FAZER LOGINEl impacto de la onda expansiva los escupió por la rejilla de ventilación justo cuando los cimientos de la torre terminaron de ceder. Cayeron enredados en una maraña de extremidades, polvo y escombros sobre el asfalto helado de un callejón ciego, a tres manzanas del caos principal.
A sus espaldas, el estruendo ensordecedor del acero retorciéndose y el concreto colapsando ahogó el sonido de las sirenas parisinas. Una nube de ceniza y humo negro devoró la calle, cubriéndolos por completo.
Dante tosió, sacudiéndose la grava del cabello, y se incorporó sobre un codo. Sentía los músculos ardiendo por el esfuerzo sobrehumano del descenso, pero la adrenalina aún bombeaba por sus venas como combustible puro. Al bajar la mirada, se dio cuenta de que su caída había sido amortiguada por algo suave, aunque tenso como la cuerda de un arco. O más bien, por alguien.
Valeria estaba debajo de él, atrapada entre el suelo de piedra y el peso de su cuerpo. Su respiración era agitada, el pecho subiendo y bajando de manera errática contra el de Dante. El traje táctico de ella estaba rasgado en el hombro, revelando una piel pálida cubierta de polvo de ladrillo.
Por un instante infinito, ninguno de los dos se movió. La hostilidad habitual desapareció, reemplazada por la cruda y primitiva conciencia de estar vivos. Dante notó el aroma de ella: una mezcla embriagadora de pólvora quemada, lluvia fría y un perfume de vainilla oscura que siempre lograba colarse en sus pesadillas. Valeria, por su parte, tenía los ojos clavados en los de él, sus pupilas dilatadas registrando la fuerza aplastante y la solidez del hombre al que había intentado apuñalar hacía menos de diez minutos.
El hechizo se rompió cuando un bloque de concreto cayó a unos metros de distancia, haciéndolos reaccionar.
—Si ya terminaste de aplastarme las costillas, ¿podrías quitarte de encima? —masculló Valeria, recuperando su tono afilado y venenoso, aunque un ligero temblor en su voz la traicionó.
—No te hagas ilusiones, cariño. Solo estaba evaluando si valía la pena dejarte aquí tirada —respondió Dante, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose el traje antes de extenderle una mano.
Valeria miró la mano enguantada de Dante como si fuera una serpiente venenosa. Ignorándola por completo, se puso en pie por sus propios medios, sacudiendo una de sus dagas gemelas para limpiarle el polvo antes de guardarla.
Los neumáticos de un vehículo derrapando bruscamente sobre el pavimento mojado los obligaron a girarse. Una camioneta SUV blindada de color negro absoluto se detuvo a centímetros de ellos. La puerta lateral se abrió con un deslizamiento mecánico, revelando el interior tenuemente iluminado.
—Suban. Ahora —ordenó la voz del director de Dante desde el sistema de altavoces del vehículo.
El trayecto hacia la base clandestina transcurrió en un silencio sepulcral, cargado de una electricidad estática que hacía rechinar los dientes. Estaban sentados en extremos opuestos del amplio asiento trasero, mirando por las ventanas opuestas, tan lejos el uno del otro como la física del vehículo se los permitía.
Cuarenta minutos después, la SUV descendió por una rampa oculta bajo una planta de tratamiento de aguas abandonada en las afueras de París. Las puertas se abrieron para darles paso a una sala de conferencias subterránea, construida enteramente en acero inoxidable y cristal blindado.
En la cabecera de la inmensa mesa de reuniones, dos figuras los esperaban. A la izquierda, un hombre canoso de traje impecable: Arthur, el director de la agencia de Dante. A la derecha, una mujer de mirada gélida y postura militar: la Comandante de Valeria. Ver a los dos líderes de las agencias de inteligencia más rivales de Europa sentados en la misma mesa era una anomalía tan antinatural que a Dante se le revolvió el estómago.
—Siéntense —ordenó Arthur, señalando dos sillas vacías frente a ellos.
