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Capítulo 5: En las entrañas del Leviatán

Author: C. A. Esteban
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-10 09:56:15

El primer disparo de Dante no fue dirigido a los guardias acorazados que bloqueaban las salidas. Su mente táctica, entrenada para procesar variables de combate en milisegundos, descartó la confrontación directa. El silenciador de su arma escupió un fogonazo apenas perceptible y, una fracción de segundo después, el colosal candelabro central de cristal que colgaba sobre la pista de baile estalló en una lluvia de esquirlas afiladas.

El fastuoso salón quedó sumido en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por los gritos de pánico de los criminales multimillonarios y los haces frenéticos de los láseres verdes que ahora cruzaban la nube de polvo y pólvora como telarañas mortales.

—¡Al pilar central! —ordenó Dante, su voz cortando el caos con autoridad absoluta. Tiró del brazo de Valeria con una fuerza calculada, buscando aprovechar la cobertura estructural de piedra maciza que habían analizado minutos antes.

Pero antes de que las suelas de sus zapatos pudieran afianzarse sobre el mármol encerado para iniciar el sprint, un mecanismo pesado, discordante y carente de cualquier sofisticación tecnológica crujió bajo sus pies. No era una trampa de seguridad moderna; era una escotilla camuflada de contrabando, operada mediante un sistema hidráulico antiguo, diseñada para desaparecer mercancía ilícita hacia las bodegas en cuestión de segundos.

El suelo de la pista de baile cedió de golpe.

La sensación fue idéntica a la de un vagón en caída libre: ese microsegundo aterrador donde la gravedad toma el control absoluto de la masa y expulsa el aire de los pulmones. Cayeron por un ducto vertical de ventilación hacia las oscuras entrañas del Leviatán.

En medio de la negrura total, la mente de Dante operó con una frialdad matemática. Evaluó la aceleración y la distancia estimada basándose en los planos genéricos de embarcaciones de esa clase. Calculó instintivamente la inminente acumulación de energía cinética; si sus cuerpos golpeaban el fondo de acero a esa velocidad terminal, el impacto destrozaría sus rodillas y fémures. En su línea de trabajo, la inmovilidad era una sentencia de muerte. Y su misión principal era mantener a Valeria operativa para poder desencriptar los servidores del sindicato.

Giró en el aire con una agilidad forjada en años de operaciones encubiertas, apretando el cuerpo de Valeria contra su pecho para protegerla del impacto directo. Estiró su brazo libre, enguantado, buscando a ciegas las paredes del ducto. Sus dedos rozaron el metal liso hasta que encontraron la brida de un conducto de hierro oxidado que sobresalía de la pared.

Toda la tensión del frenado recayó sobre su musculatura en una fracción de segundo.

Dante ahogó un gruñido gutural. Sintió el desgarro biomecánico directo en los tendones del hombro y cómo las fibras de sus tríceps ardían como si le hubieran inyectado plomo fundido. Usó la fricción de su propio cuerpo y el agarre desesperado contra el hierro para contrarrestar la fuerza de gravedad, sacrificando su propia integridad física. El metal oxidado rasgó la manga de su impecable esmoquin y cortó profundamente su piel, abriendo una brecha irregular desde el hombro hasta el codo, pero logró romper la inercia mortal instantes antes del final del recorrido.

Aterrizaron con brutalidad sobre una inmensa rejilla de acero industrial.

Dante golpeó el suelo de espaldas. El aire escapó de sus pulmones en un golpe seco que resonó en la caja torácica, dejándolo momentáneamente sin visión. Valeria cayó pesadamente a horcajadas sobre él, su caída completamente amortiguada por el torso del agente.

El sonido ensordecedor de los inmensos motores diésel ahogaba cualquier ruido proveniente de los pisos superiores. Habían caído al Nivel 1, la gigantesca sala de máquinas del yate. El espacio estaba iluminado a medias por el resplandor rojo y estroboscópico de las luces de emergencia, envuelto en espesas nubes de vapor a alta presión que escapaban rítmicamente de las tuberías y un olor asfixiante a grasa quemada y combustible.

