándose en el centro exacto de la habitación.
Valeria siguió la trayectoria de su visión y se quedó congelada, sus músculos tensándose.
Era una cama King Size. Enorme, obscena, cubierta de sábanas de seda negra y gruesos cojines de terciopelo carmesí. Y era la única superficie para dormir en toda la inmensa suite. Ni un sofá cama, ni una habitación contigua, ni un diván.
—Ni siquiera lo pienses —dijo Valeria, su voz recuperando instantáneamente el filo de una navaja—. Yo tomo la cama. Tú puedes dormir en el suelo de mármol, en la bañera, o preferiblemente lanzarte por el balcón.
—Las ventanas tienen sensores térmicos perimetrales, genio —replicó Dante, cruzándose de brazos y observándola con una ceja levantada—. Si el equipo de seguridad de Volkov detecta dos firmas de calor separadas durante la noche en diferentes puntos de la habitación, sabrán que este matrimonio es una farsa y nos ejecutarán antes del desayuno. Dormiremos en la misma cama. Es una necesidad táctica.
—Preferiría dormir sobre un lecho de cuchillos oxidados antes que compartir sábanas contigo.
—Créeme, el sentimiento es mutuo. Pero a menos que quieras arriesgar la misión más importante de nuestras carreras por un patético berrinche de espacio personal, vas a tener que soportarlo, esposa. No te preocupes, construiré un muro de almohadas en el medio. Si una sola parte de tu cuerpo cruza mi lado, te rompo el brazo.
Valeria soltó una carcajada irónica, fría y carente de humor, acercándose a él con pasos lentos y peligrosamente felinos.
—Si yo cruzo a tu lado de la cama en mitad de la noche, Moretti, no será para abrazarte. Será para asfixiarte con esas mismas almohadas mientras duermes.
Quedaron a escasos centímetros el uno del otro. La tensión en la habitación era tan densa y eléctrica que la fricción del aire amenazaba con iniciar un incendio. Dante bajó la mirada hacia ella; estaba furiosa, despeinada tras el viaje, con los ojos oscuros ardiendo de desafío y absurdamente hermosa. Apartó ese pensamiento traicionero de su mente antes de que echara raíces, bloqueándolo con años de condicionamiento psicológico.
Antes de que pudieran continuar su guerra fría, dos toques secos y autoritarios sonaron en la puerta.
El cambio fue instantáneo. La hostilidad asesina se desvaneció en el aire, reemplazada por la máscara perfecta de amantes devotos. Dante tomó a Valeria por la cintura, pegándola bruscamente a su cuerpo, y ella enredó una mano en el cabello de él, despeinándolo justo lo necesario para que pareciera que los acababan de interrumpir en medio de algo privado y apasionado.
—¡Adelante! —gritó Dante, forzando una voz ronca y marcadamente molesta.
La pesada puerta se abrió, revelando nuevamente al mayordomo ruso. Esta vez, sostenía una bandeja de plata reluciente con un sobre negro lacado en el centro.
—Lamento profundamente la interrupción, señor y señora Moretti —dijo el hombre, su mirada vacilando por una fracción de segundo al ver la extrema cercanía y la respiración agitada de la pareja—. Una entrega urgente y personal del señor Volkov.
Dante extendió la mano libre, sin aflojar ni un milímetro el agarre posesivo sobre la cintura de Valeria, y tomó el sobre. Rompió el sello de cera roja con el pulgar y extrajo una tarjeta de bordes dorados. Sus ojos escanearon la caligrafía rápidamente. La máscara de arrogancia en su rostro no vaciló, pero sus músculos se tensaron como cuerdas de acero bajo los dedos de Valeria.
—Gracias. Eso será todo —lo despidió Dante con un gesto despectivo.
En cuanto la puerta volvió a cerrarse y la cerradura encajó, Valeria se separó de él de un empujón y le arrebató la tarjeta de las manos para leerla ella misma.