En el centro de la mesa descansaba una carpeta de cuero negro, inusualmente gruesa.
—Voy a ahorrarles el discurso corporativo —comenzó la Comandante, entrelazando los dedos sobre la mesa—. El hombre que detonó ese rascacielos es Viktor Volkov. Controla el noventa por ciento del tráfico de armas experimentales del mercado negro. Ha eliminado a todos nuestros infiltrados. Su paranoia es clínica, y su círculo interno es impenetrable.
—Excepto por una fisura —interrumpió Arthur, deslizando la carpeta negra hacia Dante y Valeria—. Volkov es un tradicionalista obsesivo. Organiza subastas exclusivas en su yate privado, pero la única forma de recibir una invitación es siendo parte de una de las grandes familias del crimen organizado. Familias consolidadas. Matrimonios estables. Confía en los lazos de sangre y en las alianzas nupciales, no en los mercenarios solitarios.
Valeria miró la carpeta y luego a su jefa, sus labios frunciéndose en una línea de pura indignación.
—¿Y esperan que nosotros nos hagamos pasar por un matrimonio de la mafia? Somos los agentes más buscados del continente. Nos reconocerán.
—No, si son los herederos de un imperio que nadie se atreve a cuestionar —replicó la Comandante—. A partir de este segundo, ustedes son Dante y Valeria Moretti. Herederos de la mafia armamentística siciliana. Su matrimonio no es solo por amor, es una fusión de poder corporativo. Y deben ser absolutamente convincentes.
Dante soltó una carcajada ronca, abriendo la carpeta de un tirón.
—¿Convincentes? Comandante, nos odiamos. Hace tres meses ella me clavó un bisturí en el muslo en Praga. Yo le volé el auto en Mónaco. ¿Cómo diablos pretenden que finjamos amor?
—Son los mejores espías del mundo. Actúen —escupió Arthur, perdiendo la paciencia—. El perfil psicológico de Volkov indica que detectará cualquier grieta. Si duermen en habitaciones separadas, lo sabrá. Si no se miran con adoración en público, lo sabrá. Si dudan un milisegundo al defenderse mutuamente en un tiroteo, estarán muertos.
Valeria comenzó a leer los documentos dentro de la carpeta. Su rostro, habitualmente inescrutable, pasó de la palidez a la ira contenida. Sus dedos apretaron el papel hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Esto no es un perfil de misión —susurró ella, levantando la vista, con los ojos ardiendo de rabia—. Esto es un contrato vinculante. Cláusula cuatro: convivencia ininterrumpida. Cláusula siete... ¿Cuentas bancarias compartidas? ¿Están bromeando?
—No es una broma, Agente —la voz de su jefa cortó el aire como un látigo—. Para que la identidad sea hermética ante los hackers de Volkov, los hemos casado legalmente hace exactamente quince minutos a través de un juez sobornado. Este documento es su firma de conformidad para el operativo.
Dante arrancó el documento de las manos de Valeria para leerlo por sí mismo. Las palabras se desenfocaron ante sus ojos. No era solo una tapadera. Iban a compartir una mansión de seguridad en la costa, un guardaespaldas falso, eventos de sociedad diarios y, lo peor de todo, una sola habitación principal.
—Me niego —sentenció Dante, dejando caer los papeles sobre la mesa—. Prefiero entrar a ese yate disparando. Puedo eliminar a Volkov yo solo.
—Si entras disparando, morirán miles de civiles en los ataques de represalia que sus lugartenientes tienen programados en caso de su muerte —le recordó Arthur, poniéndose de pie e inclinándose sobre la mesa, apoyando los nudillos sobre el acero—. No tienen opción. Es el contrato o la renuncia a sus agencias, lo cual, considerando los secretos que ambos conocen, significa una celda oscura en Guantánamo para el resto de sus vidas.
El silencio volvió a adueñarse de la sala, más pesado y asfixiante que el polvo del edificio colapsado.