Por un segundo infinito, en medio de la penumbra y el rugido mecánico, ninguno de los dos se movió.

Valeria tenía las manos rígidamente clavadas en los pectorales de Dante. A través de la tela destrozada de la camisa de él, la espía podía sentir el latido salvaje, pesado y desbocado de su corazón contra sus palmas. La respiración de Dante, caliente y entrecortada por la supresión del dolor, chocaba directamente contra su rostro. Sus cuerpos estaban encajados en un ángulo peligrosamente íntimo, un enredo de extremidades sobre el metal frío que los obligaba a compartir el mismo oxígeno viciado de la sala de calderas.

En ese encierro improvisado, la hostilidad calculada y el cinismo afilado que siempre los definía pareció desintegrarse. El aire a su alrededor se saturó de una tensión diferente, abrumadora, densa y eléctrica. El persistente aroma a vainilla oscura del perfume de ella se mezclaba con el olor cobrizo de la sangre fresca de él.

Hubo una pausa en el tiempo. Un microsegundo de absoluto reconocimiento entre dos depredadores que llevaban años intentando cazarse mutuamente. Una chispa diminuta, innegable y profundamente perturbadora cruzó la mirada de ambos bajo la luz roja.

Valeria fue la primera en reaccionar. Su instinto de supervivencia y sus implacables defensas psicológicas se activaron de golpe, aplastando el momento de vulnerabilidad antes de que pudiera enraizarse. El orgullo era su mejor armadura, y odiaba la sensación de estar expuesta o en deuda.

Usando el pecho de él como punto de apoyo, se impulsó hacia atrás en una explosiva pirueta evasiva. Aterrizó a un metro de distancia con la precisión silenciosa de un felino. Antes de que sus tacones se asentaran en la rejilla metálica, ambas dagas de cerámica ya estaban empuñadas en sus manos, cruzadas frente a su cuerpo en posición de guardia. Enmascaró la repentina aceleración de su propio pulso levantando una barrera de pura y destilada hostilidad.

Dante se incorporó lentamente, apoyando la espalda contra el cilindro de un tanque de presión. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron, negándose a emitir un solo sonido de debilidad. Su brazo derecho colgaba a un costado, temblando levemente por el trauma muscular. La sangre caliente empapaba la tela del traje, escurriéndose por sus dedos para gotear sobre la rejilla oxidada con un ritmo macabro.

Los ojos oscuros de Valeria escanearon la herida. Su mente hiperactiva comprendió la física de la caída al instante: él había usado su propio cuerpo como cuña de fricción contra el ducto para absorber el daño, asegurándose deliberadamente de que ella saliera ilesa de la trampa.

Tener una deuda de vida con su mayor rival era un trago imposible de digerir.

Sin dudarlo un milisegundo, Valeria llevó el filo de una de sus dagas a la abertura lateral de su vestido de gala. Hizo un corte seco y desgarró una tira larga y gruesa de la costosa seda roja. La hizo un ovillo apretado y se la arrojó directo al pecho, con la misma fuerza agresiva que usaría para lanzar una granada.

—Me cubriste en la caída —escupió ella, su voz cortante buscando desesperadamente ocultar lo mucho que le perturbaba verlo sangrar—. Haz presión sobre la arteria. Estamos a mano, Moretti. Que quede claro en el registro: no te debo absolutamente nada.

Dante atrapó la seda en el aire con unos reflejos que desafiaban su estado físico. La tela aún conservaba el calor corporal de Valeria. Se la ató alrededor del bíceps magullado con un tirón brutal, usando los dientes para tensar el nudo corredizo. El dolor intenso le provocó un destello estático en la visión, pero su habitual sonrisa arrogante no vaciló.

—Ni en tus peores pesadillas dejaría que mueras de una forma tan patética por un fallo arquitectónico, cariño —replicó él, levantándose por completo y comprobando el seguro de su arma táctica con la mano izquierda—. Cuando descubramos quién es el bastardo que lidera este barco y le volemos la cabeza, entonces, y solo entonces, tendré el privilegio de acabar contigo yo mismo.