"El Señor Viktor Volkov solicita el inmenso honor de su presencia esta misma noche en el yate 'Leviatán' para la subasta de caridad. Código de vestimenta: Etiqueta estricta. Las máscaras de gala son obligatorias. El transporte los recogerá en exactamente sesenta minutos."
Valeria levantó la vista hacia Dante. El cansancio del viaje desapareció de sus ojos, reemplazado por el brillo afilado y calculador de la cazadora.
—No nos están dando tiempo para adaptarnos al terreno. Quieren ponernos a prueba hoy mismo.
—Volkov sabe que somos una pareja nueva en este círculo —Dante caminó hacia el inmenso vestidor y abrió las puertas de par en par, revelando filas interminables de trajes de diseñador, armamento oculto y vestidos de gala—. Va a intentar separarnos durante la subasta, interrogarnos por separado y buscar incongruencias en nuestra historia.
Valeria se acercó a su lado, sus ojos deteniéndose en un vestido de seda rojo sangre que parecía haber sido diseñado para matar tanto como para seducir. Lo sostuvo contra su cuerpo, mirando su reflejo y el de Dante en el espejo de cuerpo entero del armario.
—Entonces no le daremos ninguna maldita incongruencia —susurró ella, su tono ahora desprovisto de sarcasmo, asumiendo por completo su rol de agente encubierta—. Esta noche no somos enemigos, Dante. Si uno de los dos comete un error, el otro está muerto.
Dante sacó un esmoquin negro a medida y la miró a través del espejo, sus ojos conectando con los de ella, asintiendo lentamente.
—Cúbreme la espalda esta noche, esposa mía, y yo cubriré la tuya.
—Siempre, querido —respondió Valeria, con una sonrisa deslumbrante que helaba la sangre—. Ahora date la vuelta. Tengo que cambiarme y, si me miras, te saco un ojo.
Seis meses después. Villa Moretti, Costa Amalfitana, Italia.El poder absoluto, cuando se ejerce sin restricciones, tiene la extraña capacidad de silenciar el mundo a tu alrededor.Hacía medio año que el Océano de Ónice y los doce líderes del Cónclave habían desaparecido bajo las heladas y oscuras aguas del Mediterráneo. En los meses que siguieron, el mundo civilizado experimentó lo que los noticieros llamaron "una corrección financiera global inexplicable". Bancos colapsaron, políticos de alto rango renunciaron misteriosamente por "motivos de salud" y corporaciones multinacionales cambiaron de dueños en la oscuridad de la noche.El público creía que era una crisis económica. El inframundo sabía la verdad: el Fantasma de Roma y la Agente V estaban limpiando la casa.Esa noche, la brisa del mar Tirreno acariciaba los inmensos ventanales de la sala de banquetes de la Villa Moretti. La habitación había sido remodelada; ya no era solo la biblioteca de un jefe de la mafia, sino el epicentr
El Océano de Ónice soltó un quejido agónico que hizo vibrar los huesos de todos los que aún seguían a bordo. El sonido del acero balístico doblándose bajo la inmensa presión del mar Mediterráneo era ensordecedor.El Gran Salón se inclinó repentinamente quince grados hacia babor. Las mesas de caoba, los sofás de cuero blanco y los cadáveres de los líderes del Cónclave se deslizaron violentamente hacia los inmensos ventanales panorámicos, estrellándose contra el cristal reforzado. El agua oscura y helada ya había superado el nivel de la cubierta exterior y comenzaba a filtrarse a borbotones por las juntas del vidrio.Dante y Valeria mantuvieron el equilibrio por puro instinto, flexionando las rodillas y bajando su centro de gravedad.—El capitán no estaba bromeando con la autodestrucción —dijo Dante, mirando cómo la lámpara de araña de diamantes se balanceaba peligrosamente sobre sus cabezas—. Las escotillas de sentina deben estar abiertas de par en par. Tenemos menos de cuatro minutos