Dante miró a Valeria. Ella devolvía la mirada con una fiereza indomable. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a perder, ni a ceder el control, y mucho menos a trabajar en equipo. El odio que los unía era la única constante en sus caóticas vidas, una fuerza gravitatoria que los mantenía en equilibrio. Y ahora, sus superiores les pedían que transformaran ese veneno en miel.
Valeria fue la primera en moverse. Tomó el pesado bolígrafo de tinta negra que descansaba junto al contrato. Lo giró entre sus dedos, familiarizándose con su peso como si fuera una de sus dagas, y sin dudarlo más, firmó con trazos agresivos y elegantes al pie de la página.
Luego, deslizó el papel hacia Dante, con una sonrisa fría que no llegó a sus ojos.
—Tu turno, querido esposo. Intenta no arruinarme la luna de miel.
Dante tomó el bolígrafo. Sabía que estaba firmando su propia sentencia de muerte, o peor aún, la pérdida de su cordura. Miró la firma de Valeria, perfecta y letal, y trazó la suya justo al lado, marcando el papel con tanta fuerza que casi lo rompe.
Arthur tomó la carpeta, satisfecho.
—Felicidades por su enlace. Su vuelo a la Costa Azul sale en dos horas. Su equipaje ya está en la mansión. Que tengan una vida matrimonial larga y próspera. Al menos, hasta que maten a Volkov.
Dante se puso de pie, ajustándose el cuello de su traje sucio, y le ofreció un brazo a Valeria con una reverencia cargada de puro sarcasmo.
—¿Nos vamos, mi amor?
Valeria se aferró a su brazo con fuerza, clavando disimuladamente las uñas a través de la tela de la chaqueta hasta rozarle la piel, y le sonrió a las cámaras de seguridad de la sala.
—Contigo, hasta el fin del mundo.
La guerra había comenzado, y el campo de batalla sería una cama de matrimonio.
Seis meses después. Villa Moretti, Costa Amalfitana, Italia.El poder absoluto, cuando se ejerce sin restricciones, tiene la extraña capacidad de silenciar el mundo a tu alrededor.Hacía medio año que el Océano de Ónice y los doce líderes del Cónclave habían desaparecido bajo las heladas y oscuras aguas del Mediterráneo. En los meses que siguieron, el mundo civilizado experimentó lo que los noticieros llamaron "una corrección financiera global inexplicable". Bancos colapsaron, políticos de alto rango renunciaron misteriosamente por "motivos de salud" y corporaciones multinacionales cambiaron de dueños en la oscuridad de la noche.El público creía que era una crisis económica. El inframundo sabía la verdad: el Fantasma de Roma y la Agente V estaban limpiando la casa.Esa noche, la brisa del mar Tirreno acariciaba los inmensos ventanales de la sala de banquetes de la Villa Moretti. La habitación había sido remodelada; ya no era solo la biblioteca de un jefe de la mafia, sino el epicentr
El Océano de Ónice soltó un quejido agónico que hizo vibrar los huesos de todos los que aún seguían a bordo. El sonido del acero balístico doblándose bajo la inmensa presión del mar Mediterráneo era ensordecedor.El Gran Salón se inclinó repentinamente quince grados hacia babor. Las mesas de caoba, los sofás de cuero blanco y los cadáveres de los líderes del Cónclave se deslizaron violentamente hacia los inmensos ventanales panorámicos, estrellándose contra el cristal reforzado. El agua oscura y helada ya había superado el nivel de la cubierta exterior y comenzaba a filtrarse a borbotones por las juntas del vidrio.Dante y Valeria mantuvieron el equilibrio por puro instinto, flexionando las rodillas y bajando su centro de gravedad.—El capitán no estaba bromeando con la autodestrucción —dijo Dante, mirando cómo la lámpara de araña de diamantes se balanceaba peligrosamente sobre sus cabezas—. Las escotillas de sentina deben estar abiertas de par en par. Tenemos menos de cuatro minutos