Ambos sabían la verdad tácita de su misión: caminaban a ciegas. No tenían un rostro, ni un nombre confirmado para el objetivo principal de este sindicato. Sus agencias los habían enviado al Leviatán siguiendo simples pistas sobre la jerarquía de la organización. Solo sabían que para llegar al fantasma que movía los hilos, primero debían sobrevivir a sus perros guardianes y ascender en la cadena alimenticia de la embarcación.

El inconfundible y áspero sonido de una escopeta de corredera cortando cartucho destrozó el eco rítmico de los pistones.

A través de la cortina de vapor espeso que emanaba de las válvulas inferiores, emergieron tres figuras masivas, bloqueando el único pasillo de pasarelas de metal. No llevaban la tecnología de los guardias del salón de baile. Llevaban overoles ignífugos manchados de aceite industrial y hollín, botas con punta de acero reforzado y empuñaban llaves de tubería de hierro macizo.

Eran la fuerza bruta del nivel inferior, la tripulación de desguace y contrabando. Sucios, implacables, y defendiendo su propio territorio. Aquí abajo no aplicaban las reglas de un tiroteo táctico; esto era combate de trincheras.

—Miren lo que nos acaba de escupir el sistema de ventilación —gruñó el líder del trío, un hombre del doble del tamaño de Dante, con la mitad del rostro cubierto de cicatrices de quemaduras térmicas severas. Apuntó el cañón recortado de la escopeta hacia ellos—. Los muñequitos de seda del salón. El Patrón ordenó que nadie suba del Nivel 1. Y ustedes no tienen cara de pertenecer a la tripulación.

Dante levantó su pistola, estabilizando el arma a pesar del dolor punzante en su hombro, plantando los pies con firmeza sobre la rejilla para optimizar su centro de equilibrio en el suelo resbaladizo. Valeria hizo girar las dagas entre sus dedos, bajando su centro de gravedad.

—Mi brazo derecho ha perdido el cuarenta por ciento de su fuerza motriz —murmuró Dante por la comisura de los labios, sus ojos fijos en los hombres—. Mis disparos se desviarán a la izquierda en el plano horizontal. No te cruces en mi línea de fuego. Cúbrete detrás de los manómetros y no me estorbes.

—Preocúpate por no desmayarte, héroe. Yo me encargo de limpiar esta basura —replicó ella, su terquedad negándose rotundamente a coordinar un ataque conjunto.

El líder no esperó más. Apretó el gatillo.

El estampido fue atronador en el espacio cerrado de la sentina. Pero el disparo no buscaba impactarlos directamente. El hombre conocía a la perfección la arquitectura de su dominio. La lluvia de perdigones destrozó una enorme válvula de presión primaria ubicada en las tuberías superiores.

Una explosión ensordecedora de vapor a más de cien grados centígrados estalló en el pasillo, creando un muro blanco, denso y abrasador que los envolvió por completo. Dante y Valeria perdieron el contacto visual al instante.

El enfrentamiento se redujo a la supervivencia auditiva y al combate espacial ciego. Dante rodó hacia la izquierda, buscando cobertura detrás de un pesado bloque de cilindros, justo a tiempo para escuchar el siseo del metal cortando el aire. Un mecánico se abalanzó sobre él blandiendo la llave de hierro. Dante esquivó el golpe que abolló el tanque de acero a sus espaldas, atrapó la muñeca del atacante, utilizó el impulso del enorme hombre en su contra y disparó a quemarropa en la articulación de la rodilla enemiga, neutralizándolo con eficiencia quirúrgica.

Al otro lado de la cortina térmica, Valeria operaba como un fantasma en la niebla. El líder de las cicatrices intentó acorralarla contra la barandilla oxidada de la pasarela. Valeria escuchó el pesado impacto de las botas de acero acercándose y se deslizó por el suelo resbaladizo, pasando por debajo del arco de la escopeta que el hombre blandía como un garrote. Lanzó una estocada ascendente buscando las costillas, pero la hoja de cerámica raspó contra una gruesa placa de polímero oculta bajo el overol. El hombre contraatacó con un puñetazo devastador que rozó el hombro de Valeria, enviándola duramente contra las rejillas.