Mar Mediterráneo, a cincuenta millas náuticas de la costa de Mónaco. 02:15 a.m.El Océano de Ónice no era un simple yate; era una fortaleza flotante de doscientos metros de eslora forjada en acero balístico y cristal a prueba de explosiones. Navegaba cortando las oscuras aguas del Mediterráneo como un leviatán de obsidiana. En su interior, albergaba piscinas de borde infinito, helipuertos, un casino privado y un blindaje capaz de resistir el impacto directo de un torpedo.En el Gran Salón del nivel principal, bajo una lámpara de araña hecha con miles de diamantes en bruto, los doce miembros restantes de la cúpula del Cónclave estaban reunidos. Ya no había máscaras de oro ni valses vieneses. Había pánico, sudor frío y gritos. Los magnates de los medios, los fabricantes de armas y los exdirectores de inteligencia discutían a gritos, bebiendo whisky directamente de botellas que costaban más que una casa.—¡Perdimos la base de la Selva Negra! ¡Arthur Sterling está muerto! —gritaba un olig
00:80.Las luces estroboscópicas rojas giraban frenéticamente, tiñendo el centro de mando de un color sangre intermitente. La voz automatizada del sistema de emergencia repetía una cuenta regresiva en alemán frío y metálico, superponiéndose al aullido ensordecedor de las sirenas.Bajo sus botas tácticas, el suelo de titanio vibraba con una frecuencia que sacudía los empastes dentales. En los niveles inferiores, los núcleos de los reactores habían superado su punto crítico de contención. El líquido refrigerante se estaba evaporando y el calor comenzó a subir por las rejillas de ventilación como el aliento de un dragón despertando de su letargo.Dante y Valeria no miraron atrás. El cadáver de Arthur Sterling y su estúpida ambición de gobernar el mundo a solas se quedarían allí, enterrados bajo toneladas de acero fundido.00:70.Atravesaron la sala de servidores cuánticos a un sprint que desafiaba los límites humanos. A su alrededor, las inmensas torres de cristal y silicio comenzaron a
El zumbido mecánico del montacargas industrial era el único sonido en el pozo. Descendían a cuarenta metros bajo la superficie de la Selva Negra, bañados por la luz roja e intermitente de las lámparas de emergencia. Con cada metro que bajaban, el frío húmedo del bosque bávaro era reemplazado por un aire seco, reciclado y cargado de estática.Dante comprobó el cargador de su MP7 por tercera vez, no por nerviosismo, sino por pura concentración depredadora. A su lado, Valeria se recogió un mechón rebelde de cabello húmedo detrás de la oreja y desenfundó su Karambit con la mano izquierda, manteniendo el subfusil en la derecha.«Chicos, el ascensor está a diez metros del nivel principal», la voz de Volker sonó tensa en sus auriculares, ahogada por la interferencia electromagnética de la roca sólida. «Tienen un comité de bienvenida. La sala de embarque frente a las puertas está llena. Cuento doce firmas térmicas. Posiciones defensivas, escudos balísticos y fuego pesado».—¿Querían guerra? —
Selva Negra, Alemania. 03:00 a.m.El esmoquin de terciopelo azul y el vestido de seda roja carmesí habían quedado a más de seiscientos kilómetros de distancia, reemplazados por el peso reconfortante del kevlar, la lona balística y el acero frío.La Selva Negra hacía honor a su nombre con una fidelidad aterradora. Los inmensos y antiguos pinos se alzaban como gigantes silenciosos en medio de una niebla tan espesa que parecía tener textura, devorando la luz de la luna por completo. La lluvia caía en una llovizna helada y constante, golpeando las hojas muertas y ahogando cualquier sonido en el espeso manto del bosque bávaro. Era el tipo de oscuridad que volvía locos a los hombres débiles.Pero Dante y Valeria no eran hombres débiles; eran los monstruos que acechaban en esa misma oscuridad.Avanzaban entre la maleza húmeda como dos sombras letales, en perfecta sincronía. Llevaban trajes de asalto negros impermeables, visores de visión nocturna panorámica de cuatro tubos que teñían el mundo