Mar Mediterráneo, a cincuenta millas náuticas de la costa de Mónaco. 02:15 a.m.El Océano de Ónice no era un simple yate; era una fortaleza flotante de doscientos metros de eslora forjada en acero balístico y cristal a prueba de explosiones. Navegaba cortando las oscuras aguas del Mediterráneo como un leviatán de obsidiana. En su interior, albergaba piscinas de borde infinito, helipuertos, un casino privado y un blindaje capaz de resistir el impacto directo de un torpedo.En el Gran Salón del nivel principal, bajo una lámpara de araña hecha con miles de diamantes en bruto, los doce miembros restantes de la cúpula del Cónclave estaban reunidos. Ya no había máscaras de oro ni valses vieneses. Había pánico, sudor frío y gritos. Los magnates de los medios, los fabricantes de armas y los exdirectores de inteligencia discutían a gritos, bebiendo whisky directamente de botellas que costaban más que una casa.—¡Perdimos la base de la Selva Negra! ¡Arthur Sterling está muerto! —gritaba un olig
00:80.Las luces estroboscópicas rojas giraban frenéticamente, tiñendo el centro de mando de un color sangre intermitente. La voz automatizada del sistema de emergencia repetía una cuenta regresiva en alemán frío y metálico, superponiéndose al aullido ensordecedor de las sirenas.Bajo sus botas tácticas, el suelo de titanio vibraba con una frecuencia que sacudía los empastes dentales. En los niveles inferiores, los núcleos de los reactores habían superado su punto crítico de contención. El líquido refrigerante se estaba evaporando y el calor comenzó a subir por las rejillas de ventilación como el aliento de un dragón despertando de su letargo.Dante y Valeria no miraron atrás. El cadáver de Arthur Sterling y su estúpida ambición de gobernar el mundo a solas se quedarían allí, enterrados bajo toneladas de acero fundido.00:70.Atravesaron la sala de servidores cuánticos a un sprint que desafiaba los límites humanos. A su alrededor, las inmensas torres de cristal y silicio comenzaron a
El zumbido mecánico del montacargas industrial era el único sonido en el pozo. Descendían a cuarenta metros bajo la superficie de la Selva Negra, bañados por la luz roja e intermitente de las lámparas de emergencia. Con cada metro que bajaban, el frío húmedo del bosque bávaro era reemplazado por un aire seco, reciclado y cargado de estática.Dante comprobó el cargador de su MP7 por tercera vez, no por nerviosismo, sino por pura concentración depredadora. A su lado, Valeria se recogió un mechón rebelde de cabello húmedo detrás de la oreja y desenfundó su Karambit con la mano izquierda, manteniendo el subfusil en la derecha.«Chicos, el ascensor está a diez metros del nivel principal», la voz de Volker sonó tensa en sus auriculares, ahogada por la interferencia electromagnética de la roca sólida. «Tienen un comité de bienvenida. La sala de embarque frente a las puertas está llena. Cuento doce firmas térmicas. Posiciones defensivas, escudos balísticos y fuego pesado».—¿Querían guerra? —
Selva Negra, Alemania. 03:00 a.m.El esmoquin de terciopelo azul y el vestido de seda roja carmesí habían quedado a más de seiscientos kilómetros de distancia, reemplazados por el peso reconfortante del kevlar, la lona balística y el acero frío.La Selva Negra hacía honor a su nombre con una fidelidad aterradora. Los inmensos y antiguos pinos se alzaban como gigantes silenciosos en medio de una niebla tan espesa que parecía tener textura, devorando la luz de la luna por completo. La lluvia caía en una llovizna helada y constante, golpeando las hojas muertas y ahogando cualquier sonido en el espeso manto del bosque bávaro. Era el tipo de oscuridad que volvía locos a los hombres débiles.Pero Dante y Valeria no eran hombres débiles; eran los monstruos que acechaban en esa misma oscuridad.Avanzaban entre la maleza húmeda como dos sombras letales, en perfecta sincronía. Llevaban trajes de asalto negros impermeables, visores de visión nocturna panorámica de cuatro tubos que teñían el mundo