El gigante levantó la bota con punta de acero, dispuesto a fracturarle el cráneo.

Un disparo silenciado cruzó la nube de vapor. La bala perforó el fémur de la pierna de apoyo del gigante. El hombre rugió de rabia y dolor, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillas.

Valeria giró la cabeza. A doce metros de distancia, emergiendo momentáneamente del humo, estaba Dante. Sostenía el arma con ambas manos, forzando su brazo herido a estabilizar el retroceso, con el rostro pálido y brillante por el sudor.

Pero el tercer contrabandista, que había trepado ágilmente por el enrejado de las tuberías transversales, aprovechó la distracción de Dante. Saltó desde las alturas empuñando un tubo de plomo afilado, cayendo directamente hacia el punto ciego del italiano.

—¡Tus seis, Dante! —gritó Valeria, su voz aguda rompiendo el estruendo de las máquinas.

Dante estaba mal posicionado. Su hombro desgarrado no le permitiría pivotar, apuntar y disparar hacia arriba con la velocidad requerida.

Valeria no lo pensó. Su cuerpo actuó en piloto automático. Pivotó sobre su pie de apoyo, transfirió toda la inercia rotacional a su brazo y lanzó su daga de cerámica con una precisión matemática perfecta. La hoja blanca cruzó el aire caliente, zumbando sobre la cabeza de Dante, y se hundió hasta la empuñadura en el deltoides del atacante aéreo. El hombre aulló, soltó su arma letal en el aire y se desplomó pesadamente contra una caja de fusibles, quedando inconsciente por el golpe eléctrico y el trauma.

El silencio táctico regresó lentamente a la enorme sala de máquinas, roto únicamente por los quejidos apagados de los enemigos en el suelo y el silbido implacable del vapor escapando de las tuberías rotas.

La densa neblina comenzó a ser succionada por los gigantescos extractores industriales del techo. Dante y Valeria quedaron de pie en extremos opuestos de la pasarela manchada de sangre y aceite.

Se miraron en silencio, con los pechos agitados. Sus egos de lobos solitarios casi los habían llevado a la muerte. Habían intentado pelear su propia guerra por separado por puro orgullo profesional. Y solo en el momento crítico, cuando sus instintos más primitivos anularon su obstinación y decidieron cubrirse la espalda mutuamente sin dudarlo, lograron sobrevivir a la emboscada.

Dante bajó el cañón de su arma, respirando hondo. Se apoyó contra la barandilla y le dedicó esa sonrisa ladina, exasperante y absolutamente magnética que tanto desquiciaba a su compañera.

—Buen lanzamiento, querida esposa. Me sorprende admitirlo, pero parece que sí entiendes el concepto de trabajo en equipo.

Valeria no sonrió. Caminó con pasos medidos hasta el contrabandista inconsciente, arrancó su daga del hombro del hombre con un movimiento rápido y la limpió fríamente en la tela del overol sucio antes de guardarla. Se giró hacia Dante, devolviéndole una mirada de hielo impenetrable, aunque un ligero rubor por la adrenalina aún coloreaba sus mejillas.

—No te acostumbres a esto. Solo estoy protegiendo mi inversión y mi única llave de acceso a las bóvedas del sindicato. Si te mueres ahora, me complicas el papeleo. —Señaló con un movimiento de cabeza hacia una pesada compuerta blindada ubicada al final del bloque de motores, que conducía a las escaleras del nivel superior—. Limpiamos la sentina, pero los verdaderos problemas apenas comienzan. Es hora de averiguar a qué infeliz le rinde cuentas esta tripulación.

C. A. Esteban

¡El Nivel 1 ha sido superado! 🔥 Pero el verdadero infierno apenas comienza. Dante y Valeria lograron escapar de la sala de calderas, pero ahora entran a la oscuridad del Nivel 2. Con Dante herido y el espacio cada vez más cerrado, la tensión entre ellos es más peligrosa que las balas enemigas. 😏🔪 ¿Creen que podrán trabajar en equipo o su propio orgullo los matará primero? ¡Leo sus comentarios! No olviden guardar la novela en su biblioteca 📚 para no perderse el próximo capítulo. 🖤🥂

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